Hubo un tiempo no tan lejano que a un ciego se le llamaba ciego, a un manco manco y a un petiso, petiso.

Y nadie se sentía ofendido por ello.
Nadie se sentía herido por contar que en la mitología griega Edipo murió ciego. O que Juan Sebastián Bach, aquel maravilloso músico creador de la escuela moderna, al final de su vida, sufrió una grave enfermedad de los ojos que le dejó completamente ciego.  
Es normal que los hombres, hasta los que han dejado una huella más profunda en la historia, pueden ser acosados por el sufrimiento en algún momento de su vida.
Como Ludwig van Beethoven que no podía escuchar con sus oídos cerrados a la música que él mismo componía o había compuesto. Debía contentarse con escucharla en su espíritu… interpretada por su fantasía y su cerebro.  
Juan Manuel Fangio era chueco y se consagró cinco veces campeón mundial de fórmula 1.
Un jugador de fútbol, Victorio Casas, era manco y jugó en la primera de San Lorenzo de Almagro.
Danny De Vito, el famoso actor, mide 1,47.
Franklin Delano Roosevelt llegó a la gobernación de Nueva York primero y a la presidencia de los Estados Unidos después en silla de ruedas.
Y la vicepresidenta de la Nación durante el gobierno de Macri también se movilizaba en silla de ruedas.

Pero de pronto, en lugar de valorar a quienes se sobreponen a todos los escollos y demuestran que no son minusválidos ni discapacitados, comenzaron a “trasvertirlos”.
Aparecieron los “humanistas” de la palabra.
A los ciegos comenzaron por llamarlos no videntes.
Después alguien insinuó que era menos duro llamarlos discapacitados.
Otro sugirió “minusválido”
Y otro respondió que esas palabras también eran denigrantes y que había que llamarlos personas “con capacidades especiales”.
Estupideces. Simples estupideces.
Lo importante, queridos amigos, es que en lugar de bastardear las palabras, integremos definitivamente a todos los que sufren algún problema en el mundo del trabajo y de la sociedad.
Indigna que los mismos que se rasgan las vestiduras si alguien llama a cada cosa por su nombre sean los que estacionan el auto frente a una rampa para quienes se mueven en sillas de ruedas o los que no hacen nada para que los ciegos, los sordos o los paralíticos puedan cursar normalmente en las universidades. O los que los que no exigen que se cumplan con los cupos laborales.

Las palabras sólo son insultantes cuando se las utiliza como insulto.
Tampoco es descalificante que a uno le digan petiso, turco, gringo o judio. Al contrario.
Distinto es el caso cuando se trata de ofender y se llama “negro” al de clase baja. O se usan en política términos como miope, mogólico o autista.
En una palabra, dejemos de embromar con lo “políticamente correcto”.
Dejemos de creer que cambiando las palabras se modifica la situación.

¿Qué quiere que le diga?
A mi me sigue encantando que me corte el pelo un peluquero en lugar de un coiffeur o un estilista.
Sigo admirando a mis maestras y amo llamarlas “señorita” en lugar de trabajadoras de la educación.
De mi paso por la universidad recuerdo con mucho afecto a los docentes y a los no docentes y me parece de terror que ahora a estos últimos se los llame “personal de apoyo universitario”.
Y me indigna que a los delincuentes se los llame “personas en conflicto con la ley”.
Como dijo Serrat: “niño, deja de joder con la pelota”.

Fuente: Publicado en
El Nuevo Diario, edición 2210 del 19 de septiembre de 2026