Vimos triunfar a tanto delincuente, llegar a tanto arribista, archivar a tantas verdades que nos asombramos de lo fácil que algunos hicieron plata o construyeron poder, según nos lo cuentan las noticias de cada día.
Hay veces que las noticias me causan tristeza.
Tristeza por mi, por mi país, por un estado de cosas que me supera.
Por las noticias me entero de un gerente de sucursal bancaria que en poco más de diez años se hizo multimillonario construyendo para el Estado.
Por las noticias me entero, también, de fortunas inmensas hechas con bingos, casinos o usura que de pronto dan lugar a poderosísimos empresarios petroleros o propietarios de medios.
Por las noticias me entero de ingenieros que toda su vida fueron simples empleados y de pronto se transforman en propietarios de bancos, accionistas de empresas petroleras o constructores de grandes obras públicas.
Por las noticias me entero de grandes fortunas que se hicieron con poco trabajo y que hoy se gozan en countries y cruceros.
Y me digo: “Que los parió; qué hábiles que fueron”.
Sí, es cierto.
Hay veces en las que un periodista que transita los sesenta, comienza a advertir un tufillo melancólico en lo que escribe.
Es como si la indignación por muchas cosas que te rodean dejara paso a otro clima.
Una fuerza interior te atrae hacia los laberintos del alma.
Y comienzas a recordar historias, promesas, sueños.
Adviertes entonces que la melancolía es parte de una generación.
Una generación depositaria directa de los avatares de un país. El nuestro.
No se trata de un problema matafísico.
Tampoco de una crisis de la edad.
Es como un inmenso cansancio mezclado con la certeza de que sólo se vive una vez.
Y que no hay tiempo para ensayos. Cada día hay que salir a escena y cada acto es irrepetible.
Y, sí.
La melancolía es una constante de esta generación.
Una generación que, en la mayoría de los casos, jugó cartas perdedoras.
Transitas las calles y te encuentras con rostros acostumbrados a ver pasar la vida desde un escritorio; sometidos a la rutina de un despertador; abrumados por la diaria faena de cambiar tiempo de vida por lo indispensable para vivir.
Y ya no reconoces en estas incipientes calvicies, en estas imparables canas, en estas barrigas que crecen, a aquellos muchachos que estrenábamos ilusiones.
Las mismas ilusiones que seguramente tuvo mi padre y que tras aportar toda la vida como autónomo murió cobrando una jubilación mínima que no alcanzaba ni para pagar los remedios.
O las que tuvo mi suegro que al final de sus días cobraba menos por su jubilación de médico que lo que debía pagar a la enfermera que lo cuidaba.
Sí, somos la generación de las cartas perdedoras.
Quizás porque fuimos demasiado optimistas.
O nos aferramos desesperadamente a convicciones en las que, pese a todo, seguimos creyendo.
¿Y cómo no íbamos a ser optimistas, si el mundo era nuestro?
Fuimos la generación que vio llegar el hombre a la luna; que comenzó a aceptar el inmenso cambio social que significa la transformación de la mujer de dueña del hogar en habitante de la ciudad; que conoció una niñez sin televisión y hoy el satélite entra en cada casa.
Fuimos la generación que pasó de la sulfamida a la tomografía computada, de la regla de cálculo a la computadora.
La que vio transformarse la universidad en un foro de masas.
La que fue bombardeada por las pautas de consumo de un mundo que quería sepultar definitivamente la guerra y sus miserias.
Y nos preparamos para entrar a ese mundo.
Llenamos las universidades. Estudiamos idiomas. Transformamos los útiles de labranza del abuelo en relucientes portafolios.
Y de pronto tuvimos que hacer las cuentas con la realidad.
Fue entonces cuando advertimos que las cartas estaban marcadas.
Vimos triunfar a tanto delincuente, llegar a tanto arribista, archivar a tantas verdades...
Y aquí estamos.
Acostumbrados a leer necrológicas que exaltan a los muertos mientras se desconoce a los vivos.
Asombrándonos con lo fácil que algunos hicieron plata, según nos lo cuentan las noticias de cada día.
Pero cuidado: que todos lo sepan bien.
No jugamos cartas perdedoras porque tengamos almas de perdedores.
Las jugamos porque creemos en un mundo distinto.
Porque estamos convencidos que no es necesario andar por la vida con un parche en el ojo.
¿Sabés?
Pese a todo, seguimos siendo optimistas. Irremediablemente optimistas.
Seguimos pensando que algún día los escalafones se harán por la ley del mérito.
La vida es un tesoro que va mucho más allá que una partida de cartas marcadas.
He vivido lo suficiente para ver surgir a nuevos ricos, a dictadores, a inútiles desempeñando cargos para los que no estaban preparados.
Los he visto exhibir groseramente sus riquezas, su poder, sus infinitas incapacidades.
Los he visto seguidos, siempre, por sus cortes de aduladores, de chupamedias, de alcahuetes.
Los he visto sentirse eternos, dueños de vidas y haciendas.
Pero nunca, nada, fue eterno.
También los he visto en la decadencia y en la muerte –algunos hasta en el suicidio- , como una demostración de que no alcanzan sólo los éxitos económicos, políticos o militares.
Es cierto, las noticias a veces me causan tristeza.
Y más de una vez la melancolía se mete por mi ventana.
Pero... ¿sabés?
Miro el invierno a través de esta ventana y aun veo a parejitas tomadas de la mano.
Y siento que aun mi piel reacciona como la primera vez.
Veo los árboles sin hojas y se que en un par de meses el verde nos inundará los ojos.
Y ante ese milagro repetido, advierto que puedo inaugurarme, una y mil veces.
Y que aunque juguemos con cartas marcadas, la vida sigue teniendo la dimensión de nuestros sueños.