El libro está escrito. Sólo esperando el momento de ser editado.Es la historia de El Nuevo Diario, una publicación de características únicas en el país y que ha pasado por distintas etapas durante sus años de vida. Uno de los capítulos del libro es este, dedicado a Rufino Martinez, un personaje clave en los años del nacimiento de la publicación. Una historia que merece conocerse.
Cuando decidí lanzar El Nuevo Diario, una de las personas con quienes hablé y le propuse colaborar fue el Gringo De Lara.
Ese día, en el café de la galería, el Gringo no sólo aceptó colaborar.
Me sugirió un nombre que sería una figura emblemática de El Nuevo Diario: Rufino Martinez.
-Llamalo a Rufino. Tiene que estar en el proyecto.
Martinez tenía 70 años. Había sido el primer director de Cultura que tuvo San Juan. Y era un poeta y escritor de fuste.
Había nacido en Huinca Renancó. Hijo de gallegos, nacido en una casita ubicada al lado de la estación del ferrocarril BAP (Buenos Aires al Pacífico), las vías constituían un imán irresistible para aquel joven inquieto y ávido de nuevos paisajes.
Quince años tenía cuando un día se abrazó con su madre, anudó un bulto de ropa con un pañuelo grande y se subió a un tren carguero que salía para Mendoza.
Así viajó, como polizonte, junto a tres crotos que iban a la cosecha.
Pero al llegar a Mendoza, Rufino comprobó que el tren no paraba en la ciudad.
Sus compañeros de viaje aprovecharon que el convoy aminoraba la marcha y se arrojaron. Rufino siguió para San Juan.
Al llegar a Media Agua divisó los simétricos verdegales de los parrales. El, que venía de una zona de sequía, vientos, cardos rusos y arenales, al ver ese verde, milagro del hombre y el agua, se emocionó hasta las lágrimas.
Y fue entonces cuando aquel chico de quince años supo que había encontrado su presentido maná.
Entre la piedra, la montaña y el verde, Rufino había encontrado su lugar en el mundo. Comenzaba la década del treinta.
Trabajó de mozo, incursionó en la minería, vendió abonos pero, por sobre todas las cosas, se bebió la vida, absorbió su savia, aprendió a mirar el horizonte, a deslumbrarse con las noches estrelladas, a descubrir el alma de los personajes que caminaban a su lado.
Y un día se encontró ante un papel con un lápiz en la mano. Y supo lo que era atormentarse buscando la palabra justa, la metáfora precisa.
Rufino fue el hombre que durante su gestión en el gobierno de Américo García, organizó la tarea cultural en San Juan.
Era un hombre de ideas y de acción. Pero también un bohemio capaz de compartir horas de charlas y vino con Jorge Leónidas Escudero, Chelo Aguado, Reina Domínguez, Campus y otros personajes de la cultura sanjuanina, muchas veces ignorados, y de hacer lugar en su mesa a jóvenes poetas dispuestos a escuchar y compartir con los maestros.
Tras su paso por Cultura y luego por la dirección del Auditorio, Rufino incursionó en el periodismo. Colaboraba en el diario de Cuyo y un día le propusieron hacer una columna en Tribuna, que salía como vespertino. "El relincho" se llamó ese espacio que llegó a ser el más leído del diario por su ingenio y belleza literaria.
Apurado por estrecheces económicas, un día pidió aumento de sueldo.
-Rufino, la situación no es buena. Espere un poco.
-Hace mucho tiempo que espero y así no puedo seguir...
-Piénselo. Si no escribe acá... ¿donde lo va a hacer?
-Hay una cosa con la que usted no cuenta.
-¿Qué es?
-¡Mi gran capacidad para cagarme de hambre...!
Ese mismo día juntó sus cosas y se fue del diario. Desde entonces nunca había vuelto a escribir en un medio de difusión.
El Gringo no me dio tiempo a que le hablara a Rufino. Al día siguiente se vino con él a la oficina que teníamos en la calle Santa Fé. Ya le había hablado del proyecto.
Rufino fue muy directo:
-Yo tengo una buena jubilación y no quiero trabajar más en relación de dependencia. Te puedo mandar alguna nota de vez en cuando.
-No es eso lo que quiero.
-¿Y qué querés?
-Mirá Rufino: la prensa se entremezcla cada día más con la literatura. Hoy, la mera información no es más patrimonio del periodismo gráfico.
-Ahá...
-Cuando un satélite nos trae en el acto lo que sucede a miles de kilómetros de distancia y nos deposita en nuestras propias casas las imágenes en colores, con primeros planos y detalles imposibles de apreciar aun estando personalmente en el lugar, una prensa solamente informativa o descriptiva, constituye un anacronismo.
-Seguí.
-Yo no estoy buscando un periodista que corra atrás de la noticia ni un opinador profesional. No me interesa.
-¿Qué buscás?
-Quiero alguien capaz de recrear climas, situaciones, emociones. Alguien que pueda poner seres humanos detrás de cada hecho, que nos enseñe que la vida es una continuidad y la explicación de lo que nos pasa debemos buscarla en algo que ocurrió hace cincuenta años o que sucederá dentro de diez.
-¿Y vos crees que yo puedo hacer eso?
-Podés hacerlo precisamente porque estás jubilado, porque tenés tiempo, porque sos un gran escritor, porque no has vivido al pedo. Yo te imagino arriba de un cerro, mirando desde lo alto esta gran aldea, esta vida en la que cada día pasamos a ser más contribuyentes, usuarios, clientes o aportantes en lugar de seres humanos. Y desde allí, desde las alturas, mostrarnos personajes, explicarnos situaciones... Que tu columna sea un gran espejo capaz de reflejar las imágenes tal como son.
-Atendeme Juan Carlos. Yo ya tengo un lugar, que es este San Juan. Tengo una vida hecha. Tengo una mujer. Tengo hijos. Quien pida más que eso es un insensato. Quien pida menos es un estúpido. Pero me interesa tu propuesta. Y me gusta ese nombre que dijiste: La gran aldea. Así se llamará la columna. Pero quiero preguntarte algo: ¿cuáles serán mis límites?
-Ninguno, escribí lo que quieras.
-Otra condición: no quiero que me paguen un peso.
-¿Porqué?
-En primer lugar, porque cuando tuve necesidades pelee por un peso. Hoy no las tengo y soy capaz de regalar mi tiempo. Sólo un estúpido lo vendería sin necesidad. Y en segundo término, porque a esta altura de mi vida quiero seguir siendo libre. Y la libertad no puede figurar en una nómina de pagos.
Durante diez años Rufino escribió La Gran Aldea.
Rescató personajes, situaciones, palabras, climas, colores, costumbres. Mezcló la poesía con la paleta del pintor, la urgencia del periodista con la mirada larga del pensador. Y a todo lo sazonó con un verbo absolutamente personal, con una marca regional indiscutible pero, curiosamente, asentado sobre un hombre universal.
Nos acompañó en las buenas y en las malas.
Cada mañana venía a tomar un café conmigo en el diario. ¡Y era una fiesta hablar con él!
A fines de 1992 editamos un libro que reunió muchos de sus escritos. Se llamó "La Gran Aldea, memorias del corazón".
Un día, ya cerca de los 80 años, sus trabajos comenzaron a espaciarse. Se irritaba con facilidad, se peleaba con el corrector y dijo que no iba a seguir colaborando.
Algo pasaba. Pero debía dejar que él lo dijera. Había aprendido a conocerlo.
Pasaron dos meses sin Rufino y un día, un gran poeta, amigo común, -el “Chiquito” Jorge Leónidas Escudero-, vino a la redacción. Aunque quizás nunca le pidió Rufino la intermediación, traía un mensaje.
-Rufino te recuerda con mucho afecto.
-Y yo lo quiero como a un padre.
-¿Sabés porqué se fue enojado?
-Lo imagino pero decímelo...
-Ya había dicho todo lo que tenía que decir. No quería repetirse. No quería escribir por compromiso. Y no sabía cómo decirlo...
-Lo imaginaba.
Poco meses después murió Rufino Martinez.
Su obra mayor está en las páginas de El Nuevo Diario.
Conociendo su pensamiento sería absurdo pedir que una estatua o una calle recordara su nombre.
Pero qué bueno sería que las nuevas generaciones leyeran esos escritos.
Si eso ocurre, ahora o dentro de cincuenta años, yo se que ese joven que quizás aun no ha nacido dirá, lo estoy oyendo:
-Acá existió la literatura; acá se hizo periodismo. Acá estuvo el hombre.