Artículo publicado en El Nuevo Diario del 20 de abril de 2012 en la sección La Ventana del regreso

Los sanjuaninos rompimos el equilibrio poblacional.
En lugar de conquistar el desierto, nos enamoramos del cemento.
Y, sí. Era lógico.
La gente vive donde trabaja. Y como la mayor parte de los empleos los creó el Estado, la gente abandonó los campos y se vino a trabajar al centro.
Fue así como la mayor parte de los sanjuaninos terminó siendo habitante del cemento...
Y trabajando en el área de servicios, fundamentalmente en la administración pública o la educación.

Usted dirá ¨esto es lo que ha ocurrido en todos los países en la medida que los conocimientos y servicios suplantaban a las producciones primarias”.
Es cierto.
Pero el caso de San Juan es diferente porque fue el Estado el que propició el despoblamiento de los oasis que circundan nuestro valle. Fuimos despoblando nuestras fronteras.
Veamos un poco las cifras.

Departamentos como Jáchal, que en 1914 concentraba el 11% de la población provincial, según el Censo Nacional 2.010 sólo reunía 3,2 por ciento...
Entre Jáchal, Calingasta, Iglesia y Valle Fértil, las zonas geográficamente más aisladas, representan el 71% de la superficie provincial pero sólo el 6,7% de la población total. En 1947, tenían el 12,7 por ciento.
En Iglesia viven 0,4 habitantes por kilómetros cuadrados lo mismo que en Calingasta. En Capital, en cambio, nos apiñamos 4 mil personas en cada kilómetro cuadrado, en Chimbas 1.200, en Santa Lucía mil.

Esta distribución poblacional desproporcionada, la fuimos creando de a poco. La fue creando un Estado provincial que hizo todas las obras en la ciudad, que se transformó en dador de trabajo para empleados de escritorio, acá en el centro; que centralizó todos los servicios.
Y como acá estaba la gente, acá se fueron concentrando las escuelas, las universidades, los automóviles, las viviendas, los comercios, los servicios.
Mientras, hablábamos de federalismo y decíamos que Buenos Aires es un pulpo que todo lo absorbe.

Así fuimos construyendo un San Juan muy particular.
Un centro donde se concentra toda la vida institucional, judicial, legislativa, bancaria, universitaria y comercial.
Y una periferia con barrios inmensos, de casitas todas iguales, chatas y lejanas a los servicios institucionales.
>Surgieron “barrios ciudades” como el Aramburu, con sus 1.256 viviendas entre casas y departamentos, donde viven más de 7 mil personas en una superficie de 45 hectáreas antes ocupada por una finca.
>No muy lejos de allí se levantó el Barrio Parque Rivadavia Norte con sus 975 viviendas.
> La Villa Hipódromo, que arrancó a paso lento allá por 1945 con viviendas de adobe, bajitas, muy precarias, distanciadas entre sí y en medio de la nada sin árboles ni agua, hoy alberga en situación a veces muy precaria más de 3.200 personas.
>El Barrio San Martín, que nació como barrio CGT con 768 departamentos de puro hormigón elaborado y amplísimos 98 metros cuadrados, es uno de los pocos que se edificó en altura y está habitado por 3500 personas.
Citamos sólo algunos pero son centenares los barrios que fueron surgiendo en la perisferia.

Este proceso fue creando una serie de problemas que cada día se agudizan. Por ejemplo, el del transporte.
La gente debe movilizarse cada día para trabajar, comprar, hacer trámites, estudiar, pagar o cobrar.
Para todo debe venir al centro.
Es así como el transporte se ha transformado en indispensable.
Ya no sabemos donde estacionar más autos en la zona céntrica, centenares de remises truchos circulan sin mayores controles y los ómnibus viajan atestados de pasajeros en las horas picos y vacios el resto del día.
Esta ciudad deformada, absurda, burocrática, improductiva, la fuimos conformando durante muchos años.

Las cosas, afortunadamente, están cambiando.
Hemos comenzado a comprender que sólo la integración territorial, el desarrollo equilibrado, el crecimiento productivo, nos darán una provincia.
Que el resurgimiento del interior vendrá de la mano del desarrollo minero, los emprendimientos agrícolas, el desarrollo turístico, los nuevos diques, los parques industriales.

Paralelamente se ha producido otro fenómeno que ha tenido resultados muy positivos: aquel hombre que vivía rudimentariamente en una finca aislada y lejana a los centros poblados, hoy puede contar con servicio telefónico, televisión, luz eléctrica, gas natural o envasado.
Y junto con esos servicios llega también internet con sus posibilidades en materia de educación, información, música, películas, centenares y miles de radios, diarios y canales televisivos.

Tdo esto va a cambiar en pocos años el mapa poblacional de la provincia. Naturalmente, estos avances deben ser acompañados por políticas que contribuyan a acelerar ese proceso. No podemos seguir concentrando los servicios públicos en el centro de la Capital sanjuanina. No podemos continuar sin criterios claros en materia de planificación, con lugares de gran concentración sin estacionamientos, con casinos vecinos de escuelas y estaciones de servicio, con líneas de ómnibus que entran al microcentro generando un caos en el tránsito, con el ulular permanente de sirenas porque tanto los servicios de ambulancia como los patrulleros policiales y los bomberos tienen su sede en el mismo centro. No tiene sentido continuar construyendo barrios con viviendas unifamiliares en las zonas más pobladas, con especuladores que mantienen terrenos baldíos que pagan pocos impuestos mientras la gente debe construir lejos del centro. El mismo Estado que hizo este San Juan megacefálico debe ahora transformarlo, descentralizarlo, armonizarlo. En una palabra: comenzar a planificar en serio, antes que sea demasiado tarde.