El mundo está cambiando, señores. Y San Juan –su clase dirigente- debe al menos hacer un esfuerzo por entender ese mundo.
* Hasta ahora los conocimientos estaban, en mayor o menor medida, a disposición de la humanidad. La diferencia entre países estaba dada fundamentalmente por la aplicación práctica de esos conocimientos. Una mesa, un cuchillo, los principios de funcionamiento de un automóvil, la máquina de escribir o el foquito de la luz, se podían diferenciar por las marcas, por los materiales usados, por el precio de venta, por la duración o por el costo de mantenimiento. Pero seguían siendo una mesa, un cuchillo o un foquito de la luz.
* Y esto era así porque la llamada “era industrial” consistía en el uso de la máquina para transformar bienes. Una era que convivía, en un estadio superior, con la era agrícola. Y decimos en un estadio superior porque la revolución industrial significó un deterioro relativo de los precios agrícolas. Los países que fueron ricos por su potencial agrícola ganadero —como la Argentina— a medida que se desarrollaba la revolución industrial si no integraban sus producciones, iban siendo superados por otros países, tal vez con menores recursos naturales pero con mayor capacidad para producir industrialmente lo que el mercado reclamaba.
* El fin del milenio nos puso ante otra bifurcación de caminos. Los mercados y los conocimientos comenzaron a ser más importantes que las producciones agrícolas e industriales. Y los precios agrícolas e industriales comenzaron a deteriorarse en relación al aporte de conocimientos y al control de mercados.
Si usted se fija en las inversiones que en las últimas décadas hicieron en el país y en San Juan los grupos más fuertes o los capitales de países más adelantados, advertirá que la dirección está muy clara: ellos quieren defensa de sus patentes (medicamentos, software, diseños) o mercados (cadenas de autoservicios, suministro de energía, gas, agua, comunicaciones, crédito, seguros, previsión social).
Y los resultados están a la vista..
Piense... ¿En cuál de estos negocios estamos los sanjuaninos? Es más... ¿en cuáles estamos los argentinos?
Todo esto nos está indicando tendencias muy claras. El proceso de acumulación de capital, que en el siglo XIX estuvo en manos de los terratenientes y en el siglo XX de los industriales, hoy está en los prestadores de servicios con aporte de conocimientos y en quienes controlan los mercados.
Un viñatero nunca juntará capital para poner una cadena de supermercados, un banco o un laboratorio de medicamentos.
En cambio, cualquiera de estos tres sectores pueden hacer inversiones en el sector agrícola. Y un ejemplo claro lo tenemos con las inversiones agrícolas e industriales que se hicieron en San Juan, donde grandes proyectos fueron motorizados por bancos o supermercadistas que son los que podían estar interesados en diferir el pago de impuestos.
Planteadas así las cosas es evidente que países como el nuestro tienen que tener muy claras las ideas y los objetivos.
Un problema de nuestra clase dirigente es que no estudia lo que pasa.
No advierte los procesos que están en marcha.
Y al no comprenderlos cree que todo pasa por un problema de “sensibilidad”. Que si falta gasa en los hospitales, si aumenta la desocupación o nuestros salarios son más bajos que los del mundo desarrollado, se debe solamente a la corrupción, la insensibilidad o los planes del Fondo Monetario Internacional.
Y no es así.
El mundo ya no se divide entre “sensibles” y “no sensibles” sino entre quienes saben lo que pasa y actúan sobre los procesos para modificarlos o sacarles provecho y los que no entienden nada de lo que ocurre.
Si San Juan no busca la excelencia y encara el camino del desarrollo de las actividades del conocimiento y el control de los servicios clave, nuestra capacidad de generación de riquezas y acumulación de capital seguirá siendo inexistente.
Seguiremos siendo una provincia de gerentes con bolsones de pobreza, aunque aumente el Producto bruto interno y nos llenemos de shoppings, bancos y grandes tiendas venidos de afuera.