La pobreza está entre nosotros.
Pero no la pobreza que hemos conocido hasta ahora.
Porque, oiga... pobres siempre hubo.
Pero la pobreza argentina siempre tuvo dignidad.
Faltaría un buen abrigo o un piso de mosaico. El chocolatín y los juguetes estarían ausentes en mucha niñez y los remiendos cubrirían parte de la ropa. Pero la dignidad quedaba intacta. La certeza de que las cosas podían cambiar se mantenía indemne.
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Esta pobreza que hoy nos golpea es distinta.
Porque más que pobreza, es miseria.
Y entre la pobreza y la miseria hay un trecho largo.
La miseria está más cerca de la marginalidad que de la pobreza.
Vivimos en la era de los conocimientos.
Y quien cae en la marginalidad no tiene muchas posibilidades de salir.
El chico que hoy no se eduque, dentro de 20 años no tendrá posibilidad de trabajo.
El trabajo del futuro se basará en los conocimientos, no en la fuerza física.
Y comienza a haber demasiado chico criándose en la calle, demasiado adulto resumido a lavar autos, demasiada joven prostituyéndose para “sacar” el día, demasiada droga como alternativa de evasión, demasiadas armas y violencia como opción fácil o desesperada.
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Si cerramos los ojos o pretendemos ignorar lo que está ocurriendo, esto se va a tornar en un juego muy peligroso.
Por más que los grandes números cierren.
Por más que algunos digan que “vamos bien”.
Hay realidades que no admiten esperas.
Aceptar la realidad es un paso previo e ineludible si queremos buscar soluciones.
Entonces aceptémoslo, con todo el dolor del alma: hay pobreza, hay miseria, hay marginalidad.
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¿Qué hacemos?
Hay dos opciones:
La primera consiste en paliar las necesidades más urgentes de un sector que, no nos engañemos, no podrá salir por sí solo. Mejorar las viviendas, regalarles la luz, entregarles los alimentos básicos. Una tarea de asistencia, que debería estar a cargo del ministerio de Desarrollo Humano.
La otra opción consiste en enviar no al ministro de Desarrollo
Humano sino al de Producción. Estudiar alternativas para esa gente.
Encarar una tarea de formación laboral, buscar salidas productivas o
laborales. Y mientras eso se logra, asegurar un salario mínimo a quienes participen del programa, evitando empujarlos aún más a la marginalidad.
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Si optamos por la primera opción, no hay futuro.
Nos condenamos a asistir para siempre a un número cada vez mayor de personas.
Si optamos en cambio por la segunda, las cosas no serán fáciles.
Pero al menos encenderemos una lucesita.
¿Cree que es una utopía?
No se engañe.
En Italia, un tercio de la economía funciona en base a pequeños emprendimientos familiares.
Las grandes firmas, en muchísimos casos, se estructuran sobre la base de minifábricas.
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Ellos lo llaman “economía subterránea”.
¿Cómo funciona?
Vamos a suponer que se intentara alentar la creación de una firma que se dedique a la confección de prendas de vestir.
Esa firma no puede salir de una villa de emergencia.
Pero sí se puede interesar a empresarios que estén dispuestos a hacer el experimento y correr pocos riesgos. ¿Qué es un ministro de la Producción sino un gestor de negocios?
Y estos empresarios pueden elaborar los diseños, entregar las telas, los botones, las lanas.
Y mediante un programa de reconversión laboral, enseñar a la gente a seguir un diseño, cortar las telas, coser, tejer.
Y a otros a armar las cajas o imprimir los envases.
Así funcionan en Italia firmas de prestigio internacional. Casi sin costos laborales.
Y usted deje una máquina de coser en una casa, asegure una ganancia acorde con lo que se produzca y verá que no funciona con horarios burocráticos sino que se turnarán la abuela, la madre, la hija y hasta la tía para que esa máquina produzca y aumente los ingresos.
Claro, si queremos atormentarlos con aportes previsionales, impuestos y gabelas, no hay posibilidades.
Pero qué preferimos: ¿producir, generar trabajo y riqueza o recaudar más?
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Así, insistimos, funciona parte de la economía italiana. Y también en otros países europeos. Y así se confeccionan prendas y se elaboran dulces y salsas y se preparan viandas y se hacen cuadernos y se arman bicicletas y se cultivan flores y se hacen puertas o ventanas.
Y fíjese qué casualidad: muchas de esas cosas hoy el comercio local las trae de otras provincias.
¿Revolucionaremos la economía con proyectos de este tipo? No. Pero al menos evitaremos que más gente caiga en la marginalidad, recuperaremos la cultura del trabajo, pondremos en las manos de muchos jóvenes algo más que un trapito para limpiar parabrisas...
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No esperemos el proyecto grande que nos salve a todos. No soñemos con que el Estado pueda atender a todos los que el aparato productivo arroja a la marginalidad. Pensemos en miles de pequeñas soluciones. Convoquemos a la imaginación. Abramos una ventana a la vida antes que este encierro nos ahogue a todos...