Comenzamos a ser integrantes de un mundo en el que todo aparece mezclado: la más sofisticada tecnología con las reacciones más primitivas; las más bajas pasiones con los sentimientos más diversos.

Parece que fue ayer.
Han pasado menos de dos décadas desde el momento en que una casa podía valer un 10 por ciento más si tenía teléfono.
Sólo 20 mil hogares sanjuaninos tenían aquellos horribles aparatos negros por los que podíamos llamar a larga distancia (por ejemplo Jáchal o Caucete) vía la telefonista de la compañía telefónica y tras esperar 20 minutos o tres horas lográbamos la comunicación.

El último informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) indicó que  hace un año ya existían en el país más teléfonos celulares que habitantes. Según cifras oficiales, el número de celulares alcanzó las 50.409.800 unidades mientras que la población era de 40.134.425 habitantes.
Con muchos de esos pequeños aparatos podemos comunicarnos con sólo marcar el número, con un amigo que vive en Groenlandia, vernos mientras charlamos, entrar en Internet, tomar una fotografía con buena resolución o escuchar una radio de Dinamarca.

Una noticia procedente de Washington dice que la red social Twitter cuenta con más de 150 millones de usuarios.

Facebook asegura que superó los 500 millones de usuarios que suben a la red sus fotografías, sus historias personales o su publicidad aún cuando saben que están perdiendo su privacidad.

A todo esto, a través del satélite, la televisión del mundo penetra en nuestros hogares y nos informa en tiempo real sobre las cotizaciones en la Bolsa de Londres o los precios del trigo en China a la vez que nos pasan en directo los partidos de baseball de los Estados Unidos o el recital de Madona en Nueva York.

De pronto, en medio de este maravilloso mundo de las comunicaciones, tomo un libro de historia que me cuenta que la noticia del primer grito de libertad ocurrido el 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires, tardó cuarenta días en escucharse en San Juan…
Si,  todo cambió.
El satélite se transformó en amo y señor del universo.
Y ese avance técnico tuvo un efecto transformador impensado por anteriores generaciones. Porque el mundo pasó a ser uno solo.
Ya no importaba donde se producía el acontecimiento. Ya no interesaba si un espectáculo deportivo tenía como sede la playa de estacionamiento de un hotel en lugar de un gran estadio. La platea estaba integrada por millones de personas que podían ver en directo cada acción, cada gesto.
Y aparecieron entonces los personajes internacionales.
Sabíamos todo sobre el cáncer de Michael Douglas, las peleas entre Angelina Jolie y Brad Pitt o los goles de Messí en el Barcelona.

Llegaba la era de las comunicaciones.
Ya no eran los periodistas los que informaban ni los eruditos los que opinaban. Ahora los personajes eran los famosos mediáticos, los “panelistas”, las chicas pulposas y los muchachos musculosos, siempre alegres. Ya no eran los periodistas los que fijaban las líneas de los diarios sino la publicidad.
Nos incorporábamos a la sociedad de los ingenuos.
Un mundo donde las mismas personas que ven, mientras cenan con sus hijos, a la sexóloga portorriqueña Alexandra Rampolla cómo enseña a las chicas a colocar un condón con la boca en el pene de su pareja durante el programa de Susana Giménez, no aceptan que se enseñe educación sexual en las escuelas, aunque cada vez hay más chicas embarazadas y más abortos en este San Juan nuestro.
Un planeta en el que el mismo padre que acepta que su hija de 13 años suba sus fotos e información familiar en Facebook, se queja por la falta de seguridad en la vida moderna.

Es decir, comenzamos a ser integrantes de un mundo en el que todo aparece mezclado: la más sofisticada tecnología con las reacciones más primitivas; las más bajas pasiones con los sentimientos más diversos.
El nuevo mundo está en marcha.
Pase, ocupe su asiento.
A usted le han reservado el papel de espectador.
Puede atormentarse por el crimen de la viejita o el secuestro del hijo del empresario.
Puede tomar partido por el gobierno o la oposición.
Pero no piense en nimiedades como los intereses y manipulaciones que pueden existir detrás de cada hecho.
Podría sentirse muy solo y aislado.

Y acá es donde surgen las preguntas: ¿Cómo será el mundo dentro de dos décadas?
¿Tendremos opciones para elegir qué ver?
¿Cuáles serán los contenidos de los medios y cuáles serán los medios en ese momento?
¿Qué influencia tendrán en la sociedad?
¿Quiénes controlarán los medios?
¿Quiénes?

 

 

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