La historia de una exitosa actriz y modelo sanjuanina plantea un debate mucho más amplio: ¿Existe una separación entre lo público y lo privado?

Habló de su niñez y su juventud en San Juan, de su época de joven y hermosa cajera del Banco Agrario, de su elección como Miss San Juan y, también, de su llegada a Buenos Aires con sus sueños de ser comediante, modelo, actriz.
Uno mira a esta mujer ya madura y no puede menos que repasar su historia y hacerse preguntas.
Porque esta sanjuanina llegó a ser un ícono de la televisión. Con sus curvas, su histrionismo, su simpatía y su casi falta de límites al momento de actuar, llegó a tener un éxito fenomenal. Su nombre fue conocido desde La Quiaca a Tierra del Fuego.
Cuando todo le sonreía y encaraba una etapa
de mujer felizmente casada con un profesional
exitoso, madre de dos hijas del corazón y una vida artística plena, de pronto se le hizo la noche.
Fue como recibir un mazazo en medio de la oscuridad.
La pesadilla menos esperada.


Todo comenzó con una invitación a un programa televisivo.
Allí, según contó, el entrevistador presentó una cámara oculta hecha al marido profesional en actitudes raras con un travesti.
Nada quedó en pie. Ni el matrimonio ni su carrera artística ni su nivel de vida.
Diez años después, ella quiere hablar de su “década perdida”.
Porque a partir de ese programa infame, ella nunca volvió a los primeros planos, a las grandes producciones, a las marquesinas de la calle Corrientes.
Ahora es una mujer con bronca. Con mucha rabia.
La tengo sentada junto a mi y la escucho hablar de volver a su provincia, de proyectos modestos, de vengarse de los que le hicieron daño, de juicios millonarios.
Nada le devolverá los años perdidos.


Pero no es ella el tema de esta columna. Todo eso ya fue explicado en varias notas. Y la entrevista, subida a Youtube, es una de las más visitadas.

El tema es una pregunta: ¿Dónde está la línea entre lo público y lo privado aquí?
Independientemente de la infamia de este caso que literalmente le arruinó la vida a una mujer,
todo el mundo ha perdido el derecho a la intimidad.
Nuestra intimidad ya no depende sólo de conductores y productores televisivos que viven de vender carroña a cambio de algunos puntos de rating.


Todo indica que el mundo está hoy tan conectado que es difícil guardar secretos.

La televisión basura es una realidad imparable en nuestro país.

Pero la mayoría de las veces, ese tipo de programas se nutre de la misma gente.
La dupla teléfono celular más internet está haciendo desaparecer lo privado.
Le cuento. Mi teléfono –nada del otro mundo, un aparato de mercado-, posee tecnología 3G que permite estar conectado con internet en forma directa, tiene una pantalla táctil color de 16 millones de colores, con alta resolución. Una cámara de fotos de 12 megapixceles con zoom digital (casi una cámara profesional), una cámara de video en alta definición, un grabador,  y una memoria interna de 32 GB (más que muchas computadoras).
Estos elementos están reunidos en un teléfono que entra en mi bolsillo y pesa 168 gramos. Y a ellos se suman calculadora, agenda, calendario, reloj, radio, y la posibilidad de estar conectado con el mundo. Además de GPS y Bluetooth.


Le doy algunos datos. 1.500 millones de personas se comunican por teléfonos celulares en el planeta. Sólo en la Argentina hay 55 millones de celulares, es decir más de uno por habitante.
Los norteamericanos, siempre adeptos a las estadísticas, dicen que sólo en los Estados Unidos, se toman 28 mil millones de fotos digitales con celular al año.
El teléfono celular ciertamente está cambiando la forma en que vivimos.


¿Qué tiene que ver esto con la realidad?
Veamos un caso concreto.
Una persona presencia en la calle algo que le llama la atención.    

Vamos a suponer que esa persona vio en una confitería a un deportista famoso, un cantante, un juez, un sacerdote o un ministro haciéndose mimos con una hermosa señorita.
Toma la foto y la sube a la red. A los pocos minutos la foto se ha viralizado, es decir la han repetido miles de personas.
En pocas horas medio país vio la foto.
Al cabo de unas horas, ese medio país publica junto a la foto, comentarios irónicos, insultos, parodias hechas mediante retoques digitales. Otros comienzan a publicar informaciones sobre el pasado de la chica. Un tercero muestra la foto de casamiento de quien fue fotografiado en la confitería. También se muestra a los hijos, menores de edad. Todas fotos sacadas del Facebook personal del hombre, de la joven, ya identificada, y de familiares y amigos de ellos.
El hombre ha pasado a ser el personaje del día. No hay tema que supere esa foto para buena parte de la población.
Al día siguiente, ese hombre y esa mujer serán el tema de la televisión y las radios. Seguramente, más de una revista y algún diario publicarán las fotos en tapa.


Vuelvo a la pregunta inicial. ¿Dónde termina lo privado y comienza lo público? ¿Es público o privado la presencia de una persona famosa en un instituto oncológico? ¿Es público o privado que un empresario esté de vacaciones en Miami? ¿Son públicas o privadas las escenas íntimas entre una jovencita y su novio que alguien subió a la red? ¿Son públicas o privadas todas las fotos subidas a Facebook y Twitter? ¿Es público o privado que alguien tome fotos a los invitados a una fiesta y las difunda?

En una sociedad en la que todos llevamos una cámara encima y podemos enviar fotos instantáneamente a donde nos dé la gana… ¿quién puede poner límites?
La tecnología se nos metió en la vida.
Y nosotros se la estamos entregando sin resistencia.

 

 

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