Una nota de Juan Carlos Bataller - Ilustración: Miguel Camporro
Leo en un portal de noticias que
un misil balístico intercontinental norcoreano apareció en una exhibición
militar vinculada a Kim Jong-un, tras una serie de lanzamientos
en el Mar de Japón.
Agrega la información que “la
muestra expuso la capacidad militar de Corea del Norte y reforzó su mensaje
hacia Estados Unidos” como una “muestra de fuerza” en un momento de tensión
regional.
Pero a continuación el portal
dice: “La exhibición volvió a extender sobre el mapa una pregunta que atraviesa
continentes: hasta dónde podría llegar un lanzamiento desde Pyongyang. Con un
alcance estimado en 15.000 kilómetros, Argentina
quedaría fuera del radio calculado, al igual que Chile, Perú y buena parte de
Brasil, por la distancia que la separa de la península coreana. Perú, Chile,
Argentina, Brasil, marca el grupo de países que no ingresaría en la proyección”.
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A esta altura ya no hay dudas: quien escribió la nota no debe ser un
representante de la especie humana ya que el razonamiento es propio de
“inteligencia artificial” poco entrenada, algo muy usual en estos tiempos.
Trataremos de ser lo más
razonable que podamos y decir que el planeta tierra aun no puede ser destruido
por las armas nucleares, ya que la energía necesaria para desintegrarlo por
completo es astronómicamente mayor a la que posee todo el arsenal global.
Sin embargo, en términos de destruir
la civilización humana y la vida en la Tierra, las estimaciones varían según el
cálculo:
-- Existen aproximadamente 12.500 a 13.000 armas
nucleares en el mundo (repartidas principalmente entre Rusia, Estados Unidos,
China, Francia, Reino Unido, Pakistán, India, Israel y Corea del Norte).
-- Según algunas estimaciones, el arsenal acumulado
durante tiene la capacidad teórica de acabar con la humanidad y la mayor parte
de los organismos vivos varias veces.
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La razón es que no se necesita detonar todas las bombas para
colapsar la biosfera. Un intercambio nuclear masivo, por ejemplo, entre Rusia y
Estados Unidos usando solo una fracción de sus arsenales, liberaría millones de
toneladas de hollín y humo a la atmósfera, bloqueando la luz solar, derrumbando
la agricultura global y provocando una hambruna masiva que pondría en riesgo a
miles de millones de personas.
Esto se conoce como “efecto
global de una guerra nuclear”.
Y es acá donde aparece una
expresión concreta: invierno nuclear. Es decir, un modelo climático
teórico que describe el cambio drástico y devastador en el clima de la Tierra
tras una guerra nuclear generalizada.
El concepto principal es que el
planeta no solo sufriría por la destrucción inmediata de las explosiones, sino
por un enfriamiento global extremo y prolongado provocado por el humo.
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Las
detonaciones nucleares sobre ciudades y zonas industriales desatarían incendios
masivos y simultáneos. Estos incendios se unirían creando "tormentas de
fuego" gigantescas. Estas tormentas elevarían millones de toneladas de
hollín negro y humo espeso hacia la atmósfera.
El aire caliente de los incendios
empujaría este hollín por encima de las nubes, llegando a la estratosfera
(entre 10 y 50 kilómetros de altura). A esa altitud no hay lluvia, por lo que
el hollín no se limpiaría y permanecería allí durante años.
Los vientos globales esparcirían
el hollín por todo el planeta, creando una capa oscura que absorbería y
bloquearía la luz del sol.
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Según los especialistas, sin luz solar, las temperaturas globales
caerían en promedio entre 8 °C y 15 °C en cuestión de días. La falta de
luz, las heladas constantes y la reducción drástica de las lluvias harían
imposible cultivar alimentos en la mayor parte del mundo durante años.
Los científicos modernos que
modelan este escenario señalan que el verdadero peligro del invierno nuclear no
es el frío en sí, sino la hambruna masiva.
Al colapsar la producción y
distribución mundial de alimentos, la gran mayoría de la población humana del
planeta podría morir de hambre en los años posteriores al conflicto, incluso si
vivieran en países que no recibieron ningún impacto nuclear directo.
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Dejemos a Kim Jong-Un y sus prepotencias nucleares. Y hablemos con
geólogos y paleontólogos. Ellos podrían decirnos, por ejemplo:
-- Los dinosaurios desaparecieron hace unos 66
millones de años debido al impacto de un asteroide gigante combinado con un
período de intensa actividad volcánica, eventos que desataron un cambio
climático radical muy similar al concepto del "invierno nuclear" y
que terminó con el 75% de las especies del planeta.
-- Según los estudiosos, un asteroide de unos 12
kilómetros de diámetro chocó contra la Tierra en lo que hoy es la península de
Yucatán, México, dejando un cráter de 180 kilómetros de ancho conocido como Chicxulub.
El impacto liberó una energía equivalente a miles de millones de bombas
atómicas.
-- Antes del impacto, la Tierra ya estaba sufriendo un
estrés ambiental enorme debido a gigantescas erupciones volcánicas en la actual
India. Estas erupciones liberaron grandes cantidades de gases de efecto
invernadero y azufre a la atmósfera.
-- El choque del asteroide vaporizó las rocas y lanzó
a la atmósfera miles de millones de toneladas de polvo, ceniza y azufre. El
proceso posterior fue idéntico al de un invierno nuclear. Los vientos
esparcieron los sedimentos por todo el planeta, bloqueando por completo la luz
del sol durante meses o años. El planeta se congeló rápidamente, destruyendo
los climas tropicales a los que los dinosaurios estaban acostumbrados.
-- Sin sol, las plantas y el fitoplancton marino no
pudieron hacer fotosíntesis y murieron. Al desaparecer la vegetación, murieron
los dinosaurios herbívoros y, poco después, los carnívoros que se alimentaban
de ellos.
-- Los animales pequeños que necesitaban menos comida
y podían refugiarse bajo tierra o en madrigueras lograron subsistir. Entre
ellos se encontraban los primeros mamíferos (nuestros antepasados), los
cocodrilos, las tortugas y un grupo específico de dinosaurios pequeños con
plumas que evolucionaron hasta convertirse en las aves actuales.
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Si esto es así, estamos ante una ironía histórica tremenda: 66
millones de años después la humanidad corre el riesgo de desaparecer por un "invierno nuclear" que es similar
al cambio climático de la antigüedad. La diferencia es que este fue imposible
de prever y el que podrían producir las armas nucleares sería totalmente obra
de la raza humana.
Seguramente los dinoaurios sonreirían ante las pretenciones del dictador
coreano y el ignorante periodista argentino.
Entendamos, no es una cuestión de
distancias. El peligro real no es la explosión inicial. Ambos escenarios
congelan el planeta y destruyen la agricultura, provocando un colapso
alimentario generalizado.
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Con un agravante: los dinosaurios no tenían la tecnología ni la
capacidad intelectual para ver venir el asteroide ni para desviar su
trayectoria. Nosotros, la especie más racional y avanzada de la historia de la
Tierra, somos los únicos capaces de
crear conscientemente las condiciones para nuestra propia destrucción.
Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición 2214 del 17 de octubre
de 2026