Las noticias dicen que el mundo está cambiando. Y que dentro de 10 años se habrán perdido 800 millones de puestos de trabajo actuales.
También dicen que surgirán cientos de miles de puestos nuevos.
Pero hasta que eso ocurra nos enfrascamos en absurdos debates: si la solución son las ayudas sociales, si debemos cerrar las fronteras a los inmigrantes, si debemos recortar los haberes de los jubilados…
Oiga!!!
No estamos hablando de cuestiones abstractas.
Estamos hablando de seres humanos.
Seres a los que vemos todos los días.
Que están aquí, entre nosotros.
Por ahí se mimetizan con el resto, se confunden con la multitud.
Se acercan a charlar, toman un café o simplemente ven pasar la vida.
Pero si usted se fija bien notará que han perdido el brillo en los ojos, la pasión en los gestos, la vitalidad en la mirada.
Algunos, es cierto, se acostumbraron a vivir de la dádiva estatal.
Otros se conforman con ser ñoquis apadrinados por un político amigo.
Pero están los otros, la gran mayoría, las víctimas de la modernidad, de la globalización, del mundo de la «eficiencia», de la inteligencia artificial.
La mayoría son hombres y mujeres aún jóvenes para producir. Y para vivir.
Pero han perdido su lugar en la vida.
Aunque aún no lleguen a los cincuenta y las estadísticas digan que nuestras expectativas de vida rondan los 80 años y que las nuevas generaciones superarán los cien.
Aunque aún no lleguen a los cincuenta y los sistemas previsionales concedan jubilaciones a los 65…
Mal que nos pese son las víctimas de este nuevo mundo que se ha pergeñado.
Un mundo que entra prepotentemente en todos los países, en todas las ciudades, en todos los pueblos.
Entra hasta en aquellos sitios donde quien queda afuera es un muerto en vida.
Donde la vida no da revancha.
Donde nadie se detiene a esperar al que camina más lento.
Un mundo donde las tapas de las revistas las ocupan las modelos de 20 años o los súper deportistas. Donde todas las sonrisas son brillantes, los dientes parejos, la vista perfecta y el sexo urgente.
Un mundo en el que quién perdió el tren a los 45, en el mejor de los casos, sólo tiene ante sí un destino de kiosquero de barrio.

Y, claro, todos evitan entrar en ese mundo de perdedores.
La batalla es cada día más difícil.
Entre nosotros, todos desesperan por un cargo en la justicia con trabajo de lunes a viernes, buenos sueldos y sin preocupaciones por servicios, despidos o impuestos.
Todos desesperan por cargos nacionales en la Aduana, en la AFIP, asesorar a un diputado o un concejal, aunque más no sea entrar en una repartición perdida en el inmenso organigrama estatal.
Y cada día salen a la calle en busca de un pariente, un amigo, un conocido que a su vez sea amigo o conocido de un influyente que los saque del mundo de perdedores.
Pero son pocos los que lo consiguen. La mayoría seguirá caminando en ese mundo de perdedores. Un mundo donde se vive sin admiradores.
El problema no es sólo de nuestro barrio.
Está pasando en cada lugar del mundo.
Está ocurriendo en este mismo momento. Aquí, en los Estados Unidos o en Japón, por mencionar lugares.
En todas partes hay más preguntas que respuestas.
Algunos están preocupados por los hijos que se van. Y otros por extraños que llegan en busca de un espacio por pequeño que sea.
Lo cierto es que cada día se venden más pasajes sólo de ida hacia los pocos destinos que quedan. Y esos pasajes pueden ser en un moderno avión o una humilde patera.
Es difícil competir con robots que trabajan las 24 horas, los 365 días del año, incluso en la oscuridad, sin enfermedades ni vacaciones.
Esto recién empieza. Y con razón o sin ella son muchos los que hoy se desvelan ante la posibilidad que una máquina, ya sea con forma de humanoide o de simples ordenador, ocupe su lugar.
Alguien dirá: hay miles de nuevas oportunidades. De acuerdo.
Pero no todos están preparados.
Mientras escuchamos hablar de computación cuántica hay millones de jóvenes que ni siquiera entienden lo que malamente leen.
No es hora de echar culpas. Tampoco de frenar el progreso.