Este jueves falleció Pedro Morales, un histórico de El Nuevo Diario y corresponsal de Clarín en San Juan. Con él se va un periodista querido y respetado por todos los sectores.
Para quienes llevamos ya muchos años en esta pasión que es el periodismo, hay noticias que
nos sorprenden. Que nos llegan hasta el alma. Que nos duelen profundamente, que nos dejan en un rincón sin saber qué pasa.
Este jueves comprendí con la brutalidad de lo inesperado que los periodistas no estamos preparados para transmitir lo que
sentimos cuando esas noticias nos alcanzan.
No estamos programados para amanecer, por ejemplo, con la información de que ha muerto Pedro Morales.
Con Pedro nos unieron muchas cosas.
La primera vez que vino a la redacción me contó que había estudiado en la Escuela Industrial, que luego siguió sus estudios de ingeniería –sin terminarlos- en la Universidad, que había vivido en Córdoba, que preparaba alumnos en matemáticas y que quería hacer periodismo. Vi reflejada mi historia en ese muchacho quince años menor.
Y Pedro demostró a lo largo de los años que tenía pasta de periodista. Que escribía muy bien, que sabía diferenciar lo que era la noticia de las opiniones personales, que tenía buena voz para hacer radio, que no temía pararse frente a una cámara de televisión. Y que un periodista puede provenir de distintos ámbitos pero es en las redacciones donde completa su formación.
Y acá me quiero detener un momento.
Durante 20 años compartimos una redacción con Pedro Morales.
Una redacción es mucho más que un lugar de trabajo. Especialmente en una empresa pequeña, de provincia.
Aunque llegó con el proyecto en marcha, Pedro pronto se sumó a lo que yo llamo el grupo de los históricos. Son los que estuvieron siempre, en las buenas y en las malas. Los que compartieron las horas tristes de postergar anhelos como fue el cierre de nuestras ediciones diarias pero que también se sumaron a los sueños de ver crecer El Nuevo Diario, de poner en marcha La Ventana, de dar a luz A media Mañana. De todos los proyectos fue parte.
Fueron años de crecimiento profesional muy importante.
Tuve el orgullo de presentarlo para su designación como corresponsal en Clarín. Y de confiar en sus criterios como corrector y entregarle los originales de mis libros para que les diera una leída y me hiciera comentarios y correcciones.
Pero decía que una redacción es mucho más que un ámbito de trabajo.
Fueron veinte años de compartir noticias. Pero también de apreciar su vocación familiar, su entrañable amor por sus sobrinos, de comer en cada uno de sus cumpleaños las empanadas que hacía Monona, su mamá y de charlar sobre sus inquietudes, la de los últimos años, que incluían no asumir compromisos en televisión porque quería compartir su tiempo de periodista con la terminación de sus estudios de matemáticas y volver a la docencia.
Su vocación docente iba más allá del aula. Por eso asumía su función de corregir y formar a las nuevas camadas de periodistas. O ser parte de un memorable curso de periodismo para todos que tuvo más de un centenar de inscriptos.
Llega la hora del cierre de esta edición. Por primera vez en muchos años, no está Pedro.
Ha pasado a ser parte de nuestra historia.
Ya no volverá a la redacción. Y la sala siente su ausencia. Está más vacía, más silenciosa.
Las noticias dicen que ha muerto Pedro Morales, periodista y docente. Que tenía 52 años y era periodista de El Nuevo Diario y corresponsal de Clarín.
Agregaría que fue parte importante en esta pasión por San Juan y este sentir profesional que está indisolublemente ligado a una ética y una estética.
Nos queda la convicción de que hemos perdido a un excelente periodista, un entrañable amigo y una muy buena persona, respetada por todos los sectores por su capacidad y por su valor para defender sus convicciones.
Todos los que fuimos sus amigos, sus colegas, nos sentimos un poco más solos en la vida. Y muy tristes.