Pensemos que además de concretar grandes obras, algún día los próceres se tomaron una cerveza bien fría y charlaron de mujeres con los amigos más íntimos. Sería una buena forma de acercarlos a la gente, de alentarnos a imitarlos, de dejar de mentirnos como país.

Una amiga comentaba hace unos días en esas largas sobremesas de los sábados a la noche:
—Qué falta nos hacen un San Martín, un Sarmiento, un Belgrano… Si ellos vivieran, a los actuales dirigentes los echan a patadas…
Hace tiempo que trato de no opinar en las reuniones de amigos.

Los ánimos están tan caldeados, las divisiones son tan grandes, que cualquier opinión sólo sirven para abrir heridas y lastimar viejas amistades.
Pero ganas tenía de contestarle:
—No te equivoques. Los historiadores se han fagocitado a todos nuestros próceres. Los han transformado en seres tan fríos y lejanos como sus estatuas. El resultado es que hoy estamos huérfanos.


Las sociedades necesitan referentes que sean ejemplos creíbles.

Para eso están los próceres.
Pero los historiadores los han presentado más como construcciones ideológicas, como figuras imaginadas a partir de una serie de virtudes, que como personas reales y concretas.
Aunque a muchos les disguste, estoy seguro que si los próceres volvieran a la vida se molestarían muchísimo por la forma como los presentan en los manuales escolares, por la manera como los recordamos en los aniversarios de sus muertes, por la forma como los imaginamos.


A los próceres nos los han descriptos como depositarios de todas las virtudes, carentes de sexo, adictos al estoicismo, austeros y valientes hasta la temeridad y con una peligrosa tendencia a la auto—inmolación.
¿Alguien puede imaginar a San Martín contando un cuento, riendo a carcajadas, tomando un buen vino o seduciendo a alguna muchacha? ¿Piensan acaso que se pasó la vida sobre un caballo blanco mirando hacia el futuro y apuntando con un dedo el horizonte?


¿Pasa por la cabeza de alguien que Sarmiento, además de ser un gran escritor, un preocupado gobernante, un militar y un hombre adelantado a su tiempo, gustaba visitar próstibulos y hasta llevaba la cuenta de sus gastos en chicas de sonrisa fácil?


¿Creen que Belgrano se pasó la vida envuelto en un paño celeste y blanco o que Vicente López y Planes consumía sus noches cantando el Himno Nacional en la casa de Margarita Thompson?


Es así como hablamos de la presencia de San Martín en San Juan y sólo contamos la anécdota de su estadía en la celda del canciller de la orden dominica,  amoblada con un modestísimo catre, dos arcones y tres sillones tapizados, donde recibió a las autoridades y las demás visitas que concurrieron a presentarle sus saludos.


Señores, lamento decirles que San Martín vino a buscar apoyo para cruzar los Andes. Y que ese apoyo puede traducirse en términos económicos. De esta provincia pobre, el Libertador obtuvo  aportes enormes. Baste decir que en pocos días las contribuciones en especies integraron:
1.176 mulas de silla, 849 mulas de carga, 832 caballos, 1.216 monturas completas, 604 cueros de carnero y 472 ponchos, además de ganado en pie. La colecta de dinero alcanzó hasta el 8 de junio de 1815, a 14.242,60 reales sin contarse las contribuciones de Jáchal, realizadas por la Cuarta División de Cabot.  En 1819 se llegó a la suma de 219.000 pesos. Y digamos que los números mencionados están por debajo de la realidad; las constancias documentales de las cuentas aparecen inciertas y confusas.
Y a esto hay que agregar la cantidad de negros esclavos que fueron obligados a sumarse al Ejercito y nunca volvieron.


¿Decir esto es denigrar a los próceres?
En absoluto. Es valorarlos más y valorarnos más a nosotros. Es saber que la campaña libertadora insumió esfuerzos, vidas, dinero y sacrificios. Y que un país no se construye en base a imágenes propias de dibujitos animados sino de realidades.

Dejemos de mentirnos con personajes de dudosa existencia como el sargento Cabral o el Tamborcito de Tacuarí que hoy mueven a risa de niños de prejardín. ¿O alguien cree que en lugar de putear por la herida que lo estaba matando, Cabral dijo en perfecto castellano “muero contento, hemos batido al enemigo”?
Tampoco es denigrar a Sarmiento hablar de sus luchas, de la forma como fue atacado y cómo él atacó a sus adversarios. De que cuando se presentó a una elección en San Juan casi nadie lo votó.  Lo triste es darle un destino de estatua, acariciando la cabeza de un niño o pensar que en lugar de jugar con otros chicos se pasaba el día bajo la higuera leyendo un libro y viendo trabajar a doña Paula en el telar.
Tan triste como la estupidez de cambiar una derrota en Malvinas por un genio de la envergadura de Sarmiento en nuestros cada día más desvalorizados billetes. Esto es una simple utilización ideológica de la historia.


En resumen: dejemos de adherir al pensamiento mágico, de creer que todo se consigue por un hombre iluminado, ejemplo de estoicismo. Bajemos a los próceres de las estatuas, aceptémoslos como hombres luchadores, capaces, ingeniosos. Admirémoslos por sus obras, olvidémonos de los discursos de maestras de tercer grado.
No los ofendamos mostrándolos como aburridos personajes, montados en caballos, con gestos grandilocuentes y pensando sólo en la patria las 24 horas del día.
Pensemos que además de concretar grandes obras, algún día se tomaron una cerveza bien fría y charlaron de mujeres con los amigos más íntimos.
Sería una buena forma de acercarlos a la gente, de alentarnos a imitarlos, de dejar de mentirnos como país.

 

 

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