¿Cuánto vale una vida humana?
¿Diez millones de australes?
¿Cinco millones? ¿Un millón?
¿Quién le pone precio a una vida?
La violencia vive entre nosotros. El desprecio hacia la vida y los bienes ajenos se pasea por las ciudades argentinas, se mete en cada barrio, brota entre las sombras y hasta se muestra a la luz del día.
¿Qué está pasando en nuestro país?
Algunos se conforman diciendo que “la violencia es un problema mundial”. Si es cierto, es un problema de todos los países pero ¿puede ser tan rápido el degeneramiento de la raza humana?
¿Estamos condenados a convivir con esa violencia? ¿Cuáles son los límites?

El ciudadano convive cada día con el temor.
Agresiones en la vía pública, el accionar de las patotas, bandas armadas en las canchas de futbol, motochorros que no trepidan en herir para robar una cartera; ancianos golpeados por dos pesos; salideras bancarias, robos y hurtos al por mayor…
Pareciera que de pronto ya no existieran parámetros. Para robar la radio de un automóvil un ladrón destroza vidrios, rompe el tablero del coche y hasta se da el gusto de cortar el tapizado de los asientos con una navaja. Es decir, nadie puede pensar que roba por necesidad.
Lo hace con alevosía, con odio por lo ajeno.
Para hacer buenos negocios, los narcotraficantes no dudan en iniciar en el consumo de drogas a chicos de 11 o 12 años.
Nuevamente la prostitución se ejerce en las calles.
La policía no puede entrar a algunos barrios.
Hay chicos, casi niños, que concurren armados con navajas a la escuela primaria.
Todas estas cosas las vemos a diario.
Son características de los tiempos que vivimos.
Y todo eso significa violencia, significa ponerle precio a vidas ajenas, significa, nada más y nada menos, que despreciar la vida de nuestros semejantes.

Yo me resisto a creer que estemos condenados a vivir en este estado de cosas.
Tampoco creo que sea “el precio que debemos pagar por vivir en democracia”.
De ninguna manera.
Algo —y muy grave— está sucediendo en la mente del hombre y urgentemente debemos investigar las causas y encontrar los remedios.
Porque todas estas cosas están creando una nueva cultura. Una cultura en la que la vida, los bienes, la dignidad de las personas, ya no tienen valor. A partir de la institucionalización de esa cultura, el resto es fácil.
-- La delincuencia comienza a organizar a bandas de chicos para que roben y paguen su dependencia a la droga.
-- El delincuente asume que cada robo significa un desafío a la muerte. Y lo acepta.
-- El ciudadano común considera que está desprotegido y que sólo él tiene que defenderse, con lo que se arma hasta los dientes.
-- La venganza comienza a ejercerse por cuenta propia ya que quien delinque y es descubierto a las pocas horas es dejado en libertad por muchos jueces. Y eso también es violencia señores jueces y legisladores.

Ya vemos como algo normal que se publiciten productos como puertas de seguridad, armas, sprays paralizantes, perros amaestrados.
Y si, la sociedad tiene miedo y se siente sola.
Porque mientras todo esto ocurre, algunos discuten si la culpa la tiene la Constitución o la situación económica, la sinarquía internacional o los tiempos que corren.

Yo no quiero sumarme a discusiones estériles. No quiero agregarme al coro de lo que todos lo ven desde el punto de vista económico, social, moral, intelectual o el que se les ocurra.
Simplemente advierto lo que está ocurriendo y lo que puede llegar a suceder. Y digo que muy poco se está haciendo —en todos los campos— por desentrañar las causas finales de todo esto y poner en práctica las soluciones.

Pero no cierro los ojos. Es más, apunto elementos para tener en cuenta en cualquier análisis. Cuando el delito no tiene castigo, cuando las artimañas legales priman sobre los conceptos de justicia, cuando la corrupción viene de los más altos niveles del Estado, cuando a la familia se la agrede con salarios indignos, cuando la mentira se institucionaliza, cuando se amasan grandes fortunas de la noche a la mañana y el trabajo honesto no alcanza para vivir, cuando ocurren estas cosas o todas juntas, se crean condiciones objetivas para que se debiliten las fuerzas morales de sectores de la sociedad.
Y esto no se arregla con la pena de muerte.
El ciudadano está cansado de que el peso de la ley sólo alcance a los ladrones de gallinas. ¿Qué funcionario corrupto está en la cárcel?
¿Qué narcotraficante de importancia ha sido detenido? ¿Cuántos tenebrosos propietarios de chacharitas, desarmaderos o reducidores fueron condenados? ¿Cuántos delitos económicos se han esclarecido? ¿Cómo justifican su rápido enriquecimiento algunos personajes por todos conocidos?

Estas son las respuestas que deben comenzar a darse. Estas son las señales que está esperando una sociedad.
Si no revertimos esta situación y pronto, la desintegración social será cada día más evidente. Y cada día un poco más, seguiremos abaratando el precio de nuestras vidas y el derecho a desalojar los miedos.

(Publicado el 20 de mayo de 2010)