17 de agosto – Hace 176 años moría el general San Martin
No nos vendan figuritas ni próceres de estatuas
Si usted busca un relato típico de una ficción escolar, no siga leyendo esta nota. Olvide por un momento la imagen de un anciano pasando sus últimos años en Bulogne Sur mer, sumido en una pobreza digna mientras besa los cabellos de su hija Mérceditas que amorosamente atiende al padre prócer.
La verdadera epopeya del Cruce de los Andes no fue un milagro divino, sino el resultado de una ingeniería logística implacable, una economía de guerra asfixiante y el triunfo de un hombre de carne que lideró la mayor hazaña militar del continente americano arrastrando enfermedades en un cuerpo que se caía a pedazos.
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El verdadero San Martín es mucho más fascinante que el bronce de las plazas: fue un hombre con debilidades físicas extremas que construyó de la nada una maquinaria bélica industrial perfecta, un político que supo aplicar el terror disciplinario cuando la supervivencia lo requería, y un estratega brillante que entendió que las guerras se ganan tanto con cañones de bronce como con la sutil inteligencia de una mentira bien sembrada.
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Esta nota no pretende hurgar en la historia del Padre de la Patria sino que intenta explicar como, sin contar con grandes fondos, pudo armarse un ejército que llevó adelante una de las mayores proezas de la humanidad.
Para eso vamos a darle un punto de inicio a esta historia.
Cuando San Martín asumió la Gobernación Intendencia de Cuyo en 1814 —región que abarcaba las actuales provincias de Mendoza, San Juan y San Luis—, se encontró con un panorama desolador. La revolución en Chile había colapsado tras la derrota patriota en Rancagua, los españoles vigilaban las cumbres andinas y Buenos Aires enviaba recursos a cuentagotas. Si quería liberar al continente, debía armar un ejército desde cero en una región pobre y aislada de apenas 40.000 habitantes.
Aquí es donde el San Martín gentil de las escuelas se transforma en un implacable dictador de guerra total.

“Implementó un régimen de expropiación, de presión fiscal y de militarización absoluta que drenó hasta la última gota de riqueza de las provincias cuyanas”.
Y digámoslo claramente. El general no consiguió los recursos pidiendo donaciones con simpatía. De ninguna manera. Implementó un régimen de expropiación, de presión fiscal y de militarización absoluta que drenó hasta la última gota de riqueza de las provincias cuyanas.
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Para entender cómo se armó el Ejército de los Andes, hay que imaginarse una mezcla entre una fábrica automotriz moderna y un laboratorio de la NASA, pero montado en medio del barro y la nada colonial. San Martín transformó a Mendoza y San Juan en un polo industrial militar en apenas dos años.
De no tener ni un clavo, pasaron a fabricar cañones, pólvora, uniformes y mapas de alta precisión. Las tres claves de esta proeza fueron un monje genio, la fundición de campanas y un sistema de espionaje cartográfico.
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El financiamiento de la campaña andina destruyó la economía local por décadas. San Martín impuso gravámenes extraordinarios a la producción de vino y aguardiente, las principales industrias de la región. Decretó que todo comerciante debía entregar un porcentaje de sus ganancias líquidas y recortó de manera drástica el salario de todos los empleados públicos, comenzando por el suyo, el cual redujo a la mitad.
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Las joyas sirvieron para conmover a la opinión pública, pero las guerras se pagan con hierro, carne y alimentos. Lo que realmente sostuvo al ejército fueron las confiscaciones directas a las familias de origen español que no apoyaban la causa: sus estancias, ganados y propiedades fueron secuestrados y rematados por el Estado.
El esfuerzo de San Juan en este engranaje fue descomunal y, a menudo, eclipsado por la historia centralizada en Mendoza. Investigaciones históricas demuestran que San Juan aportó proporcionalmente más dinero líquido a la caja militar que la propia capital cuyana (unos 83.000 pesos sanjuaninos frente a 46.000 mendocinos). La provincia entregó toda su reserva de azufre, donó miles de mulas y transformó sus conventos, como el de Santo Domingo, en ruidosos cuarteles de infantería.
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“De no tener ni un clavo, pasaron a fabricar cañones, pólvora, uniformes y mapas de alta precisión. Las tres claves de esta proeza fueron un monje genio, la fundición de campanas y un sistema de espionaje cartográfico”.
El cruce no se hizo a lomo de caballo criollo como muestran los cuadros. El caballo no resiste la altura ni el suelo escarpado de la alta montaña.
Se utilizaron más de 10.000 mulas de carga y de silla. La mula es un animal híbrido, mucho más rústico, con mejor pisada para los desfiladeros y capaz de aguantar la falta de oxígeno (soroche).
Se llevaron unos 1.600 caballos, pero iban «vacíos» (sin jinete). Se los cuidaba como oro para que llegaran descansados y enteros al otro lado de la cordillera, listos para entrar en combate. Menos de la mitad de los animales sobrevivió al cruce debido al frío extremo y la falta de pastura.
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Para alimentar a miles de hombres sin camiones de carga, inventaron el valdiviano: una ración de combate a base de charqui (carne seca machacada), grasa, ají picante y agua hirviendo. Era liviano de transportar y aportaba las calorías necesarias para combatir el frío.
Cruzar los Andes implicó mover una masa móvil de 5.000 hombres, 10.000 mulas de carga y 1.600 caballos a más de 3.000 metros de altura a través de senderos que rara vez superaban el metro de ancho. Esta mole logística devoraba toneladas de alimento en un desierto de roca y hielo donde no crece un solo brote de pasto.

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La base de la alimentación fue una ración de combate diseñada para aportar calorías extremas con el menor peso posible. Consistía en charqui (carne vacuna deshidratada al sol y salada) machacada a piedra, mezclada con grasa de pella, agua hirviendo y abundante ají picante, que funcionaba como un vasodilatador natural para combatir el entumecimiento de las extremidades.
Junto con esa ración los soldados recibían una ración estricta de galletas de bofe duras y un trago diario de vino o aguardiente, vital para desinfectar el agua de deshielo y calentar el cuerpo antes de dormir.
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El transporte de la carne fresca dependía de un arreo de 600 vacunos vivos que marchaban rezagados en la retaguardia de las columnas, siendo sacrificados paulatinamente.
Las grandes perdedoras de la travesía fueron las mulas. A pesar de que se transportaron toneladas de alfalfa seca en fardos, el alimento resultó insuficiente: miles de mulas y caballos murieron de inanición, fatiga o desbarrancadas en los abismos del trayecto.
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La consecuencia de esta sangría de recursos fue catastrófica para el día después. Cuando el Ejército de los Andes marchó en 1817, Cuyo quedó en la quiebra absoluta. Al confiscar casi la totalidad de las mulas y caballos de la región, San Martín destruyó el sistema de transporte de mercancías (los «camiones» de la época), aislando el comercio con Buenos Aires.
Las viñas y campos quedaron abandonados debido a que la población masculina activa había sido absorbida por las filas militares. Cuyo se convirtió en una región habitada mayoritariamente por mujeres, niños y ancianos, sepultada bajo una montaña de pagarés y promesas de pago estatales que tardaron generaciones en saldarse.
“La consecuencia de esta sangría de recursos fue catastrófica para el día después. Cuando el Ejército de los Andes marchó en 1817, Cuyo quedó en la quiebra absoluta”

La precaria salud del general
En medio de este infierno helado, la salud del propio San Martín era un drama médico ambulante. El Libertador sufría de una úlcera estomacal sangrante que, en momentos de alta tensión, le provocaba vómitos de sangre espasmódicos. A esto se le sumaba un reuma crónico y ataques de gota que inflamaban sus articulaciones al punto de impedirle mantenerse en pie o ensillar un caballo.
Para tolerar los dolores atroces del viaje, su médico personal, el escocés James Paroissien, le administraba dosis regulares de laúdano (opio disuelto en alcohol), una sustancia de la cual el general se volvió profundamente dependiente.
En los tramos más escarpados y helados del cruce, el cuerpo del general colapsó por completo: tuvo que ser transportado en una camilla de campaña de lona y madera, cargada a hombros por sus fieles soldados negros a través de los desfiladeros.

MANTENER EL ORDEN A TODA COSTA
Una disciplina militar de hierro
Mantener el orden de semejante masa de hombres bajo un frío extremo y al borde del colapso físico exigió una disciplina implacable. Incluso hubo fusilamientos. San Martín no dudaba en aplicar la pena máxima para evitar que el ejército se desmadrara o se desmoralizara en plena montaña.
Para el general, la disciplina no era un capricho militar, sino la única garantía de supervivencia. Si el orden se rompía a 4.000 metros de altura, el ejército entero moría.
Hubo ejecuciones ejemplares durante la preparación en el campamento de El Plumerillo y también durante el cruce mismo. Los motivos principales eran dos: la deserción y la traición.
El caso más emblemático ocurrió en pleno cruce, cuando un grupo de soldados intentó escapar debido al pánico y al sufrimiento físico. Fueron capturados de inmediato por las patrullas de retaguardia. San Martín ordenó su fusilamiento en el acto, al costado del camino, para que el resto de las columnas viera el destino de los cobardes.
El código de faltas: Los «delitos» de montaña
San Martín redactó un código militar de convivencia extremadamente estricto. Las faltas que hoy nos parecerían menores se pagaban con castigos corporales severísimos:
>Quien robara una ración de charqui, un trozo de pan o una manta a un compañero recibía azotes públicos y era degradado. En un entorno donde el alimento estaba contado al gramo, robar comida era considerado un intento de asesinato encubierto.
>El soldado que pestañeara durante las rondas nocturnas arriesgaba la vida de todos ante un ataque sorpresa realista. El castigo iba desde plantones bajo el frío polar hasta azotes.
>Castigar a una mula de carga sin necesidad o dejarla morir por negligencia era un delito grave. Si una mula caía al abismo con municiones o víveres por culpa de un descuido, el responsable pagaba con calabozo o trabajos forzados.
>El bando oficial establecía que quien insultara el nombre de Dios o de la patria recibiría castigos físicos frente a todo su batallón.
Esta combinación de terror penal, mística patriótica y el ejemplo del propio General (que sufría los mismos dolores y comía la misma sopa que el último de sus soldados) fue lo que impidió que el Ejército de los Andes se amotinara en el peor escenario imaginable.

El Hospital de Campaña y los médicos héroes
El ejército no viajaba a ciegas. Contaba con un Cuerpo de Sanidad militar liderado por el médico escocés James Paroissien y el cirujano sanjuanino Juan Isidro Maza.
Detrás de las columnas principales marchaban las ambulancias de la época: camillas tiradas por mulas o cargadas a hombros.
Llevaban cargamentos de medicamentos esenciales, principalmente opio (laudano) para los dolores, quina para bajar la fiebre y ungüentos para las quemaduras de la piel causadas por el sol y la nieve.
Si un soldado caía desmayado por el «soroche» (mal de altura), congelamiento o fatiga extrema, el protocolo era estricto:
- Se lo corría del sendero para no trabar la fila india, se le daba aguardiente para reanimarlo y se lo abrigaba con mantas extras.
- Si no podía recuperarse para marchar a pie, se lo subía a una de las mulas de camilla destinadas exclusivamente a los heridos.
- Este fue el gran secreto del rescate. En los puntos más altos y peligrosos de la cordillera existían «las casuchas de la cordillera», unas pequeñas construcciones de piedra y ladrillo que habían sido hechas en la época colonial para los correos reales. San Martín las usó como postas sanitarias de emergencia. Si un hombre estaba demasiado grave para seguir subiendo, se lo dejaba allí resguardado del viento y del frío, al cuidado de un enfermero o un compañero, con provisiones de charqui y fuego.
Muchos soldados murieron durante las noches debido a hipotermias fulminantes o paros cardíacos causados por el esfuerzo extremo y la falta de oxígeno en la altura.

El cruce según Roy Matons
El gran recaudador: ¿Cómo consiguió que entregaran todo sin cobrar un centavo?
San Martín convenció a la población de que solo había dos opciones: entregar todo voluntariamente para financiar el ejército o esperar a que los españoles cruzaran la cordillera y los degollaran a todos. Ante el terror de una invasión realista, la gente cedió mediante varios mecanismos:
>El «Rescate» obligatorio de esclavos: No hubo opción. San Martín decretó que todo dueño de esclavos debía entregar las dos terceras partes de sus hombres varones de entre 16 y 30 años para el ejército. El Estado no los pagó en el acto; entregó «bonos de deuda» (promesas de pago para el futuro que el gobierno tardó décadas en abonar o que directamente prescribieron).
>Impuestos extraordinarios a la riqueza: Creó un impuesto forzoso a la producción de vino y aguardiente, gravó los carruajes y obligó a los comerciantes a entregar un porcentaje de sus ganancias líquidas. Quien se negaba era catalogado de «antipatria» y corría el riesgo de que le confiscaran todos sus bienes por traición
>Confiscación a los enemigos: Secuestró y remató todas las propiedades, campos y ganados de las familias de origen español que no apoyaban abiertamente la revolución.
>La presión social sobre la élite: San Martín presionó a las familias más ricas para que entregaran a sus hijos como oficiales. El famoso episodio de las «Damas de Patricias» donando sus joyas no fue del todo espontáneo; fue el resultado de una fuerte campaña pública donde no donar joyas implicaba quedar marginado socialmente de la élite de la época.
>El aporte descomunal de San Juan: Aunque Mendoza era la capital, investigaciones históricas recientes demuestran que San Juan aportó proporcionalmente más dinero y recursos a la caja militar que la propia Mendoza (unos 83.000 pesos sanjuaninos frente a 46.000 mendocinos). San Juan entregó miles de mulas, toda su existencia de azufre para la pólvora, y cedió sus conventos (como el de Santo Domingo) para usarlos como cuarteles.

Fray Luis Beltrán
Fray Luis Beltrán: El Vulcano de los Andes
La ingeniería de armamentos tiene un nombre propio: Fray Luis Beltrán. Era un fraile franciscano chileno que había escapado tras la derrota patriota en su país. No tenía estudios formales de ingeniería, pero poseía una mente brillante y autodidacta para la física, la química y la mecánica. San Martín lo puso al frente del taller de la maestranza en el campamento de El Plumerillo.
Beltrán llegó a coordinar a más de 700 artesanos y obreros (herreros, carpinteros, silleros, costureras) que trabajaban en turnos rotativos las 24 horas del día.
Como no había hierro ni bronce para hacer cañones y balas, San Martín ordenó descolgar las campanas de las iglesias de Mendoza y San Juan, y confiscar los herrajes y ollas de las casas particulares. Todo eso fue a parar a los hornos de fundición de Beltrán.
De la nada, este taller fabricó o reparó miles de fusiles, bayonetas, sables, herraduras y más de 20 cañones de artillería. Además, inventó un sistema de carretas y arneses especiales para que los cañones pudieran ser desmontados y cargados por mulas a través de los desfiladeros de un metro de ancho.
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Un ejército con cañones pero sin pólvora no sirve para nada. Traer la pólvora desde Buenos Aires a lomo de mula tardaba meses y era sumamente peligroso. Había que fabricarla in situ.
La pólvora requiere tres componentes: carbón, salitre y azufre. San Martín descubrió que en los cerros de San Juan había grandes yacimientos de azufre de excelente calidad. Ordenó recolectarlo y procesarlo a escala industrial.
En Mendoza se construyó un molino especial impulsado por agua de acequia para triturar los componentes. Fue una operación de altísimo riesgo: un error en la mezcla o una chispa estática podían volar medio campamento por los aires. Sin embargo, lograron autoabastecerse por completo.

Alvarez Condarco
Álvarez Condarco y el espionaje cartográfico
Cruzar una cordillera sin mapas detallados era un suicidio colectivo. En esa época, los pocos planos existentes eran secretos coloniales españoles o directamente no existían en las zonas más altas. San Martín solucionó esto con una genialidad de espionaje cartográfico:
San Martín envió a Chile al joven ingeniero José Antonio Álvarez Condarco con una misión oficial supuestamente diplomática: llevarle un mensaje al gobernador español en Santiago de Chile.
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El plan maestro consistió en que Condarco cruzara hacia Chile por el paso de Los Patos (el camino más largo y difícil) y regresara expulsado por el paso de Uspallata (el más corto).
Condarco tenía una memoria visual sobrehumana. Mientras cabalgaba a contrarreloj vigilado por los españoles, fue registrando mentalmente las alturas, los anchos de los senderos, la presencia de agua, los pastizales y los puntos ciegos. Al regresar a Mendoza, se sentó con San Martín y dibujó los planos exactos que usó el ejército para cruzar sin perderse.

Cruce de los Andes (Foto: gentileza Ministerio de Cultura de la Nación)
El calzado y los uniformes: Inventos de reciclaje
El frío extremo congelaba los pies de los soldados y causaba gangrena. Beltrán y San Martín diseñaron soluciones que hoy llamaríamos «reciclaje sustentable»:
- Los tamangos: En lugar de botas de cuero caras e incómodas para trepar la roca, inventaron los «tamangos». Eran calzados rústicos hechos con los restos de cuero de las vacas que se faenaban para comer. Se los forraba por dentro con trapos de lana y grasa de pella para impermeabilizarlos y aislar el pie de la nieve.
- El tinte de la ropa: Las telas para los uniformes se tejían a mano con lana local. Para teñirlas del característico color azul del ejército, se usó un tinte vegetal económico y masivo derivado de raíces locales. Las mujeres cuyanas cosieron miles de chaquetas y pantalones contrarreloj.
El campamento de El Plumerillo funcionaba, literalmente, como una colmena industrial donde el propio San Martín controlaba desde la cantidad de gramos de pólvora por cartucho hasta la costura de las mochilas.

Los soldados negros
Para armar una fuerza de más de 5.000 combatientes, San Martín barrió las cárceles, los campos y las plantaciones. El motor humano de la infantería que cruzó los Andes tuvo un componente fundamental que la historiografía oficial prefirió invisibilizar durante un siglo: los soldados afrodescendientes.
Mediante el decreto del «Rescate de Libertos», San Martín obligó a los propietarios de esclavos a entregar las dos terceras partes de sus varones de entre 16 y 30 años.
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Así se conformaron los heroicos Batallones 7 y 8 de Infantería, compuestos por cerca de 1.500 negros y mulatos que marcharon a pie por las piedras de la cordillera.
A este contingente se sumaron los gauchos locales, los exiliados chilenos que huían del terror realista y los presos comunes de las cárceles de Cuyo, a quienes se les otorgó el indulto total a cambio de tomar el fusil.

La verdad sobre las "Damas de Patricias" y sus joyas
La historia Billiken nos pintó a un grupo de mujeres ricas desprendiéndose llorando de sus diamantes por amor a la patria. La realidad es mucho más terrenal, política y estratégica.
- Una donación bajo presión: Mendoza estaba exhausta económicamente. San Martín organizó una reunión con las familias de la alta sociedad y dejó flotando una idea clara: quien no colabore con la causa, será considerado sospechoso de apoyar a los españoles. Las familias entendieron el mensaje. Donar las joyas familiares era la forma que tenía la élite de comprar «inmunidad política» y demostrar lealtad pública al nuevo régimen.
- El valor real de las joyas: Aunque el gesto fue enorme y sirvió como una tremenda campaña de marketing patriótico para levantar la moral del pueblo, el valor económico de esas alhajas no alcanzaba para financiar un ejército de 5.000 hombres. Lo que realmente financió la campaña fueron los impuestos forzosos al vino, la carne, el aguardiente y la confiscación de bienes a los españoles.
- El verdadero trabajo de las mujeres: El aporte más valioso de las mujeres cuyanas (tanto de la élite como de los sectores populares) no fueron las joyas, sino el trabajo físico. Pasaron meses cosiendo miles de uniformes, tejiendo mantas de lana cruda, cocinando raciones de charqui y donando sábanas viejas para los hospitales de campaña.
Un trabajo preparado por Juan Carlos Bataller
> Fotografías y búsqueda de datos elaborados con lnteligencia artificial
> Fuentes: Historia de San Juan de Horacio Videla, Historia de San Juan, de Peñaloza y Arias, diarios y publicaciones de distintas épocas, Wikimedia, Wikipedia, Circulo Militar.
Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición 2205 del 15 de agosto de 2026
