Un trabajo preparado por Juan Carlos Bataller - Con el aporte de datos proporcionados por Inteligencia artificial.
Antes de pensar que nos hemos vuelto místicos que pretenden hablar de religión, gaste unos minutos de su tiempo para leer esta nota que, de alguna forma, abarca un tema donde el protagonista que pone el cuerpo es cada uno de nosotros.
Veamos.
Cada generación tiene su paradigma
En los años 60 y 70, fue la conquista del espacio.
Los niños de aquella época, maravillados por las novelas de Julio Verne, de pronto nos encontramos de frente con la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Comenzamos a soñar, cuando estrenábamos los 10 años, con la llegada del primer hombre a la luna
–Ustedes van a verlo-, recuerdo que decía mi padre.
Los tiempos se aceleraron y mi padre llegó a verlo.
El sputnick ruso nos demostró que ya estábamos en camino. Pero la apoteosis llegó el día que los americanos pusieron un pie humano en la luna, maravillándonos a todos.
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A partir de los 80, un nuevo paradigma se instaló entre nosotros.
Había llegado, prepotentemente, la era de las comunicaciones.
Ya habían dejado de asombrarnos los avances de la televisión, el microndas, las heladeras con freezer, los aparatos de aire acondicionado, la aviación comercial y los automóviles.
Comenzaba la era digital y aprendíamos términos como Bits, hardware, software, emoticones, backup, bandeja de entrada, banner, byte, caracteres, hosting, laptop, netbook, noteboovk, virus, password, server.
Hoy es imposible imaginar un mundo sin la informática.
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M padre ya no está.
De estar, seguramente diría: ustedes lo van a ver.
El nuevo paradigma tiene que ver con la prolongación de la vida humana. Dentro de poco estará prohibido envejecer y para colmo morirse será un fracaso personal y profesional.
Estamos atravesando la frontera más ambiciosa de la historia de la humanidad.
Si el siglo XX fue el siglo de la física —el que nos dio la energía atómica y los viajes espaciales—, el siglo XXI es, sin duda, el siglo de la biología.
Ya no hablamos simplemente de tratar enfermedades o mitigar dolores; hemos entrado en la era de la edición de la vida, donde el diagnóstico se anticipa por décadas y las curas definitivas comienzan a desplazar a los tratamientos crónicos. Sin embargo, este despliegue de ingenio científico trae consigo una pregunta incómoda que la política y la economía aún no saben responder: ¿será la salud un derecho universal o el último privilegio de casta?

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Según los comentarios más informados, el arsenal médico del futuro cercano se sostiene sobre tres pilares: la Inteligencia Artificial (IA), la Edición Genética y la Medicina de Longevidad.
La IA ha dejado de ser una herramienta de oficina para convertirse en el «copiloto» del médico.
Gigantes como Google, Microsoft y Nvidia están invirtiendo cifras que superan los 600 mil millones de dólares para crear sistemas capaces de analizar una radiografía o una secuencia de ADN con una precisión que humilla al ojo humano. En los próximos años, veremos cómo la IA no solo diagnostica, sino que predice. Podremos saber, con veinte años de antelación, si un paciente desarrollará Alzheimer o Parkinson, permitiendo intervenciones preventivas antes de que el daño cerebral sea irreversible.
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Por otro lado, la tecnología está permitiendo algo que hace una década parecía magia: corregir el código genético. Ya no se trata de administrar un fármaco, sino de entrar en la célula y «reparar» la mutación que causa una enfermedad. Esto ya es una realidad en tratamientos para la atrofia muscular espinal o ciertos tipos de ceguera.
A esto se suma la tecnología que nos salvó en la pandemia y que ahora se está reconfigurando para crear vacunas personalizadas contra el cáncer, diseñadas específicamente para el tumor de cada paciente.
El dilema del «millón de dólares» que no todos tienen
En este punto es donde la ciencia choca contra la pared de la economía.
El gran triunfo de la medicina moderna —la cura definitiva— es también su mayor desafío financiero. Fármacos como el Zolgensma tienen un precio de lista superior a los 2 millones de dólares por dosis.
La industria farmacéutica argumenta que estas curas son, en realidad, un ahorro: es más barato pagar dos millones una vez que sostener hospitalizaciones, cirugías y cuidados intensivos durante treinta años de vida de un paciente crónico. Sin embargo, para los sistemas de salud pública de América Latina o África, estas cifras son imposibles de digerir.
El dilema es que estamos viendo el nacimiento de una especie de «Bio-apartheid» donde un sector de la población podría vivir 120 años con órganos renovados en laboratorio y genes editados, mientras el resto sigue muriendo por enfermedades infecciosas o falta de insulina básica.

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Pero eso no es todo.
Si el dinero es una barrera, la ética es la frontera final.
La posibilidad de editar embriones humanos abre un debate que la humanidad nunca antes tuvo que dar con tanta urgencia.
La comunidad científica internacional mantiene una moratoria sobre la edición de la «línea germinal» (cambios que se heredan), pero la tentación de la mejora humana está latente.
¿Permitiremos que quienes puedan pagarlo elijan el color de ojos, la estatura o la capacidad cognitiva de sus hijos?
La línea entre curar una enfermedad genética y la eugenesia moderna es peligrosamente delgada.
Además, la IA introduce el problema de la «caja negra». Si un algoritmo decide que un paciente no debe recibir un trasplante basándose en datos que un médico humano no puede explicar, ¿quién asume la responsabilidad ética y legal? La transparencia algorítmica se vuelve, entonces, una cuestión de vida o muerte.
El dilema es que estamos viendo el nacimiento de una especie de «Bio-apartheid» donde un sector de la población podría vivir 120 años mientras el resto sigue muriendo por enfermedades infecciosas o falta de insulina básica.
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A pesar de las sombras, hay una luz de esperanza: la democratización digital. Si bien una terapia génica es cara, un software de diagnóstico por IA es extremadamente barato de escalar. Un médico en Jáchal o Valle Fértil puede hoy acceder, a través de una nube de Microsoft o Amazon, a la misma capacidad de diagnóstico que un hospital en Zúrich.
La verdadera revolución no será solo el descubrimiento de la cura para el cáncer, sino la creación de mecanismos políticos y sociales que permitan que esa cura llegue a quien la necesita, sin importar su código postal.
Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición del 14 de marzo de 2026