El primer teniente gobernador sanjuanino fue derrocado por una falsa versión que se transformó en un caso de psicosis colectiva. Un trabajo preparado por Juan Carlos Bataller. Dibujos: Miguel Camporro. Retrato; Santiago Paredes
Este trabajo es un fragmento del artículo publicado por Bataller en su libro Revoluciones y Crímenes políticos en San Juan editado en el año 2.000.
Los sanjuaninos tenemos algunas particularidades que nos hacen muy especiales.
Siempre hablamos de la hospitalidad sanjuanina pero hay formas de actuar que nos vienen desde muy lejos.
Un ejemplo de lo que decimos lo tuvimos con el primer gobierno patrio.
La patria estaba naciendo y el 29 de enero de 1812, el Triunvirato resolvió la eliminación de las juntas provinciales y subordinarias. Serían reemplazadas por un nuevo sistema de gobierno. En adelante, se designarían gobernadores y tenientes gobernadores.
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San Juan era parte de la provincia de Cuyo, dependiente de Córdoba. Por lo tanto le correspondía una tenencia de gobernación.
La noticia llegó a la provincia en los primeros días del año 1.812. Saturnino Sarassa había sido designado primer teniente gobernador de San Juan.
-¿Quién diablos es este Sarassa?-, preguntaba la gente en la calle.

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En aquellos años no había diarios, radios ni canales de televisión. Tampoco se podía recurrir a Internet.
Por lo que aquellos lejanos abuelos no tuvieron más remedio que recurrir al testimonio de algunos viajeros.
Los arrieros eran los hombres que traían las noticias. Y las desparramaban en las corridas de toros que por aquellos años se realizaban en nuestra Plaza Mayor, hoy 25 de Mayo.
-Se sabe que nació en Buenos Aires el 9 de agosto de 1760, siendo sus padres, Javier Saturnino de Saraza Mador y Juana Josefa de Tirado y Castro. Fue bautizado con los nombres de Saturnino José Lorenzo-, decían.
-¿Tiene estudios?
-Nada se sabe sobre su primera juventud. Se supone que recibió una esmerada educación, dedicándose al comercio, pues en 1794 figuró como vocal del Real Consulado del Comercio en Buenos Aires.
-¿Cuándo se hizo militar?
-Su carrera militar empezó con motivo de la Reconquista de Buenos Aires. En esa oportunidad mereció que se le extendiesen despachos de teniente de la 7ª Compañía del 1er Batallón de la “Legión de Patricios” el 8 de octubre de 1806. Con ese grado asistió al malogrado combate de los Corrales de Miserere, el 2 de julio de 1807, y a los ataques que se sucedieron en los días subsiguientes. Fue especialmente señalado por el valor con que atacó con su compañía a las fuerzas enemigas que se dirigían a apoderarse del convento de Santo Domingo.–
-Pero ¿cómo es el tipo?
-Es un hombre maduro, tiene 51 años y es viudo. Entró en el Ejército – donde tiene el grado de teniente coronel-, en la guerra para expulsar a los ingleses de Buenos Aires, en 1.806.
-¿Es verdad que es viudo?
-El hombre se había casado el 5 de abril de 1790 con María de Herrero, porteña, hija de José de Herrero y San Martín y Juana de Cosio Terán quien falleció muy joven.
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En el cabildo local la noticia de la designación de Sarassa cayó muy mal.
-¿Por qué no podemos elegir nosotros a nuestro gobernador? ¿Qué sabe este Sarassa de San Juan?
Pero ya era imposible parar la designación.
El 7 de febrero de 1812 se completaron los trámites con el nombramiento formal y ante el hecho consumado, los sanjuaninos actuaron como siempre lo harían cada vez que un nuevo gobierno se hiciera cargo del poder.
“El pueblo sanjuanino recibe a don Saturnino Sarassa con el mayor aplauso y regocijo de todo el vecindario”, consignó el comunicado oficial.
Pero detrás de las palmadas y las sonrisas… ¡se les veían los dientes…!
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Pero volvamos a nuestro primer teniente gobernador.
Sarassa asumió condicionado por dos grandes problemas. En el plano nacional, el viraje que significó el Triunvirato contra la anterior política de la Junta Grande. Y en el plano local las tradicionales peleas entre “beatos” y “marranos” y la presencia en cada uno de esos grupos de partidarios del centralismo y del provincialismo.
A eso debía sumarse que sólo unas pocas familias contaban en la provincia y que parentescos o intereses contribuían a la formación de grupos.
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En toda historia y aunque todos coincidan en sus objetivos, unos juegan de amigos y otros de opositores.
¿Por qué iba a ser distinto en este caso?
Los marranos pronto buscaron un acercamiento. En ese grupo estaban José Ignacio de la Roza, Aberastain y Godoy. Decidieron enviar al nuevo teniente gobernador un oficio señalándole “la dulce complacencia que a los firmantes le producía el arribo del teniente gobernador don Saturnino Sarassa y dan gracias por la buena elección de este jefe”.
Como siempre ocurre, hasta algún beato despistado firmó el oficio.
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Para colmo de males, un joven abogado estaba dispuesto a iniciar su carrera política sin reparar en medios. Francisco Narciso de Laprida, alcalde de primer voto del cabildo, apuntó sus dardos contra Sarassa con un argumento bien demagógico:
-Sarassa se ha entregado a la administración anterior. No es un patriota sino que pretende que volvamos a depender del rey de España-, afirmaba en las pocas fondas existentes en aquella aldea chata y sin árboles, el futuro presidente del Congreso de Tucumán.
La lucha por el poder ya estaba instalada.
Y atrás de esa lucha había intereses concretos. Uno de ellos era -siempre fue así-, el económico.
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Una de las causas por las que Saturnino Sarassa no logró ganarse a los sanjuaninos fue por las contribuciones patrióticas forzosas que debieron hacerse para el mantenimiento de tropas que reclamaba Buenos Aires.
Porque no nos engañemos. Para los patriotas porteños, era clave tener gobernantes amigos si pretendían financiar la revolución.
La contribución patriótica de noviembre 1813, la sexta durante la administración de Sarassa, estableció un aporte para San Juan de 30 mil pesos.
Lógicamente, todos pusieron el grito en el cielo.
-¿De dónde vamos a sacar esa suma?-, se preguntaban.
Aquellos patriotas eran insaciables cuando de reunir fondos para liberar a la patria se trataba.
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Es así como en San Juan se hizo una lista en las que se incluyó a todo ser que caminara erguido sobre sus pies. Así cayeron desde funcionarios a viudas desconsoladas; desde comerciantes enriquecidos a religiosos sin fortuna.
Al clero, precisamente, se le fijó un aporte de 1800 pesos.que finalmente canjearon por 315 pesos y algunas misas.
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La tirantés entre el Cabildo y el teniente gobernador llegaron a un grado extremo a mediados de 1813.
Las relaciones eran tan absurdamente enfrentadas que hasta los más medulosos historiadores han optado por un prudente silencio sobre esta etapa, caracterizada por las bajezas y la pasión demostrada por varios futuros próceres sanjuaninos.
Ya la situación no daba para más.
Pero… ¿Cómo destituirlo a Sarassa?
En aquella pequeña aldea de poco más de tres mil almas donde no más de cincuenta familias contaban, no hacía falta medios de difusión. Los rumores corrían demasiado rápido. Y este rumor tenía fuerza:
-Está en marcha una conspiración de los españoles.

Un caso de psicosis colectiva
El historiador Horacio Videla recuerda que la historia registra casos de psicosis colectiva como el que vivió San Juan en aquellos días. Y cita la conspiración de la pólvora en Inglaterra, con una noche de San Bartolomé para los católicos; el telegrama de Ems de Bismark que encendió la guerra franco-prusiano, la condena dictada contra el periódico El Restaurador de las leyes que provocó la caída del gobierno de Balcarce.
San Juan vivió su guerra psicológica: la “conjura de los españoles” en Cuyo, en 1813.
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Rumores similares circularon en Mendoza. Pero no tomaron la dimensión de San Juan, donde se salió a la caza de los conjurados.
Nada se pudo probar pero el Cabildo no podía quedarse de brazos cruzados ante tamañas versiones. Y como siempre hay un culpable, se decidió expulsar a 40 españoles solteros, sin radicación definitiva, que por aquellos días transitaban por nuestra aldea.
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La mecha estaba encendida.
Y alguien tenía que pagar los platos rotos.
¡Quien otro que el bueno de Sarassa!
El 30 de septiembre, el Cabildo, alegando “la indiferencia criminal con que Sarassa parece mirar el peligro realista, sin tomar providencias para conjurarlo”, destacó una representación del vecindario con un considerable número de firmas, exigiendo su renuncia.
Sarassa no entendía lo que pasaba.
-¿De dónde han sacado estos locos que hay una conspiración?-, se preguntaba.
No tuvo mucho tiempo para darse respuestas. Los más exaltados ya pedían su cabeza.
-¡Hay que fusilarlo!
El pobre viudo descubrió que había perdido el poder y sólo atinó a huir, refugiándose en Mendoza, en medio de un coro de voces que, amenazantes, reclamaban su muerte. Igual que había ocurrido meses antes cuando llegó, las campanas de la ciudad alzaron a vuelo, esta vez festejando la caída del gobierno.
El exilio en Mendoza
Desde su exilio en Mendoza, Sarassa logró la designación de un juez comisionado para deslindar responsabilidades.
De este modo la provincia tuvo su primer interventor nacional.
La elección recayó en el doctor José María García quien instruyó un sumario.
En ese sumario consta la declaración de Sarassa en la que afirma que “en vano trató de disuadir a sus adversarios el errado concepto que tenían sobre su persona”.
Afirmó que ”era el más
Digamos que los autores e instigadores del movimiento fueron arrestados. Entre ellos Francisco Narciso Laprida que según un comunicado del comisionado García fechado el 20 de diciembre, fue “uno de los individuos comprometidos en el movimiento del 30 de setiembre pasado quien, burlando el 14 de diciembre el celo de los centinelas ha fugado de San Juan creyéndose va en viaje a Buenos Aires”. El 14 de enero de 1814 se cerró la causa instruida, con una condena contra los autores y demás implicados como “perturbadores del orden y la tranquilidad pública”.
Quiénes eran los sanjuaninos
Saturnino Sarassa se encontró al frente de una provincia en la que vivían 3.591 personas en la ciudad y otras 9.388 en la campaña.
De los que vivían en la ciudad, 1.558 eran americanos (criollos y mestizos); 40 españoles, 17 extranjeros, 500 indios, 1.409 negros y 67 religiosos.
En la campaña, en cambio, residían 2.882 americanos, 25 españoles, 24 extranjeros, 5.299 indios, y 1.268 negros.
Según ese censo, de los 1.409 negros que vivían en la ciudad, 230 eran libres y 1.179 esclavos. De los 1.268 que habitaban la zona
El final de la historia
¿Cómo terminó la historia?
Digamos que Saturnino Sarassa fue repuesto en el mes de enero por el gobierno superior.
Pero ya nada quería saber con esta provincia.
A los pocos días renunció y dio por terminada su carrera política. Dicen que ni siquiera cobró el sueldo de 800 pesos anuales que se le había fijado. Tampoco aceptó ser nombrado teniente gobernador en La Rioja
Pero no hay mal que por bien no venga.
Durante su exilio en Mendoza, el viudo militar y desafortunado primer teniente gobernador de San Juan, entró a noviar con una joven de aquella provincia, María Felipa Moyano. Y ese mismo año 1813, se casó en segundas nupcias.
Sintiéndose enfermo, atacado por una ciática crónica adquirida en la campaña del Paraguay, el 8 de agosto de 1814, a su requerimiento, el general San Martín le concedió la cédula de retiro a inválidos con una módica pensión.
Laprida, por su parte, siguió con su ascendente carrera política que lo llevaría a presidir el Congreso de Tucumán.
Por su parte, marranos y beatos, continuaron gastando energía en conspiraciones, derrocamientos, y estupideces.
Pero por encima de las anécdotas, había quedado expuesta en forma por demás contundente una de las características del sanjuanino: al poder no se lo combate detrás de una idea, por más patriótica que ésta sea. Se lo palmea mientras se lo va condicionando, hasta que se cocina en su propia salsa.
Ver el libro “Revoluciones y Crímenes políticos en San Juan” de Juan Carlos Bataller





