Los países que poseen grandes recursos naturales no aprovechan las épocas de bonanzas para crecer en todos los sentidos. En lugar de encarar un desarrollo integral vuelcan todas sus energías a aquello que les trae una pasajera bonanza.
Algunos economistas hablan de “la maldición de los recursos naturales”.
Quien tiene petróleo, cobre, soja, celulosa, oro, ve crecer –y también decrecer- los números de su economía rápidamente.
Si los precios de los recursos crecen internacionalmente, en los países que los explotan aumentan los ingresos brutos, crece el ingreso per capita aunque en forma mentirosa, aumentan las exportaciones.
Pero basta que caiga el precio internacional de ese elemento o el mundo deje de consumirlo en la misma cantidad, para que el crecimiento se detenga y cunda el pesimismo.
Hace algunos años se conoció un libro en los Estados Unidos que llevaba por título El Segundo Mundo.
Una obra interesante que por primera vez concentraba la atención intelectual en un grupo de unos cien países, que son del llamado Segundo Mundo.
Explicaba el libro que la historia demuestra que el crecimiento de los países después de la segunda guerra mundial ha sido muy desparejo.
Si uno analiza la historia de los últimos 60 años advierte que sólo 12 países en el mundo han logrado sostener un alto crecimiento económico ininterrumpido.
Son los países que han alcanzado la etapa del desarrollo.
El resto de los países crece y cae con llamativa frecuencia.
El autor consideraba que esos cien países que no han logrado llegar a ser desarrollados, la mayoría ha hecho muchas cosas bien.
Por ejemplo, han dejado de lado las aventuras golpistas, han intentado aumentar sus reservas monetarias, han combatido la inflación, han intentado comerciar con todo el mundo.
Pero han quedado ahí, en esa etapa intermedia del desarrollo, con periodos de euforia y depresión, en cierta medida tironeados por fuerzas, a veces, enfrentadas entre sí.
Argentina está entre esos cien países.
Y San Juan es un buen ejemplo como provincia.
¿Por qué ocurre esto?
Digámoslo en forma contundente: porque no sabemos distinguir entre crecimiento y desarrollo.
Pongamos un ejemplo sencillo: un chico que a los 12 años pega “el estirón” y pasa de medir un metro cincuenta a un metro ochenta en un año.
¿Cuál es el problema?
Que aunque mida un metro ochenta, tiene sólo 13 años.
Ha crecido pero no se ha desarrollado psicológica, afectiva ni culturalmente en la misma medida.
Este tipo de crecimiento es típico de países que poseen grandes recursos naturales.
En el libro “San Juan 2035, el desafío de pensar el futuro”, editado en 2012, en plena euforia del “boom” minero, planteábamos descarnadamente el tema.
Y sosteníamos que lo que diferencia el primer mundo del llamado “segundo mundo” es que unos crecen y otros se desarrollan.
A veces pareciera que se acercan.
En algunas épocas es mayor incluso el crecimiento de los países del segundo mundo.
Pero a la larga, los que siguen adelante son aquellos doce del llamado primer mundo.
¿Por qué ocurre eso?
Porque los países que poseen grandes recursos naturales no aprovechan las épocas de bonanzas para crecer en todos los sentidos.
En lugar de entrar en la era de los conocimientos, dar un gran salto en materia educativa, diversificar rápidamente la oferta productiva, vuelcan todas sus energías a aquello que le trae una pasajera bonanza.
Desde hacer veredas en pleno campo a financiar aventuras deportivas. Y otro tanto ocurre con los beneficiarios de ese crecimiento.
Como creen que la dicha será eterna, los que tienen acceso al reparto de la nueva torta, sólo pretenden porciones más grandes, se hacen una nueva casa, cambian el automóvil, viajan a lugares exóticos.
En aquellos días todo era euforia.
Pero aquel libro planteaba que estamos todavía en la rutina de hacer más de lo mismo. Y –decíamos-, no hay país del Segundo Mundo, que llegue al Primer Mundo haciendo más de lo mismo.
Si el negocio es la soja, no vamos a desarrollarnos sólo produciendo más soja.
Si el negocio es el oro, no vamos a llegar a ser una provincia desarrollada por tener más oro.
Viviremos mejor mientras tengamos soja y oro.
Pero ¡cuidado!.
Que no nos alcance la maldición de los recursos naturales.
En San Juan 2035 sosteníamos que es hora que comprendamos que tenemos que utilizar los años de bonanzas para generar miles de empresas que produzcan cosas que hoy no se producen.
De una vez por todas debemos advertir que no se alcanza una educación de excelencia por hacer más escuelas o nombrar más profesores o hacer más fácil la educación sino por aumentar los niveles de exigencia y superación.
Ni la salud mejorará sino mejoramos los recursos humanos ni aumentará la seguridad por poner un policía en cada cuadra.
Seamos claros.
Es bueno que la gran minería traiga mejores días.
Pero sigamos insistiendo en el camino a Chile, en los programas de Calidad San Juan, en el desarrollo de las energías alternativas, en la ampliación de las áreas de cultivo sistematizando el riego, en la producción de hidroelectricidad, en la industrialización de las materias primas, en infraestructura turística, en mejorar los recursos humanos.
Nuestras posibilidades aumentan y se sostienen en el tiempo cuando surgen empresarios con proyectos innovadores, profesionales altamente calificados, obreros especializados, una educación de primer nivel.
Esas son las cosas que nos darán un crecimiento estable en el tiempo.
La diferencia entre los doce países que alcanzaron el desarrollo y los cien que se amontonan en el llamado segundo mundo es que estas cosas las tienen muy claras.