En materia turística no podemos conformarnos con una gran fiesta anual, un recital en una bodega y dar a conocer cifras de “lo mucho que crecemos cada año”. Es demasiado poco. Es hora de que entendamos que transformar a San Juan en una provincia turística es un desafío para todos.
Estuve tres días en Córdoba y recorrí varios pueblos.
Honestamente: sentí envidia.
¡Qué bien que manejan todo lo relacionado con el turismo!
Y, por efecto de la comparación, podría decir: ¡Qué mal hacemos las cosas los sanjuaninos!
Como todo turista de fin de semana, salí a recorrer los comercios para traer algunos recuerdos.
Aclaro: todo el comercio estaba abierto en Carlos Paz pero lo mismo
ocurría en La Falda, en Mina Clavero, en Cosquín o en cualquier
pueblo cordobés.
Lo primero que uno piensa es en alfajores.
Córdoba tiene no menos de cien marcas de alfajores. Pero además en sus locales venden desde colaciones a conitos, alfeñiques, maicenas y todo lo que uno imagine en materia de masas y tartas.
Pero si en lugar de alfajores busca quesos regionales, los encontrará de vaca, de cabra, criollo y saborizados de mil y una formas.
Ni hablar de los embutidos y chacinados. Encontrará las más variadas formas de lomos, chorizo, salchichón, morcillas, longaniza, sobresada, chicharrón, salames de todo tipo y tamaño.
¿Y las conservas? Usted puede encontrar desde ciervo a jabalí, pasando por cordero, pollo, viscacha, liebre, salmón, truchas, paté saborizados, ahumados, escabeches.
Lo mismo ocurre con los dulces. ¡Jamás imaginé que podrían hacerse dulces en almíbar o mermeladas fabricadas a partir de tantas frutas y hortalizas!
¿Quiere más? Turrones, frutas glaseadas y confitadas, bombones…
En los comercios cordobeses se encuentran desde cerámicas a simples piedras de colores, desde productos presumiblemente afrodisíacos a libros de autoayuda, cientos de mates distintos, cinturones, carteras, artículos en cuero, en madera, en lo que se imagine.
Atrás de cada uno de esos productos hay una empresa o una familia que tiene trabajo.
Usted dirá: muchas de esas cosas se encuentran también en San Juan.
De acuerdo. Pero la diferencia es que todo está hecho en Córdoba, por cordobeses y los venden cordobeses a gente que viene desde otras partes del país, con lo que el dinero entra a la provincia, no sale.
Le doy un dato: 120 mil cordobeses viven en forma directa del turismo.
Junto a los grandes artistas que se muestran en rutilantes carteleras hay decenas y miles de artistas cordobeses que también se ganan la vida con su trabajo, ya sea actuando, cantando o contando cuentos.
Y ni hablar de simples fotógrafos que hacen su trabajo para que usted se lleve el recuerdo de la foto en el Cucú o con el burrito cordobés.
Hasta los puentes que atraviesan el lago San Roque se utilizan en grandes ferias donde una señora vende su pasta frola o el artesano sus cuchillos o varios productores lo invitan a probar su cerveza artesanal. Hasta encontré un “vino cordobés” en atractivas botellas de diferentes colores y formas.
Sí, mis amigos. En Córdoba un simple hilo de agua, una cascada, una piedra rara puede ser un motivo de atractivo turístico.
Ellos saben bien que al igual que San Juan, no tienen el atractivo del mar ni de los deportes de nieve ni el montañismo. Ni siquiera tienen a la Difunta Correa o el Valle de la luna.
Pero se las ingenian para recibir alrededor de un millón de turistas en verano, 500 mil en semana Santa y otros tanto en las vacaciones de invierno.
Lo importante no es cuantos vienen sino lo que deja el turismo.
Los cordobeses saben que el arte está en venderle al turista. Eso cuenta más que la cantidad de visitantes.
Y aunque estamos en tiempos de crisis yo vi a una familia porteña gastar más de 2 mil pesos sólo en alfajores y embutidos un domingo a las 2 de la tarde.
Vamos ahora a San Juan.
Al regresar a la provincia me esperaba en El Encón, además de animales en la ruta, miles de bolsitas de polietileno adheridas a alambrados y plantas y un desvío donde me hicieron detener, me abrieron el baúl y me cobraron 8 pesos por echar un sospechoso líquido. Unos turistas santafecinos que pararon junto a mi auto, no entendían nada…
A partir de ese momento todo fue distinto.
Pero dejemos de lado la pintura de un panorama que todos conocemos.
Lo concreto es que San Juan no puede pretender ser una provincia turística por realizar cuatro días al año una Fiesta del Sol que nos cuesta muchos millones de pesos, muchos de los cuales se van de la provincia.
Entendamos bien: ser una provincia turística no depende sólo del gobierno. Depende también del sanjuanino común.
Es incompatible ser una provincia turística y al mismo tiempo tener cerrados los comercios. Los feriados que se agregan al calendario son para motivar el turismo no para conceder días no laborables al personal.
El sector privado debe ser parte de un proyecto integral pues el turista busca opciones gastronómicas diferenciadas, ofertas atractivas de productos regionales, cajeros automáticos que funcionen, posibilidades de pagar con tarjetas de crédito, museos que abran todos los días de la semana, espectáculos, agencias que promuevan actividades complementarias, buen servicio de transporte interno.
El turista busca lo distinto y autóctono. No quiere restaurantes que le ofrezcan un Chandón y helados Grido.
Una veta puede ser el turismo de congresos que da trabajo a mucha gente –sonidistas, iluminadores, camarógrafos, fotógrafos, fotocopiadoras, transportistas, artistas, publicistas, fabricantes de stands, promotoras, guías, agencias de turismo interno, mozos- pero esa gente debe brindar servicios de alto nivel, comunicarse en otros idiomas, poseer la tecnología adecuada.
¿Estamos preparados?
Finalmente hay dos problemas que espantan al turista: la falta de seguridad y las avivadas de comerciantes o transportistas.
San Juan tiene hoy una capacidad hotelera ociosa en gran medida pues se construyó mucho con la llegada de las empresas mineras. Hay que llenarlas ahora con turistas. Cuenta además con grandes escenarios como el Auditorio, el autódromo, el estadio, el museo de Bellas Artes…
En síntesis, no es necesario inventar nada. Imitemos lo que hace Córdoba, Mendoza, Salta o Santiago del Estero, por nombrar a provincias que han crecido en esa materia.
No nos conformemos con una gran fiesta anual, un recital en una bodega y dar a conocer cifras de “lo mucho que crecemos cada año”. Es demasiado poco.