Esto no comenzó ayer pero con los años se va profundizando. Si quisiéramos darle un inicio, tal vez diríamos que comenzó hace tres o cuatro décadas cuando el Estado sanjuanino se transformó –a través de todos sus estamentos- en el gran dador de empleos.

Hoy, salir a caminar por el centro de San Juan cuando anochece, es una experiencia digna de análisis.

Ocurre que fuera de las peatonales y los alrededores de la plaza, el centro de la capital provincial –digamos el centenar de manzanas delimitadas por las calles 9 de Julio, España, Rawson y 25 de mayo- el paseo se transforma en una experiencia que puede causar desazón a más de uno.

Es más, si lo desea puede achicar aún más el espacio y reducirlo a las cuatro avenidas céntricas, Libertador, Rioja, Córdoba y Alem. Poco es lo que cambiará.

Aunque las calles y veredas están limpias y la iluminación nocturna ha mejorado, se encontrará con kioscos que alguna vez vendieron diarios y ahora están cerrados o languidecen mostrando sus grafittis, puestos de verdura que no esconden los cajones vacíos a partir del mediodía, unos armatostes desprolijos que ocupan parte de las calles cuando no las veredas con su oferta gastronómica. Y una gran soledad que crece a medida que la noche se adueña del paisaje.

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Durante el día todo es distinto. Decenas de edificios son ocupados durante algunas horas y de lunes a viernes –siempre y cuando no haya un feriado por medio- por miles y miles de empleados públicos, bancarios y algunas escuelas

Nadie sabe por qué, alguna vez hace ya muchos años, se dispuso que el Estado provincial con sus tres poderes se instalara en el microcentro y sus alrededores.

Es más, se hicieron y se siguen haciendo en el caso de la Justicia, grandes edificios que son ocupados medio día. Y hasta se mantienen decenas de cuadras en poder de organismos del Estado que nada tienen que ver ni con el hacer del Estado ni con un comercio pujante ni con una zona apta para vivir y mucho menos con estos tiempos de internet, inteligencia artificial y globalización.

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Lógicamente, para albergar a quienes llegan a trabajar durante algunas horas, se han transformado las calles céntricas en cocheras o guarderías, las veredas en paradas de colectivos y los espacios reservados en una mala costumbre que cada día tiene mayor número de clientes, llámense jueces, policías o personal jerárquico de cualquier poder. Y hasta de algún acomedido que en nombre de un sindicato o una escuela privada no dudó en pintar de amarillo el cordón de la vereda y amenazar con “llamar a la grúa” si alguien osara estacionar.

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Pero si nos quedáramos en el simple relato de lo que todo el mundo ve, también el periodista pecaría de superficial.

Ocurre que a la soledad nocturna se suma que no hay cuadra que no tenga uno, dos o tres carteles que dicen “se vende” o “se alquila”.

El fenómeno, según los profesionales del negocio inmobiliario, se origina solamente en un cambio de época. Las nuevas generaciones prefieren los barrios –si son cerrados mejor- donde sus hijos pueden jugar en las calles sin peligro.

Y aunque el sanjuanino medio sintiera orgullo de vivir en el mismo sitio que tuviera como vecinos ilustres a Domingo Faustino Sarmiento, a Nazario Benavidez, a Francisco Narciso Laprida, a Salvador María del Carril o a Fray Justo, -por nombrar sólo a personajes del siglo IXX- desde hace tiempo comenzó a emigrar hacia barrios cerrados o abiertos de departamentos cercanos.

Y, lo que es peor, lo están siguiendo muchos comercios que no pueden trabajar con una clientela que sólo frecuenta el lugar durante algunas horas los días de semana.

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Pero dejemos a los urbanistas y sociólogos la explicación del fenómeno y las posibles soluciones.

Este veterano periodista, casi coetáneo con la extraordinaria ciudad de la reconstrucción, luego de haber contado decenas y centenares de carteles que dicen se vende o se alquila, sólo se permite constatar el fenómeno y advertir que el centro se está quedando sin vecinos.

Es más, puede agregar que los vecinos que aun consideran un privilegio vivir en la zona que más servicios brinda, tienen una edad promedio muy superior a la del resto de la provincia.

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Dicho esto y antes de escuchar la consabida respuesta de que esto sucede en muchas capitales del mundo, sólo le queda decir que ante tan marcado fenómeno –y tal como ocurre en otras ciudades- quedan dos posibilidades:

1 – intentar revertir el proceso de huida de vecinos con medidas muy debatidas y de dudoso éxito 
2 – Profundizar el fenómeno de ciudad administrativa de ocupación a tiempo parcial y aumentar los lugares de estacionamiento, el tamaño de las calles y la transformación de viviendas en oficinas públicas o privadas.

Nota: Las fotos que acompañan esta nota fueron tomadas en pocas cuadras ubicadas al oeste de calle Mendoza. Habría que multiplicar por cinco o diez las casas en venta o alquiler si se trata del total de la superficie comprendida por las cuatro avenidas.



Fuente: Publicado en
El Nuevo Diario, edición 2182 del 7 de marzo de 2026