Mi amigo José María vive en Valladolid, una ciudad de 320 mil habitantes situada en el noroeste de España, capital de la provincia y sede de las Cortes y la Junta de la comunidad autónoma de Castilla y León.
Aunque existen indicios de asentamientos pertenecientes al Paleolítico inferior, Valladolid no tuvo una población estable hasta la Edad Media. Durante la repoblación de la Meseta, Alfonso VI encargó al conde Pedro Ansúrez su poblamiento, otorgándole el señorío de la misma en 1072. A partir de esta fecha se inicia el crecimiento de Valladolid, dotándosela de distintas instituciones. Esto le permitió convertirse en sede de la Corte castellana, y posteriormente, entre 1601 y 1606, en capital del Imperio Español, hasta que la capitalidad pasó definitivamente a Madrid. A partir de entonces se inicia un periodo de decadencia que sólo se salvará con la llegada del ferrocarril, en el siglo XIX, y con la industrialización de la ciudad, ya en el siglo XX.
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Desde hace poco menos de veinte años, la vida cambió para José María y todos los habitantes de Valladolid. Ocurre que el 22 de diciembre de 2007 se inauguró la línea de Alta Velocidad que une la estación de Campo Grande con Madrid en cincuenta y seis minutos, a velocidades de 300 km/h.
Para que los trenes de alta velocidad pudieran circular entre Madrid y Valladolid fue necesario construir el túnel del Guadarrama, un túnel ferroviario, formado por dos tubos paralelos de 9,5 metros de diámetro y separados entre si 30 metros.
Lo realmente espectacular es que el túnel tiene 28,4 kilómetros de longitud. Es el túnel más largo construido en España, el cuarto más largo de Eu ropa y el quinto de todo el mundo. Iniciado a finales del año 2002, en su construcción han llegado a trabajar más de 4.000 personas simultáneamente y las máquinas tuneladoras han extraído 4 millones de metros cúbicos de roca.
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El túnel es una de las mayores obras de ingeniería civil que se ha llevado a cabo en España. Costó 1.300 millones de euros. Dispone de galerías de emergencia uniendo ambos corredores cada 250 metros, una gran estancia autónoma con cabida para 1.200 personas para su uso en caso de emergencia y se han instalado ventiladores reversibles que puedan inyectar aire si ocurriese un incendio. El diseño se ha realizado para que los trenes que lo recorran puedan alcanzar altas velocidades sin comprometer con ello la infraestructura.
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El tren rápido permitió una disminución de la distancia de recorrido entre Madrid y Valladolid en 68,5 kilómetros.
Tanto el trazado como su construcción dio lugar a muchos debates entre quienes defendían el progreso y quienes priorizaban el paisaje. Estos últimos sostenían que el trazado alteraba significativamente el paisaje. Pero los debates terminaron y el tren está en funcionamiento.
¿Qué ha significado para Valladolid? En primer lugar un gran impacto económico. Aumentó el turismo, la ciudad mejoró su infraestructura hotelera, surgieron restaurantes. Cientos de madrileños aprovechan el fin de semana para comer los famosos “lechales”, los exquisitos corderos mamones que son una especialidad de Valladolid. O para detenerse en Segovia donde el “cochinillo crocante”–un lechoncito que puede cortarse con un plato- es un manjar sumamente apetecido.
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Pero la vida cambió en otros sentidos. Por ejemplo, docentes que dictan clases en la Universidad Complutense tres veces por semana. Antes debía permanecer toda la semana en Madrid. Ahora viaja en el tren, dan clases y vuelven cada día. Hay empresarios que abrieron sus negocios, profesionales que realizan proyectos, operarios que trabajan tanto en una como en otra ciudad.
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Hace algún tiempo viajé en uno de esos trenes. Y mi imaginación volaba a San Juan. Y pensaba: La distancia entre San Juan y Mendoza es de 160 kilómetros, sobre un terreno sin mayores alteraciones.
Un tren de alta velocidad podría cubrir el trayecto en 35 minutos.
Si existiera un tren así, inmediatamente los 800 mil sanjuaninos tendríamos a nuestro alcance un aeropuerto con diez vuelos diarios, cinco universidades más, uno de los mejores sistemas sanitarios del país, un mercado tres veces más grande que el nuestro.
Y los 2 millones de mendocinos podrían tener sus negocios allá pero vivir sin tanto miedo por la inseguridad en una ciudad como la nuestra. Habría una verdadera integración entre las ciudades. Se integrarían la educación, las diversiones, el turismo, el comercio. Unir a San Juan y Mendoza en uno u otro sentido demoraría tanto como lo que hoy se tarda en ir a Caucete.
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En estas cosas pensaba mientras el tren que funciona siempre a horario, con aire acondicionado, en forma silenciosa, se desplazaba por los campos cercanos a Madrid.
El anuncio de la llegada me sacó de mis pensamientos. Mi mente dejó de estar en San Juan y volvió a la realidad de Europa.
Sentí una mezcla de impotencia y bronca, hacia quienes han conducido el país en las últimas décadas. Pero mucho más a quienes nos dicen que han “eliminado el déficit”, como si el déficit sólo se midiera en cuentas fiscales, en números, en pesos o dólares.
Y acá estamos, con “números que cierran” pero sin trenes ni autopistas ni tan siquiera rutas en buen estado,
Mi último recuerdo fue para los argentinos mal paridos que eliminaron el ferrocarril hace 33 años y en nombre de “la eficiencia” no sólo levantaron los trenes sino que permitieron que se destruyeran las vías, se diera otro destino a estaciones que llegaban hasta el centro de la ciudad y -lo más grave- eliminaron lo que sin duda es el transporte del futuro tanto para viajeros como para cargas.
Fuente:
Publicado en El Nuevo
Diario, edición 2191 del 10 de mayo de 2026