Primero
fueron los inmigrantes que llegaron con sus sueños grandes y sus bolsillos
vacíos. Algunos no conocían el idioma. Otros no sabían leer y escribir. Pero
traían una admirable cultura del trabajo y acá se encontraron con una figura
jurídica que les posibilitó crecer: la
del contratista de viña.
Pronto
estos trabajadores pasaron a ser contratistas y luego, con el fruto de su
trabajo, se transformaron en propietarios.
Así
llegaron a ser 15 mil los viñateros en
San Juan, cuando la provincia apenas superaba los 300 mil habitantes.
Pero
además de los hombres de campo, llegaron toneleros, constructores,
comerciantes, industriales, que traían sus oficios, sus técnicas, sus
conocimientos.
Venían
de distintas partes del mundo y San Juan, les brindó la posibilidad de
instalarse y convertirse pronto en empresarios. Algunos prósperos. Otros no
tanto, pero todos duchos en el arte de
pelearle a la vida
Así
surgieron desde fabricantes de helados a bodegueros; desde elaboradores de
dulce a panaderos.
Ni
siquiera el terrible terremoto doblegó aquel ímpetu formidable.
San
Juan siguió creciendo, al extremo que la renta por habitante llegó a ser una de
las diez más altas del país.
Aquellos
padres semianalfabetos le dieron prioridad a la educación de sus descendientes.
Y así surgieron hijos médicos, abogados,
ingenieros. Así fue como se estructuró una sociedad que alcanzó su punto
culminante en las décadas del 50 al 60.
Una sociedad
predominantemente de clase media, una ancha franja que englobaba al
médico pero también al maestro; al comerciante y al viñatero; al empleado de
banco y al industrial.
Fueron
años de bonanzas, en los que entraba a la provincia dinero genuino, producto de los que producíamos y donde
se generaba un movimiento de dinero envidiable.
Surgieron
bancos de capitales sanjuaninos, diarios, cines, fuertes empresas de
transportes. Y el Estado, pequeño en su número de agentes, realizaba obras
públicas como nunca se vio.
Qué mal tenemos que
haber hecho las cosas para destruir ese formidable tejido social!
¡Cuánto tenemos que
habernos equivocado!
El
caso es que el viejo inmigrante murió, la tierra se fue dividiendo en su
descendencia hasta quedar fuera de escala, el hijo y el nieto prefirieron los
empleos de escritorio, se fueron perdiendo oficios sin que se recalificara la
mano de obra, se extravió en algún
recodo aquel ímpetu emprendedor.
Y
es acá donde algo estalla.
Porque
la clase media no es sólo una franja
económica.
Es un sentimiento de
pertenencia. Es una suma de valores a los que no se renuncia por tener más o
menos dinero.
La
clase media es el sueño de la casa propia con la parrilla para el asado
dominguero. Es el auto más o menos modesto. Es el trabajo seguro y la
posibilidad que los chicos estudien. Son las vacaciones y la la televisión más
alguna plataforma de cine; la salida del fin de semana y la cuota del club, la
obra social y la jubilación asegurada.

Y
este es el gran drama de nuestros días.
Porque esa clase media
es la que está hoy más desamparada.
Para
ella no hay créditos más allá de los de consumo ni planes de vivienda. Las
obras sociales funcionan salteadas y las jubilaciones no alcanzan ni para
remedios.
Para
esa clase media, que no ocupa terrenos ni forma piquetes ni recibe ayuda
estatal ni sale a robar ni sigue a punteros políticos, todo se hace hoy cuesta arriba.
Es
la que debe renunciar a la televisión satelital o por cable o al estudio de
idioma de los hijos, la que ya le cuesta sacar el auto por el precio de la
nafta el estacionamiento o los impuestos y se olvidó de las vacaciones. La que
se atrasó en el pago de la cuota del club y a optado por volver a los pañales
de tela porque ellos no entran en ninguna ayuda de Acción Social.
Pero
hay algo más grave: esa clase media es
la que tiene ante sí un oscuro futuro laboral si no se sientan las bases de un
nuevo San Juan.
La
minería dará trabajo a obreros mineros y las obras públicas y privadas a obreros
de la construcción. En poco tiempo pueden crearse miles de puestos de trabajo.
Pero
esa clase media, con hijos profesionales o camino a serlo, reclama empleos de
la llamada tercera ola para poder
insertarse.
Ya
el Estado no puede seguir absorbiendo los excedentes que no satisface la
actividad privada. La Justicia multiplicó por cien sus planteles en 30 años y
la Legislatura hasta tiene anexos. Las universidades han agotado sus
posibilidades de incorporar docentes. Las empresas tienen integrados sus
cuerpos técnicos y directivos.
El
comercio electrónico desplaza a las grandes tiendas, la cuenta bancaria se
maneja por el celular, la inteligencia artificial amenaza con sepultar muchos
trabajos poco creativos.
Para
que exista un futuro para ese sector necesitamos
miles de empresas modernas, de servicios, de turismo, de conocimientos
aplicados. Sólo así tendrán cabida miles de diseñadores, sociólogos,
psicólogos laborales, técnicos en turismo, publicistas, abogados, agrimensores,
arquitectos…
Para
lograrlo, además de créditos, adecuada promoción y planes concretos,
necesitamos que las universidades no sólo lancen profesionales en busca de un
empleo sino auténticos emprendedores. No
alcanza con llenarnos la boca hablando de universidad libre y gratuita si
seguimos compitiendo entre universidades locales y foráneas en carreras sin
futuro o saturadas de profesionales mal pagos.
De
esto estamos hablando cuando planteamos la necesidad de un modelo que sin
renegar de lo viejo se plantee alternativas laborales para un mundo cada día
más globalizado.
No
alcanza con una obra más o la promoción agrícola o la minería.
Bienvenidas sean todas
las inversiones.
Pero
si no hay un cambio de modelo, si no contribuimos a la formación de miles de
emprendedores, sino pensamos que no alcanza como elaborar productos primarios, aquella
provincia de clase media será solo un recuerdo de tiempos mejores.
Y
seguiremos pensando que alcanza con sancionar leyes para evitar que ingresen
empresas foráneas para incorporarse a la creciente minería.
Fuente:
Publicado en El Nuevo Diario, edición 2212 del 3 de octubre de 2026