La opinión pública es más que un fenómeno que estudian las ciencias sociales. Es en vano intentar seducir eternamente a tan misteriosa dama. Ella transita caminos que nadie ha logrado develar.

Dicen que con los años más que hablar del futuro los hombres nos internamos en los recodos de la memoria.

Será por eso que el comentario de hoy pretende ser testimonial.

Les cuento:

Hace 30 años volvía la democracia en nuestro país.

Y este periodista, entonces treintañero, había optado por volver a su ciudad tras haber sido corresponsal de Clarín en Italia y el Vaticano.

El deseo de consolidar esa democracia que renacía , la ferviente inquietud de que tras años de retroceso el país y San Juan retomaran la senda del crecimiento y la vocación de ser parte de un proceso que nuestra generación no había vivido plenamente, hizo que miles de hombres y mujeres nos volcáramos a la acción política.

Algunos, como en mi caso, hasta dejando de lado -al menos temporariamente-,  la vocación profesional de toda una vida.


Acordemos un punto: era una Argentina distinta y se vivía una política distinta. Un tiempo que quien no lo ha vivido quizás no llegue a comprenderlo en su magnitud.

Veníamos de una larga noche. Eramos los hijos del 68, del mayo francés, del Cordobazo, de la vocación coral que embargó a una generación que no conocía de “bunkers” ni empresas especializadas en pintar paredes y pegar carteles.

Aunque cada noche podíamos agarranos a trompadas defendiendo la leyenda que acabábamos de pintar en una pared, habíamos aprendido a respetarnos, cada uno con su ideología.

Al final de cuentas, todos éramos sobrevivientes y cada uno recitaba de memoria sus marchas, su doctrina y sus consignas.


De pronto el periodista se transformó en dirigente político.

Y allí me veo. Como presidente del MID, el partido de Frondizi y Frigerio.

Al lado de viejos intransigentes que integraron el gobierno de Américo García se sumaron jóvenes desarrollistas que hablaban de autoabastecimiento petrolero, petroquímica, soda solvay, el Chocón, cultura nacional.

Renacía la democracia.

Las casas partidarias se llenaban de chicas y muchachos entusiastas, aptos para repartir votos, dar charlas en las escuelas o prenderse en larguísimas discusiones doctrinarias.

Las candidaturas eran sólo puestos de lucha.

Y llegaron las elecciones.

Américo aceptó ser nuestro candidato a gobernador y se vino desde Buenos Aires, donde residía más por consecuencia con sus ideas que por interés personal.


¡
Qué quiere que le diga!

Eramos tan jóvenes políticamente, tan ingenuos,  que creíamos que con nuestras ideas, nuestros candidatos y nuestra militancia, estábamos destinados a triunfar.

Lo aclaro: todo era instuición.

 Aun no aparecían los encuestadores con sus errores y aciertos.

Ni los asesores de marketing político.

Nuestro optimismo se basaba en los saludos que recibíamos en las calles, los abrazos, las llamadas telefónicas, las entrevistas en los medios de difusión, la cantidad de gente que pasaba a recoger aquella boleta que llevaba el número 1.

A cada rato sonaba en la radio y la televisión nuestro jingle: “Sepa qué hacer”.

¡Estábamos tan convencidos del triunfo que poco faltaba para que comenzáramos a designar el gabinete!


El día de la elección  todos estábamos prendidos a la radio y el televisor.

En aquellos días hablar de radio era mencionar megaoperativos con un periodista en cada escuela, decenas de motos, técnicos que trabajaban sin descanso y un caudal informativo increíble.

Hombres como Quito Bustelo, Lucho Román, Mario Pereyra, Rony Vargas, nos mostraban en vivo y en directo lo que es el periodismo en acción. Un periodismo, el de aquellos años, virgen aun del protagonismo que algún día lo invadiría, que también venía de una larga noche y no estaba dispuesto a guardarse o manipular la información.

Vuelvo en el tiempo y me veo junto a Américo García y Julio Rodolfo Millán –nuestros candidatos- en una pequeña oficina en la calle Santa Fe, esperando los resultados.

A las 6 y media de la tarde ya se conocieron los cómputos de las primeras mesas, comenzando por la mesa de Sierras de Chavez, en Valle Fértil.

Las tres primeras mesas –la de Valle Fértil, una de Caucete y otra de Capital- indicaron que el bloquismo estaba ganando con comodidad, el justicialismo era segundo y los radicales, tercero. El MID ni aparecía. Sólo un par de votos  tenía Américo.

-Bueno, Juan Carlos, terminó todo. No hay nada que hacer.

-¿Cómo? Si recién van tres mesas…

-No, la tendencia ya está. Esto se define entre Bravo, el peronismo y los radicales. Nosotros no contamos.


Nada dije pero pensé que Américo estaba delirando.

Y ahí me quedé, junto a la radio, durante las dos horas siguientes, recibiendo cada noticia como una puñalada que atravesaba el corazón.

¡Cuánta razón tenía el viejo político!

Ya estaba todo dicho.

Han pasado los años y la experiencia me fue demostrando que la opinión pública es más que un fenómeno que estudian las ciencias sociales.

Todos hablan de ella e intentan atraerla. Pero es en vano seducir eternamente a tan misteriosa dama casquivana.

Ella  transita caminos que nadie ha logrado develar.

Aunque nos ofrece muchos matices, es más homogénea de lo que parece.

Dicen que se nutre de voces, olores, sensaciones, redes sociales, referentes, pintadas, declaraciones,sentido común, medios creíbles y no creíbles, personajes, instuiciones y convicciones.

No es un mundo para espontáneos pero tampoco un ámbito para eruditos que no conocen madrugadas.

La dama casquivana sabe más de lo que se cuenta.

No cree todo lo que se dice ni deja de prestar oídos a cuanto rumor circule.

Y cuando ya todos callan, ella habla.

Es entonces cuando el hombre común queda asombrado porque sus palabras se escuchan en los grandes salones y en los patios de tierra.

Y, como dice Serrat, nos quedamos sentado sobre una calabaza, sin saber qué pasa.


Aquel domingo de 1983 me quedó en la memoria el abrazo de Américo y una frase.

-Gracias por el esfuerzo, muchachos. No es culpa de nadie. No era nuestro tiempo.

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