A diferencia con el centenar de películas que hizo Hollywood y que inexorablemente terminaban con el triunfo de la parejita y la cara de estúpido que les quedaba a los guardianes del Berlín oriental, el trabajo de unificación alemana está lejos de terminar.
Era el mes de agosto y el país se conmocionaba con una inflación que superaba el 2.300 por ciento en lo que iba del año y con un dólar por el que se pagaba 40 veces más que en diciembre de 1988, sólo 8 meses antes.
Quienes con la mayor ilusión habíamos logrado que El Nuevo Diario se transformara en un auténtico diario, vivíamos un momento de inmensa tristeza. Las presiones del gobierno de entonces, que nos congeló publicitaria e informativamente, además de enviarnos permanentes inspecciones y amenazas, había logrado su objetivo: El Nuevo Diario, asfixiado económicamente, debió suspender sus ediciones diarias.
Y allí estábamos, en el inmenso edificio de la calle 9 de Julio, que un año antes era un espacio de gran movimiento donde decenas de periodistas charlaban en nuestro propio buffet, donde exhibíamos orgullosos nuestra galería de arte y la actividad era ininterrumpida durante las 24 horas del día.
Ahora todo era silencio y oscuridad. Hasta las ganas de seguir nos las habían quitado. La derrota no tiene amigos. Menos si enfrente existen enemigos poderosos.
De pronto, unos golpes en el vidrio de ingreso nos sobresaltaron.
En la oscuridad divisé la imagen de una mujer. Me acerqué. Era Úrsula Bremer de Ossa, la directora del Instituto Goethe, una persona a la que San Juan debe un gran homenaje. A sus gestiones se debe en gran medida la excelencia del Instituto de Energía Eléctrica de la Universidad Nacional, la formación postuniversitaria de muchos profesionales sanjuaninos y la posibilidad de contactos internacionales que aún hoy existen y son útiles.
Tal vez por las películas norteamericanas o por la forma como un alemán habla el español, siempre tuve una imagen de dureza, frialdad y tecnicismo exacerbado de los descendientes teutones. Aquella noche, cambié mi opinión. Porque Úrsula entró a la redacción y simplemente dijo:
-Estoy indignada con esta ciudad que ha permanecido en silencio mientras se destruía la posibilidad de tener dos diarios. Ninguna ciudad puede ser progresista si no tiene medios de difusión alternativos. Y acá todos los sectores políticos – por conveniencia o temor- se han quedado callados.
Intenté agradecerle a Úrsula como se agradece un pésame cuando alguien ha tenido una pérdida.
Pero ella me interrumpió:
-Juan Carlos, lo único que está a mi alcance es invitarlo en nombre de la República Federal Alemana para que viaje a nuestro país a participar de los festejos por los 40 años de nuestra república. Aproveche, viaje, hable con gente, recargue sus pilas y vuelva para seguir con más fuerzas con su tarea periodística.
Aquel viaje a Alemania fue, tal como suponía Úrsula, muy importante para mi futuro. Aunque había vivido varios años en Europa, me tocó vivir una experiencia trascendental: los últimos días del muro de Berlín.
Pude ver en el sitio a los dos Berlín, separados por las grandes potencias y comparar los dos sistemas imperantes en el mundo, además de dialogar con políticos de todos los sectores y transitar por ese increíble túnel por el que el metro nos llevaba de un sector al otro, en medio de la oscuridad, las estaciones clausuradas, las extremas medidas de seguridad.
Han pasado 25 años de la caída del muro de Berlín. No tengo dudas, ese muro fue una de las mayores estupideces que el hombre construyó, propia de enanos invadidos por ideologías.
En nombre de esas ideologías murió gente, se dividió el mundo, se disgregaron familias.
Imagine usted por un momento que en nombre de sus ideas o sus intereses políticos, alguien decidiera construir sobre la calle Mendoza un muro que dividiera a San Juan en dos. Y que con alambres de púas, fosos y concreto se impidiera que los sanjuaninos del oeste pudieran visitar a los vecinos, amigos o parientes del este.
Eso fue el muro. Una inmensa cortina construida en una sola noche, la del 12 al 13 de agosto de 1961.
Así, durante los años que estuvo en pie hubo 5 mil fugas, 192 personas murieron por disparos al intentar cruzar y otras 200 resultaron heridas.
Como siempre sucede, la realidad se impuso. Y en la noche del jueves 9 al viernes 10 de noviembre de 1989, 28 años después de su construcción, el inmenso muro de 120 kilómetros de largo y 3,60 metros de altura, comenzó a destruirse.
La gente bailaba y se reencontraba con parientes que en algunos casos nunca había visto o subía a alguna de las 300 torres de vigilancia, ahora desalojadas de guardias, reflectores y metralletas.
Han pasado ya 25 años. Durante un tiempo todos festejaron. Luego vendría la tarea de reunificación que iba mucho más allá de lo físico. Ya no eran iguales los alemanes de un lado y otro del muro.
A diferencia con el centenar de películas que hizo Hollywood y que inexorablemente terminaban con el triunfo de la parejita y la cara de estúpido que les quedaba a los guardianes del Berlín oriental, el trabajo de unificación está lejos de terminar.
Y, lo que es triste, aún subsisten otros muros que dividen a seres humanos en la frontera de Estados Unidos y México, en Marruecos, en Cisjordania, en España…
Ríos de tinta han corrido sobre este tema.
Son comunes las historias de prósperos empresarios que exhiben trozos del muro en sus relucientes oficinas y que hace 30 años eran jerarcas o voceros del régimen que cayó por su propio peso. También hay historias de gente que nunca se adaptó a vivir en la Alemania de hoy.
Pero al menos ese muro, símbolo mayor de la idiotez humana, ya no está. Y puedo decir que fui testigo de sus últimos días.
Hoy, 25 años después, digo que para mí la caída del muro estará siempre ligada a la generosidad, lucidez y sentido de la responsabilidad ciudadana de una gran mujer, mi amiga Úrsula.