¿San Juan cambió?

¿Cuánto?

¿Cuándo?

¿San Juan cambió?
¿Cuánto?
¿Cuándo?

 
Las preguntas tienen sentido.
Ocurre que los visitantes nos ven muy cambiados.
Hace algunos días conversábamos con un amigo que vivió en San Juan hasta hace treinta años y luego emigró.
-¿Sabés que los noto muy cambiados?
-¿En qué sentido?
-Si buscara una sola palabra diría que los veo más “cosmopolitas”.


Lo confesamos: fuimos a buscar en el diccionario la palabra cosmopolita.
Aparecen tres conceptos:

1) adj. Se dice de la persona que ha vivido en muchos países, y que conoce sus costumbres: modales cosmopolitas.
2) Se dice de lo que es común a todos o a la mayoría de los países: la carne es nuestro plato más cosmopolita.
3) Se aplica a los lugares en los que convive gente de diferentes países: Nueva York es una ciudad muy cosmopolita.


Le pregunto a un joven de 18 años si nota cambiado a San Juan.
—No, nada que ver con Córdoba o Buenos Aires.
Cambio de interlocutor y le pregunto a mi amigo Pedro, que tiene 75 años.
—¡Vaya que si cambió! Todo es distinto. Y no se si todo cambió para bien…


Dejo de lado la pequeña encuesta y recurro a mi memoria.
Los años pasan también sobre mi.
Y yo tuve una niñez sin televisión, sin Internet, sin aire acondicionado en las casas, sin cine hogareño, sin satélites que nos trajeran imágenes de todo el mundo al instante , sin computadoras...
Claro, el mundo cambió.
La tecnología entró en nuestras vidas y ahora todo es distinto. Desde las posibilidades de hacer un preciso diagnóstico médico a los materiales de construcción.
Desde la cantidad y calidad de los automóviles a la masificación del uso de la tarjeta de crédito.


—No me refiero a los cambios que hubo en todo el mundo. Yo hablo de cambios más nuestros, más sanjuaninos—, dice mi amigo, el que volvió después de treinta años.
Vuelvo al archivo mental y recuerdo la cantidad de baldíos que hubo en las décadas que siguieron al terremoto; en la ciudad sin transporte nocturno en la que la vida terminaba con el micro de medianoche, la ausencia de remises, el tren que hoy no llega, la delincuencia que nos obliga a dormir con un ojo abierto…
Pero no, tampoco esas son cosas que se ajustan al término “cosmopolita”.


Y bien. Es hora de ir precisando conceptos.
Pasar de ser una aldea a la pretensión de transformarnos en una ciudad cosmopolita reclama algo más que buscar explicaciones en la simple rueda del progreso.
Muchos de los cambios que hoy se observan y que nota inmediatamente quien nos visita después de muchos años, vinieron de afuera.

La televisión fue una de las grandes propulsoras de cambios.
En una generación pasamos de aquellas radios que transmitían música sacra todos los días de Semana Santa al caño hot de Tinelli que nos mete mujeres desnudas en nuestros hogares en momentos que cenamos con nuestros hijos menores. Y eso representó –que cada uno lo juzgue como quiera- un tremendo cambio generacional.

Los medios de comunicación y en especial la televisión, hicieron que nuestros cuatro o cinco temas de conversación netamente locales, fueran desplazados por cuestiones de Buenos Aires o del resto del mundo.
Hoy los partidos de la NBA suplantan a nuestro mediocre básquet; es mucha más la gente que ve a Boca o River cada domingo que la que concurre a nuestras canchas a ver fútbol sanjuanino; sabemos más de Obama y de las elecciones de los Estados Unidos que de la sequía del Chaco.

Las marcas de nuestra ropa, de nuestros autos, de nuestros perfumes y hasta de nuestras comidas, también se internacionalizaron y, como ocurre en todo el mundo, los grandes hipermercados que atienden los siete días de la semana están suplantando al almacenero del barrio y a la libreta de las compras.


Pero además, hubo otros cambios que también vinieron de afuera.
Primero con la Promoción Industrial, luego con los diferimientos agrícolas y finalmente con la gran minería, llegaron nuevos conceptos sobre la forma de producir, de comercializar, sobre la necesidad de profesionalizar nuestros trabajos.

Luego, la posibilidad de realizar estudios de post grado en otros sitios, hizo que creciera el número de profesionales que hablan idiomas, que se actualizan permanentemente, que están conectados con el mundo, marcando una gran diferencia con quienes no lo hicieron y que hasta llegan a justificarse negando el avance científico y tecnológico cada día más veloz.

Todo esto hizo que surgiera una oferta para sectores con otras expectativas en materia de restaurantes, de comercios, de servicios, en la educación.


De todas estas cosas hablaba con mi amigo, el que regresó después de treinta años.
Pero él insistía.
—Hay algo más.
—¿Qué es lo que notás?
—Veo un sanjuanino menos llorón, menos protestón, menos pedigueño.
Desde que llegué me quieren mostrar el Centro Cívico, la Avenida de Circunvalación forestada, me hablan de los negocios mineros, de que es la ciudad con mejor forestación del país, del Auditorio, el autódromo, el Valle de la Luna, del estadio que van a hacer….
—Eso es bueno…
—Es como si ser sanjuanino hubiera dejado de ser una pesadilla para transformarse en un motivo de orgullo. Y ese es el cambio que ustedes no notan. Antes, de diez personas con las que hablaban, nueve se quejaban.
Hoy son mayoría los que quieren quedarse acá, que te dicen que es un buen lugar para vivir, para criar los hijos. Y claro eso es bueno.


Me quedé pensando.
Por ahí sólo vemos los problemas, las aristas malas de todo.
Vivimos envidiando lo ajeno.
¡Y es tan lindo tener un lugar en el mundo del que estemos orgullosos!
Y que ese lugar sea donde nacimos o donde elegimos vivir.
En fin, mi amigo dice que nos hemos vuelto más “cosmopolitas”.
Si a él le gusta esa palabra, allá él.
Yo -¡qué quieren que les diga!- ya me estoy creyendo eso de que tenemos una ciudad cada día más linda.

 

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