Me veo niño, sentado a la mesa con mis hermanos. 

Y escucho a mi madre: 
-Nadie se levanta hasta que termina de comer todo lo que tiene en el plato. 
Eran tiempos de sopa diaria y un plato suculento en los que no faltaban los sesos, el hígado, las verduras, las legumbres, los cereales, la leche y los huevos. 
Eran tiempos en los que los niños no decidíamos qué comer. 
-Se comen las lentejas, les guste o no-, decían los padres. Y no había alternativas.
Hoy miro mi creciente abdomen y trato de explicarlo con la cultura formada en aquellos días.
-Lo que se sirve, se come. Con lo que se tira en la Argentina podríamos alimentar a todos los chicos de Biafra.

 

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Los niños de aquellos años no elegíamos la comida.
Tampoco nos llevaban a un nutricionista ni pedían una vianda equilibrada.

Aquellas madres habían aprendido de sus madres y estas de sus abuelas, los valores de la nutrición.
Eran años en los que la comida era parte fundamental de la vida.
Tanto era así que las mujeres pasaban buena parte de la vida preparando comidas.

Y nosotros, aquellos niños sin televisión, juegos electrónicos ni teléfonos celulares, éramos flacos porque nos gastábamos cada una de las miles de calorías que diariamente consumíamos corriendo detrás de una pelota, andando en bicicleta o con los patines.

 

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El mundo fue cambiando y en los últimos tiempos este proceso de cambios continuos se aceleró de una forma notable.

Un cálculo no oficial y hecho a “groso modo” dice que en la mitad de los hogares sanjuaninos no se cocina.

Algo que puede no llamar la atención en las grandes capitales donde el fenómeno comenzó hace ya años. Pero que es curioso en una ciudad donde los comercios siguen cerrando durante la siesta y donde la mayoría de las escuelas, lo mismo que las oficinas públicas y la justicia funcionan en turno mañana o en turno tarde.

 

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Seamos claros. Quién escribe no propone volver a los tiempos de la niñez. Mucho menos pensar que no se cocina porque la mujer hoy trabaja.

Es más, si bien es cierto que históricamente, la cocina en la casa la manejó la mujer, cuando esa cocina es industrial y está en un restaurante, la ecuación cambia. Hoy, al menos en las grandes ciudades, desde un restaurante de lujo a una heladería de barrio, la mayoría de los lugares de toma de decisión es ocupado por hombres.

O sea que hace tiempo es también responsabilidad del hombre que se cocine o no en cada casa.

Dicho más claramente: si en la mitad de los hogares no se cocina o a lo sumo se hace un asado cada tanto o se tira un bife a la plancha es por otros factores que no tienen que ver con el sexo de quien cocina.

 

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Hay madres y padres que se alimentan y alimentan a sus hijos con fiambres.

Un pedazo de pan con algunos mates puede ser la cena en un hogar de ingresos bajos.

Unas papas fritas, un lomito o una hamburguesa puede ser la comida del chico de clase media.

Hasta los cumpleaños de los más pequeños se hacen con alimentos ultraprocesados como papas fritas, salchichitas, pretzels, chizitos o nuggets, la mayoría cargados de azúcares, grasas no saludables, sal y aditivos acompañados por gaseosas azucaradas.

Y en algunos casos hasta se dejar de amamantar a los bebés por una cuestión de comodidad.

 

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Un reciente estudio de Unicef, reveló que la Argentina está entre los cinco países de América Latina con niveles más altos de sobrepeso en los niñas y niños menores de 5 años. El sobrepeso alcanza al 12,6% de las personas de esa esa edad. En el informe, el país también sobresalió por el alto porcentaje de niños y adolescentes de entre 5 y 19 años con obesidad, que alcanzó el 16,9%.

Los expertos de Unicef mencionaron que en América Latina hay 24 países que cuentan con cifras de sobrepeso en niños y niñas menores de 5 años, por encima de las estimaciones mundiales del 5,6%. Pero 14 países además tienen cifras de sobrepeso que están por encima de las estimaciones regionales del 8,6 por ciento. Uno de ellos es la Argentina.

Y atrás del sobrepeso vienen enfermedades en permanente crecimiento como la diabetes 2 o la hipertensión.

 

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Y a eso debemos agregar que en el país de los alimentos, tenemos a los "obesos desnutridos" (u "obesos nutricionalmente no saludables"), una paradoja donde una persona tiene exceso de grasa corporal pero carece de nutrientes esenciales (vitaminas, minerales, proteínas), debido a dietas hipercalóricas pero pobres en calidad. Una condición que afecta a muchas personas, incluyendo niños y adultos. 

 

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En síntesis, que en la Argentina hay pobreza, nadie lo duda.

Pero no estamos ante un tema de pobreza. Se han perdido pautas culturales que costará mucho recuperar.

Y para colmo de males, ya no están aquellas sabias nutricionistas que heredaron sus conocimientos de sus madres y sus abuelas y que vivian en cada casa.

Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición 2174 del 13 de diciembre de 2025