El
desarraigo es una combinación de sentimientos encontrados.
Es
una mezcla de angustias y esperanzas.
El
ser humano, mis amigos, es un animal de
pertenencias.
Necesita
estar, integrarse, pertenecer.
Su
esencia se conforma a través de sus sentidos.
Por
eso sólo se alza íntegramente sobre sus pies cuando se impregna con sabores,
olores, paisajes, idiomas y códigos que por origen o adopción, considera
propios.
En
el mundo moderno hay distintas formas de desarraigo.
Mucho
se habla del desarraigo de los exiliados.
Pero,
si miramos bien a nuestro lado también hay un grupo de personas que sufren este
sentimiento sin ser exiliados.
El sentimiento de
soledad en el viejo que debe vivir en un geriátrico es un ejemplo de
desarraigo.
La pérdida de trabajo o de
oportunidades por adultos que no pueden adaptarse a las nuevas tecnologías es
otro ejemplo.
Los cambios tan rápido en hábitos y
costumbres nos hacen sentir ajenos a la sociedad que nos cobija.
Los ojitos de los hijos
de padres separados que volvieron a rehacer su vida también hablan de
desarraigo –no siempre pero sí a veces- cuando descubren que ahora tienen dos
familias pero a ninguna la sienten como aquella original.
Es
cierto.
Todos
hemos sufrido o vamos a sufrir algún tipo de desarraigo. Y el desarraigo de
esta modernidad es mucho más brutal que aquel que vivieron nuestros abuelos
inmigrantes.
Porque
aquellos abuelos tenían la capacidad de reconstruirse, venían con un proyecto,
sabían qué perdían y que ganaban.
Vivian
en un mundo donde las cosas estaban hechas para que durasen, en sociedades con
vocación hacia lo permanente.
Los
desarraigos de hoy no nacen de lejanías.
Nacen de la
transitoriedad.
Las
relaciones son frágiles, las ideas son coyunturales, las cosas no perduran, y
los trabajos y las organizaciones son inestables.
La
inocencia de la niñez, la permanencia integrada en el hogar paterno, los
matrimonios, los trabajos, los conocimientos, todo es más breve.
Este
estilo de vida abreviado, origina un sentimiento colectivo de desarraigo porque
se vive sobre una base vacilante donde las relaciones del hombre con todas las
cosas son cada vez más corta.
Y
es entonces cuando extrañamos aquellos tiempos cuando siendo niños nos
sentíamos seguros en las rodillas del abuelo, sabíamos que nuestra madre
estaría esperándonos con la leche al regresar de la escuela y pensábamos que el
futuro pasaba por nuestra libreta de ahorro.
Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición 2181 del
28 de febrero de 2026