Alentar el “linchamiento” es criminal y suicida. Pero no actuar ante el problema y creer que estamos ante un debate filosófico entre intelectuales, alentado por políticos y periodistas, es también criminal y suicida.

El hecho todavía vive en Claudia.
Cada vez que cuenta lo que sintió en el preciso momento en que un grandote intentó robarle la cartera, los recuerdos vuelven a su memoria.
Lo que le ocurrió a Claudia se repite por miles cada día a lo largo y lo ancho del país.
Pero siempre es diferente para las víctimas.
Para la ley puede tratarse de un robo o una simple tentativa.
Un hecho de los tantos que ni siquiera se investigan ni se procesa al delincuente. Un absurdo si consideramos las secuelas que pueden dejar en las víctimas.
Entre otras, esa película que se repite por las noches a gran velocidad en la mente de Claudia, con el grandote tomando su cartera, la reacción instintiva de no dejarse robar, el delincuente que la arrastra varios metros por la vereda, el dolor, las heridas, la intervención de su novio golpeando al ladrón, las tremendas patadas que le propinaron al delincuente circunstanciales testigos, los gritos de algunos diciendo “mátenlo, mátenlo!!!”
Pero lo peor es el temor que quedó clavado en algún rincón de Claudia.

Un  temor, a veces parecido al pánico, que renace cada vez que debe caminar sola por alguna calle, cuando ve a un desconocido con apariencia de ladrón o cuando siente ruidos en los alrededores de su casa a mitad de la noche.


Recordaba a Claudia a raíz de este debate que se viene desarrollando en el país ante lo que algunos denominan “linchamientos” y otros “justicia por mano propia”.
Yo quisiera al menos por una vez, dejar de lado los argumentos que he escuchado centenares de veces en estos días en labios de legos y profanos, de legisladores y jueces, de abogados y albañiles, de políticos y funcionarios.
Basta. Este es un tema que no admite militantes, sectarios ni fanáticos.
Ellos son también parte del problema.
Un problema que debe dejar los prejuicios y las emociones de lado y analizarse con la razón si no queremos que la bestia nos coma a todos


Hay un par de reflexiones que es necesario hacer.

1- La primera es que en cualquier hecho traumático –robo, accidente, agresión- es hora de repensar aspectos que los hombres de leyes no llegan a valorar. Uno de ellos es el de las víctimas y la calificación del hecho. Un choque o la caída de un avión puede dejar heridos y muertos pero también víctimas que no participaron directamente del hecho. Pensemos: un niño de dos años que queda huérfano es una víctima que va a pagar durante toda su vida lo acaecido en un hecho del que no participó. La madre que pierde un hijo es también una persona que llevará un luto de por vida.
Una mujer arrastrada cincuenta metros por un delincuente puede tener secuelas físicas y psíquicas para toda la vida. Y esto influirá en toda su familia. No puede considerarse un caso de robo o tentativa ni dejar libre al delincuente en 30 minutos.

2 - La segunda reflexión es sobre el tema que estamos debatiendo en estos días.
No es lógico decir que la reacción de la gente es obra de la impunidad con que actúa la delincuencia. No nos merecemos volver a la época de las cavernas. Pero tampoco un hombre o una mujer común que golpea a un delincuente que ha sido apresado infraganti y será liberado en pocas horas  puede confundirse con un asesino común aunque su actitud sea reprochable.
La gente está convencida que no hay garantías para las víctimas.

Casos como el de Marita Verón hablan de una actitud al menos indolente de la Justicia y como la acción de los medios, los familiares de la víctima y la gente pueden revertir después de muchas luchas fallos indignantes.

3 - De pronto ha aparecido una palabra que genera grandes polémicas: linchamiento.
Hasta ahora la mayoría entendía un linchamiento como la ejecución de alguien sin juicio previo. Y se ponía como ejemplo el viejo far west norteamericano, el Ku klux klan o las ejecuciones de la justicia comunitaria indígena en Bolivia.
Entre nosotros era común hablar de “golpiza”, “paliza” o venganza contra una persona por parte de un grupo de exaltados o afectados. Y ello ocurría en la calle ante un robo, en un estadio de futbol por una provocación, en una fiesta alentados por el alcohol  o en una escuela, por citar ejemplos.

Esto no es nuevo, existió siempre y en poco se diferencia con lo que hoy pasa.
Pero bastó que alguien hablara de “linchamiento” para que Argentina fuera noticia internacional, hasta el Papa se interesara en el tema y entre nosotros surgiera el gran debate –asfixiante, eterno, inconducente– donde se mezclan “garantismo”, derechos, Constitución, política, intereses, venganzas, ocultamiento y distracciones.

El debate hasta ahora ha tenido algunos saldos dignos de señalar:
A - Hemos advertido que hay un hartazgo en grandes sectores de la población que ha dejado de creer en el accionar del sistema judicial.
B - Ha quedado claro que hay políticos e ideólogos que sacan provecho de tan grave situación.
C - Ha permitido que algunos periodistas, encuestadores, opinólogos y vendedores de humo naveguen a sus anchas, especialmente en los programas de las 3 de la tarde.
D - Hemos dejado de lado la cuestión de fondo: el problema de la inseguridad.
Ahora hablamos de “linchamientos”, de víctimas y victimarios, de justicia o venganza. Es un gran retroceso si pensamos que la inseguridad es la principal preocupación de los argentinos desde hace varios años. Una vez más, gana la impunidad.


Vamos resumiendo:
Nada ha cambiado y nada cambiará con este debate que, como tantos otros, se irá apagando cuando aparezca un tema más convocante.
Y continuaremos llamando linchamientos a incendiar un auto o una casa, a golpear a un delincuente o a equivocar quien es la víctima y quién el victimario.
Claudia, como tantas otras, seguirá peleando sola contra sus fantasmas.

 

 

 

 

 

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