Artículo de Juan Carlos Bataller. Publicado en El Nuevo Diario, edición 1517 del 6 de marzo de 2012
Mi tío Francisco lloraba y yo, un niño de 7 años, estaba realmente
impresionado. Nunca había visto llorar a un hombre. Menos aún a mi tío, un
rustico aragonés que a los 14 años dejó su aldea natal y se fue a trabajar en
una mina de carbón en Francia. Supo de soledades, de esforzados trabajos, de
idiomas ajenos hasta que en algún momento decidió dejar aquella Europa
empobrecida y subirse a un barco. Francisco, joven, casi niño, vendría a la
Argentina, más concretamente a San Juan. Comenzó trabajando en una fábrica de
caramelos en Trinidad, donde un día se quemaría con aquella mezcla hirviendo y
recibiría heridas que quedaría por siempre en uno de sus brazos. Luego entró en
el Banco Español, donde se jubiló. Jamás volvió a España.
Pero aquella tarde,
mi tío lloraba.
Y ese fue uno de los
recuerdos que marcaron mi niñez.
Angustiado, pregunté
a mi tía:
—¿Por qué
llora?
—Porque ha muerto su
madre.
—¿Hoy?
—No, fue hace tres
meses. Pero hoy le llegó una carta desde España donde le
informaban.
Era muy difícil para
un niño de 7 años entender que uno podía enterarse de la muerte de la madre tres
meses después de ocurrido.
Pero la historia,
vista a la distancia, con los ojos del hombre que está de regreso, explica mejor
que mil palabras la historia de una generación de inmigrantes que llegó a San
Juan en los años 20.
Las historias de
inmigrantes me fascinan.
Tienen mucho de
epopeya personal, de elecciones en encrucijadas extremas a las que nos enfrenta
la vida, de saltos a un vacio sin saber adónde iremos a
caer.
Y esa es la primera
gran diferencia con este mundo previsible, donde la información está al alcance
de la mano en cualquier lugar del planeta.
Pero no es lo único
que alimenta mi asombro. Algo que llama poderosamente mi atención es la edad de
los protagonistas de esas historias.
Pensar hoy que un
niño de 14 años pueda dejar su casa e ir a trabajar en una mina de carbón en un
país extraño, suena como una aventura digna de ser
novelada.
No sólo por el valor
de ese niño sino también por la resignación de los padres a esa
partida.
Pero hay otro
elemento que alimenta mi imaginación: los cambios que en un siglo ha vivido la
humanidad.
Piense
usted:
Hace un siglo tanto
el segar el trigo como la cosecha de uva y la elaboración del vino se hacían de
la misma forma como lo hacían los griegos y los romanos.
Hace un siglo
acababan de llegar a San Juan inventos que iban a modificar la vida de la gente,
como la electricidad, el automóvil, la telefonía por
hilos.
Hace un siglo, la
leña era el principal combustible para cocinar, como lo había sido durante el
esplendor de Babilonia, en el antiguo Egipto o en el imperio
otomano.
En una palabra: un
hombre que naciera al final de los años 20 y viva hoy, habrá sido partícipe de
dos civilizaciones, con pocos puntos de contacto entre sí.
Es por eso quizás,
que me seducen las historias de inmigrantes. Son la puerta de entrada a una
civilización tan distante y maravillosa de conocer como lo podría ser una visita
guiada por el imperio incaico o la
Florencia medieval.
el día que su hijo dejó la aldea.
Hoy, cuando a través
de Internet podemos conversar y vernos con un hermano que vive en España o con
el sobrino que busca su destino como profesional en una mina de oro de Mongolia,
pensamos que la vida siempre fue así.
Cuando un avión nos
lleva en 12 horas a Europa nos cuesta creer que una carta tardara meses en
llegar desde una aldea española a San
Juan.
Cuando vemos en
directo jugar a Messi en Barcelona o podemos percibir la sensación de un
corredor de fórmula 1 a través de la cámara instalada en un auto que corre a 300
kilómetros por hora, nos parece mentira pensar que mi tío o mi padre fueron a la
escuela montados a caballo o que escucharon por primera vez una radio siendo ya
grandes.
La velocidad de los
cambios llega a abrumar.
Hace 25 años un joven
universitario ni siquiera imaginaba lo que serían Internet, la telefonía
celular, la nanotecnología, lo que pronto llegaría en tecnología
médica…
Seguramente, algún
joven del futuro encontrará esta nota en la red y con el mismo asombro con el
que miraba llorar a mi tío por una carta a destiempo,
dirá:
—Y pensar que cuando
esto se escribió la gente todavía leía lo escrito, en papeles…
Publicado en El Nuevo Diario, edición 1517 del 6 de
marzo de 2012