Cada generación tiene su paradigma. En los años 60 fue la carrera espacial. Luego vinieron los artefactos para el hogar, que nos dieron mayor confort. Le siguió la era digital y la sociedad de la información. El nuevo paradigma es como alargar la vida. Y es en este punto donde alguien tiene que decirle al negocio de la salud que parn la mano, que no pueden continuar jugando a ser dios.
Cada generación tiene su paradigma
En los años 60 y 70, fue la conquista del espacio.
Los niños de aquella época, maravillados por las novelas de Julio Verne, de pronto nos encontramos de frente con la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Comenzamos a soñar, cuando estrenábamos los 10 años, con la llegada del primer hombre a la luna
–Ustedes van a verlo-, recuerdo que decía mi padre.
Los tiempos se aceleraron y mi padre llegó a verlo.
El sputnick Ruso nos demostró que ya estábamos en camino. Pero la apoteosis llegó el día que los americanos pusieron un pie humano en la luna, maravillándonos a todos.
A partir de los 80, un nuevo paradigma se instaló entre nosotros.
Había llegado, prepotentemente, la era de las comunicaciones.
Ya habían dejado de asombrarnos los avances de la televisión, el microndas, las heladeras con freezer, los aparatos de aire acondicionado, la aviación comercial y los automóviles.
Comenzaba la era digital y aprendíamos términos como Bits, hardware,software emoticones, backup, bandeja de entrada, banner, byte, caracteres, hosting, laptop, netbook, noteboovk, virus, password, server.
Hoy es imposible imaginar un mundo sin la informática.
Mi padre ya no está.
De estar, seguramente diría: ustedes lo van a ver.
El nuevo paradigma tiene que ver con la prolongación de la vida humana.
Sobre la base de la informática se está desarrollando un crecimiento increíble de las inversiones en ese campo de la medicina.
No es casual que Google haya anunciado Calico, una nueva compañía que se centrará en la salud y el bienestar, con el reto de combatir el envejecimiento y sus enfermedades asociadas para prolongar la vida y la salud de las personas.
De pronto, uno lee testimonios y se pregunta: ¿quién quiere vivir eternamente?
Parece que mucha gente. No importa a qué costo ni con qué calidad de vida.
Surgen negocios de una magnitud asombrosa.
Dentro de poco estará prohibido envejecer y para colmo morirse será un fracaso personal y profesional.
Algunos amigos ya entraron en esa onda y me envían maills optimistas: “envejecer está en la mente”, “los 70 de ahora son los 60 de antes”, dicen.
Los médicos, por su parte, dicen que considerar a alguien como un anciano es discriminarle por lo tanto se los empuja a tratar igual a un hombre de 40 años que a un anciano de 90.
Me contaba un amigo profesional: “Resulta inaudito ver las listas de medicación de personas tan extremadamente deterioradas que ni saben para que son sus 20 pastillas ni las pueden tragar; resulta trágico ver a ancianos sometidos a procedimientos agresivos (endoscopias, implantación de marcapasos….) cuando están tan dementes que no pueden firmar su propio consentimiento; resulta dramático saber de personas muy mayores que permanecen atados a las camas para evitar que se arranquen las sondas naso-gástricas que les alimentan artificialmente; resulta desgarrador clavar vías y hacer radiografías a pacientes que clínicamente están dando sus últimas bocanadas; resulta inhumano comenzar antibióticos o trasfundir sangre a alguien que dejó de reconocer a su familia o saber su nombre hace una década”.
Es así. De tanto preocuparnos en vivir, nos hemos olvidado de morir.
Vivimos acosados por una sociedad que quiere continuamente rejuvenecernos, que nos mete por los ojos pócimas mágicas, productos con propiedades sobrenaturales, cirugías reparadoras, ejercicios para el cerebro, chequeos exhaustivos y cualquier otra cosa que retrase el final.
Hasta los poetas están confabulados.
Mi admirado Mario Benedetti, escribía después de pasar los 80 años:
No te rindas, aun estas a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
liberar el lastre, retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.
Una viejita española escribió en estos días en un diario madrileño:
“Yo de mayor quiero ser anciana, sí señor, yo quiero ser vieja. Y si me demencio quiero acabar cuando antes la tragedia de no ser yo. No quiero médicos majaderos que alarguen mi vida solo porque la ciencia se lo permite. La misión de un médico incluye también asegurar el bienestar de los pacientes terminales y nadie hay mas terminal que un anciano escarado, dependiente y sin memoria de haber existido. Nadie.
Ya está bien de esta medicina agresiva, inhumana, descabellada y absurda. Ya está bien de jugar a ser dios.
Ya está bien.