Ilustración de Miguel Camporro

Hace 43 años volvía la democracia en nuestro país.
Era una Argentina distinta y se vivía una política distinta. Un tiempo que quien no lo ha vivido quizás no llegue a comprenderlo en su magnitud.
Veníamos de una larga noche.
Eramos los hijos del 68, del mayo francés, del Cordobazo, del “proceso”, de la vocación coral que embargó a una generación que no conocía de bunkers ni empresas especializadas en pintar paredes y pegar carteles.
Aunque cada noche podíamos agarranos a trompadas defendiendo la leyenda que acabábamos de pintar en una pared, habíamos aprendido a respetarnos, cada uno con su ideología.
Al final de cuentas, todos éramos sobrevivientes y cada uno recitaba de memoria sus marchas, su doctrina y sus consignas.

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Eramos tan jóvenes políticamente, tan ingenuos, que creíamos que con nuestras ideas, nuestros candidatos y nuestra militancia, estábamos destinados a triunfar.
Lo aclaro: todo era intuición.
Aun no aparecían los encuestadores con sus errores y aciertos.
Ni los asesores de marketing político.
Nuestro optimismo se basaba en los saludos que recibíamos en las calles, los abrazos, las llamadas telefónicas, las entrevistas en los medios de difusión, la cantidad de gente que pasaba a recoger la boleta de nuestros candidatos..
¡Estábamos tan convencidos del triunfo que poco faltaba para que comenzáramos a designar el gabinete!

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De pronto se puso de moda una expresión compuesta por dos palabras: opinión pública.
Y acá comenzó a funcionar un monstruo de mil cabeza al que llamamos opinión pública.
Hace un siglo, la opinión pública se sustentaba en el rumor. Era un mundo en el que una gran mayoría no sabía leer, y eso daba verosimilitud a las voces que llegaban de afuera.
-¿Qué se dice en Buenos Aires? -, era la primera pregunta al viajero que regresaba.
Hoy sería absurda la pregunta con un mundo super conectado.

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Pero, sigamos.
¿Cómo se origina la opinión pública?
Por lo visto, continuamos sin saber leer, y las confirmaciones son más importantes que las informaciones.
Hoy, “la opinión pública” se sustenta sobre la verdad estadística, esa que hace que las cosas sean ciertas no por la verdad, sino por el número de personas que creen una falsedad.
Las voces ya no provienen de los viajeros ni de las tertulias en las plazas sino de las estupideces que se hablan en los programas de la televisión porteña a las 3 de la tarde y los infundios que se cuelgan de internet, protegidos siempre por el anonimato y el camuflaje.

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Lo que antes era la pintada clandestina sobre los muros, ahora es la invectiva escrita en cualquier blog con el fin de destruir a un semejante sin necesidad de argumentar, ni mucho menos de arriesgar.
Internet, se dice. “es una alternativa saludable al poder político”.
Pero no es necesariamente una alternativa democrática, porque siempre es susceptible de manipulación interesada. Y una prueba de ello son los apoyos que reciben quienes detectan algún poder, sea este nacional o provincial.

Según investigaciones, hay “consultores políticos” provinciales que llegan a facturar dos millones de dólares por año… que por supuesto, pagan las provincia.


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Si no lo cree, hay investigaciones de medios serios que detectaron en Instagram perfiles que sospechosamente hablan a favor de 23 de los 24 gobernadores. Esa misma investigación detectó a 15 de ellos en X.
No está claro cómo se financia esta práctica, pero el informe dice que en “al menos en 9 provincias se paga a consultoras que realizan campañas digitales sin que se pueda acceder públicamente al detalle”.
Especialistas consultados explican cómo esta práctica favorece la manipulación política y distorsiona la democracia.
Son cuentas generalmente sin foto de perfil ni biografía que tienen como única actividad responder a publicaciones del gobernante (o candidato) de turno.

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Esa presión nace de la pantalla y se instala en el torpe orden de valores de los ciudadanos que no desean informarse.
-¿Es de los nuestros o del enemigo? -, pregunta la señora antes de dar un like sin siquiera entender lo que dice.
-No se como se tomará lo que he dicho- suele comentar en voz baja algún colega preocupado por caer bajo la catarata de críticas clonadas desde un bunker desconocido.

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En una sociedad maniquea que no admite medias tintas, ni mucho menos dudas, la verdad se mide por la suma de mensajes. Se está generando una nueva Iglesia, y ya se sabe que fuera de la Iglesia no hay salvación.
Pensar distinto de lo que toca nunca ha estado bien visto por los defensores de la tierra.
Y así se está construyendo, mis amigos, lo que llamamos opinión pública.

Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición 2184 del 21 de marzo de 2026