Artículo de Juan Carlos Bataller. Publicado en El Nuevo Diario, edición 1509 del 5 de marzo de 1998

Sí, se nos dirá: son distintas épocas.
O quizás no.
Quizás, simplemente,
sea gente distinta.
Hace 150 años un sanjuanino planteó una opción: civilización o barbarie.
Y apostó a la educación. Logró que el país apostara a la educación.
Hoy la opción es otra:
conocimientos o miseria.
Y no hay alternativas: el poder pasa por el conocimiento, en esto que ha dado en llamarse la era post industrial.

¿
Cómo era la educación hace 150 años en San Juan?
Antes que nada, ubiquémonos en la época. Y señalemos problemas de muy difícil solución para aquellos años. Por ejemplo:

La situación de la enseñanza no era fácil. Faltaban aulas, muebles, útiles escolares. Cada clase tenía sesenta o más alumnos, muchos de ellos sin pupitre. Hay testimonios de maestros que señalaban que algunos alumnos no tenían ni un simple papel donde escribir.
Ni hablar de libros de textos.

Los locales escolares eran casas alquiladas. Lógicamente, no era fácil conseguir grandes casas en alquiler. Y menos aún que los propietarios quisieran exponerlas a la acción destructora de los niños.

Uno de los graves inconvenientes de la época era la regularidad de la asistencia de los alumnos. Muchas familias se veían en la obligación de distraer a los varones de sus estudios para que se dedicaran a labores más remunerativas. Había además falta de conciencia sobre la necesidad de la educación por lo que los maestros solicitaban frecuentemente el apoyo del gobierno para que instara a los padres a enviar los chicos a la escuela.

En un documento de la época se señala un motivo de ausencia de alumnos por demás pintoresco. El preceptor hace saber al presidente de la Comisión Promotora de la Enseñanza que en repetidas oportunidades, soldados de la guarnición local han merodeado su establecimiento para obligar a los alumnos que poseían cabalgadura a que los ayudasen en el acarreo de la carne para el cuartel. Para sustraer a los hijos de ese menester, muchos padres habían resuelto no enviar a los hijos a la escuela.

A pesar de todos los inconvenientes señaladas encontramos cosas como éstas:

En 1839 el sueldo de un preceptor era de quince pesos mensuales y el de los ayudantes más o menos un tercio de esa cifra.
En 1853 el sueldo del preceptor ya había subido a 30 pesos y a 10 los segundos. Para que tengamos una idea: un preceptor podría comparárselo a un director de escuela de hoy.
Y cobraba aproximadamente un tercio del sueldo del gobernador de la provincia y la mitad de los haberes que percibía un ministro o el  presidente de la Corte de Justicia.

El año lectivo era más extenso que el actual. Comenzaba el primer día de marzo y terminaba con los exámenes que se tomaban en el mes de enero, aunque no había una reglamentación propicia. Las clases comenzaban a las 7 de la mañana y se extendían hasta la una o dos de la tarde.

Los exámenes revestían el carácter de un acto público, de gran solemnidad y trascendencia.
Era usual la presencia del gobernador, el obispo, el supremo juez de Alzada y otros funcionarios importantes.También concurrían los padres de los alumnos y todo aquel que se interesara en la materia.

La comisión examinadora era designada por el gobernador con acuerdo de la Comisión Promotora de la Enseñanza y los nombramientos, lógicamente, recaían en las personas más ilustradas del ambiente: Guillermo Rawson, el obispo Quiroga Sarmiento, Juan José Videla Lima, Domingo Soriano Sarmiento, Antonio Lloveras, Saturnino Albarracín, Antonio Durán, Nicasio Marín, etc.

La tarea de la comisión examinadora no era fácil. Pues además de ser honorífica comenzaba a las cuatro de la tarde y se desarrollaba a fines de enero y principios de febrero. Al terminar el acto, la comisión redactaba un informe donde constaba las felicitaciones a los maestros si el resultado era halagüeño y consignaba el nombre de los alumnos que habían recibido premios por su aplicación al estudio. Esta nómina se publicaba oficialmente pues constituía “un beneficioso estímulo a la vez que un estimable ejemplo para la juventud”.


Sí, por aquellos años la opción era civilización o barbarie.Y se apostó a la civilización, enfrentando a la barbarie.
Hoy la opción es
conocimientos o miseria.
¿Haremos la apuesta correcta?

Publicado el 5 de marzo de 1998

Fuente: El Nuevo Diario - Edición 1509