Artículo publicado en El Nuevo Diario en marzo de 2012 en la sección La Ventana plus

Desde hace muchos años Zúrich encabeza la lista de ciudades con mejor calidad de vida en el mundo, tras un estudio realizado por la Consultoría en Recursos Humanos Mercer. Para determinar el ranking, la consultora se basa en factores políticos, económicos, ambientales, de seguridad, salud, educación, transportes y servicios públicos en los que evalúa a 215 ciudades de todo el globo. Para que nos ubiquemos: Zurich es la principal ciudad de Suiza, con una población de 376.815 habitantes. Agreguemos que es el motor financiero (en Zúrich se encuentra la banca internacional) y centro cultural del país.

Les cuento que estuve en Zurich a fines de los 70, como enviado de Clarín por una nota periodística. Y la ciudad me impactó. Me maravilló como habían podido combinar el casco antiguo con la ciudad moderna; los maravillosos servicios públicos con las tiendas de lujos y los modernos edificios de los grandes bancos y las empresas de alta tecnología. Pero lo que más me maravilló no fueron los edificios sino la responsabilidad ciudadana de la gente. A nadie se le ocurriría tirar el mínimo papel o una colilla de cigarrillo en el piso o cruzar la calle en sitios no permitidos o circular a velocidades mayores a las permitidas o estacionar en un lugar prohibido. Nadie pero absolutamente nadie, pensaría que un estúpido jovencito podría escribir un graffiti en las pulcras paredes de la ciudad o en el mobiliario urbano. Y bien señores. Una ciudad la conforman muchas cosas. Digámoslo en términos concretos: San Juan ha dado un gran salto como ciudad en los últimos años.
 A pesar de ser una ciudad relativamente pequeña posee un auditorio importante, un estadio moderno, el autódromo, el Centro Cívico, avenidas parquizadas, un moderno hospital, un museo de Bellas Artes de alto nivel, sala de convenciones, una aceptable hotelería. Pero San Juan, mis amigos, nunca podría figurar entre las 215 ciudades de mejor calidad de vida ranqueadas internacionalmente. Y no podría figurar por nosotros, los residentes de este suelo.
Digámoslo con todas las letras: carecemos de cultura urbana. Igual que construimos un Centro Cívico supermoderno, no nos preocupa que las empresas de servicios hayan destrozado nuestras veredas, otrora nuestro orgullo, rompiéndolas continuamente y colocando baldosas de distinta forma y color. Igual que nos enorgullecemos del Museo de Bellas Artes, cerramos los ojos ante miles de perros que pululan por la ciudad, ante manteros y vendedores ambulantes que vuelven a adueñarse del centro, ante patotas de cuidacoches que ya cobran 15 y 20 pesos por dejarnos estacionar en las cercanías de un espectáculo artístico o deportivo. Se nos llena la boca hablando del exquisito sonido del Auditorio pero nos parece normal que una pareja y tres chicos viajen sin casco en una moto, que los autos invadan las sendas peatonales, que el peatón cruce a mitad de cuadra, o que las veredas sean depósito de basuras. Queremos que todos conozcan nuestro flamante estadio del Bicentenario pero nadie piensa en castigar a los vándalos urbanos que rompen farolas y juegos en las plazas, roban y causan destrozos en las escuelas, pintan graffitis en las paredes, incendian o se roban las plantas de la Avenida de Circunvalación. Creemos ser una ciudad de avanzada porque ponemos en marcha el control vehicular –lo que es plausible- o porque verificamos el color de los cristales del auto o que todos viajen con cinturón de seguridad pero al mismo tiempo ni siquiera nos enteramos que hay gente que viaja parada en ómnibus que duplican la capacidad de pasajeros permitida, que hay camiones de carga que entran al microcentro cuando les viene en gana, que hay inmensos camiones mineros en las rutas sin que nadie controle pesos y medidas, como lo exige la ley nacional de Tránsito. La prueba está en el pavimento destrozado en la zona de Iglesia.

 Podríamos seguir hasta el infinito. Hablar de los motochorros –algunos muy conocidos por la policía con 20 o 30 detenciones– pero ignorados por la justicia. O de los adictos que tratan de hacer nuevos niños adictos para venderles drogas en las escuelas, provistas por peces gordos que gozan de total impunidad. Todo esto hace a la calidad de vida de una ciudad. Hace a nuestra calidad de vida. La calidad de vida de un lugar –repitámoslo-, no se mide sólo en edificios. Es fundamental la educación de la gente que la habita. Y tenemos que aceptarlo: somos un pueblo urbanamente inculto. Un gran sector de la población –por ignorancia o indolencia- no respeta las normas básicas de convivencia. Y mientras un pequeño sector se amarga ante estas situaciones, otros cierran los ojos y algunos dejan pasar por vocación demagógica. Sería espectacular que un día un intendente anunciara: —Vecinos, este año lo dedicaremos a educarnos. A partir de este momento habrá cero tolerancia en el tránsito, en la rotura de veredas, en aceptar actos de vandalismos, en respetar las sendas peatonales, en colaborar con la limpieza de las calles en… Esa sería la mayor de todas las obras: una ciudad segura, ordenada, limpia y con una pizca de alegría. Y si quiere traducirlo a términos económicos le digo más: puede estar seguro que educar es mucho más barato que vivir reparando o lamentando nuestra falta de cultura ciudadana.