Artículo de Juan Carlos Bataller. Publicado en El Nuevo Diario, edición 1506 del 11 de septiembre de 1997

Vamos a suponer por un momento que a usted, que lee estas líneas, lo desafía Michael Schumacher a una carrera en el autódromo.
El en su coche Ferrari fórmula 1 y usted en su Renault, su Ford o su Peugeot ciudadano. ¿Aceptaría? Está bien. No acepte si no quiere. ¿Aceptaría, entonces, una pelea con Mike Tyson en un ring de Las Vegas? ¿Se animaría a jugar un partido de tenis contra Peter Sampras o Martina Hingis? ¿Se atrevería a un duelo canoro con Luciano Pavarotti o Plácido Domingo? Es de suponer que todas las respuestas serán un simple y rotundo no.
—¿Por qué —podríamos preguntar— si en todos los casos las reglas serían parejas, el escenario sería el mismo y el juego limpio estaría asegurado?
—Porque ellos han pasado la vida preparándose para ser los mejores del mundo en sus especialidades. Y yo, en esas disciplinas, a lo sumo soy un aficionado —sería la respuesta lógica.

La humanidad está viviendo un proceso que es digno de estudio. Vamos hacia un mundo uno que, como paso previo, alienta la conformación de grandes bloques económicos.
Mientras los países más desarrollados tratan de conformar poderosos bloques, se advierte una fuerza contrapuesta, advertible en la descentralización de las regiones, de las provincias, de los municipios.
Es decir, allá arriba, el mundo uno: todos conectados a través de los satélites, de la economía de escala, de las innovaciones tecnológicas. Acá, en lo inmediato, el proceso de  escentralización: de la salud, de la educación, de los planes de vivienda.

En un mundo de estas características, la pregunta es si todos partimos en un pie de igualdad. ¿Tiene las mismas posibilidades Somalía que Alemania? ¿Puede planificar un mismo futuro
Chaco que Buenos Aires? ¿No hay ya una brecha demasiado grande entre San Juan y Córdoba, entre Valle Fértil y nuestra ciudad? ¿Recibirán en el futuro la misma educación un chico del Barrio Norte que uno de Mogna? ¿Será igual la atención de la salud en la Capital de Córdoba que en Jujuy?
En un mundo uno, de mercado único, de posibilidades de acceso para todos a la tecnología, los estudios, la superespecialización...
¿Será pareja la competencia? ¿Tendrá las mismas posibilidades un chico al que sus padres pueden darle los mejores estudios, buena alimentación, seguridad, que otro que se cría en una favela brasileña o una villa miseria de San Juan o Buenos Aires?

Estas son las grandes preguntas que nos enfrenta el futuro.
Nadie está en contra de la competencia. Todos aceptamos que haya diferencia, premios y castigos.
Pero para que esa competencia exista y sea justa, debe haber igualdad de posibilidades en el punto de partida.
En el país hay un grupo de empresas que se están quedando con todo lo que hasta ahora era patrimonio del estado argentino. ¿Podrán competir las decenas de miles de empresas argentinas que han podido a costa de grandes esfuerzos superar crisis, hiperinflaciones, políticas equivocadas, con esas monstruosas concentraciones edificadas primero bajo el reinado de la patria contratista y luego bajo el imperio del Estado liquidador?

Si el Estado nacional no fija las grandes políticas en materia de desarrollo de la economía, de comercio exterior, de educación, de salud... ¿tendrán las mismas posibilidades las provincias grandes que las chicas?
Si no hay un mínimo de seguridades de que todos nuestros chicos tengan asegurada una buena alimentación, acceso a la educación y cobertura asistencial de la salud... tendrán todos las mismas posibilidades de participar de un mundo competitivo?

El Estado se está desprendiendo de muchas cosas que lo hicieron débil, vulnerable, corrompible, ineficiente. En buena hora que lo haga. De lo que no puede desprenderse es de la fijación de las grandes políticas. Eso sería suicida. Eso sería alentar la desigualdad y negarnos el futuro.
Hay cosas que no podemos pedirle ni entregarle al mercado. Ningún país serio lo hace. Es lo que diferencia a una Nación de un país bananero.
 

Publicado en El Nuevo Diario, edición 1506 del 11 de septiembre de 1997