En pleno centro, en el corazón de la Plaza 25 de Mayo, las estatuas de Fray Justo Santa María de Oro y Domingo Faustino Sarmiento, están encerradas por rejas.

La única forma de evitar que los delincuentes se roben las placas ha sido esa: encerrar a los próceres.

Los ladrones circulan con libertad. Los reducidores siguen haciendo sus negocios. El resto de los sanjuaninos, vivimos enrejados y temerosos.

Ahí están.

Como un símbolo de lo que sienten muchos argentinos.

En pleno centro, en el corazón de la Plaza 25 de Mayo, las estatuas de Fray Justo Santa María de Oro y Domingo Faustino Sarmiento, están encerradas por rejas.

La única forma de evitar que los delincuentes se roben las placas ha sido esa: encerrar a los próceres.

Los ladrones circulan con libertad. Los reducidores siguen haciendo sus negocios. El resto de los sanjuaninos, vivimos enrejados y temerosos.

 

 

 

Usted se preguntará: ¿Acaso no hay un Poder Judicial? ¿No hay policías? ¿No existen las leyes? ¿No hay cárceles?

Si uno camina por estas calles y escucha a la gente, aprende mucho sobre la situación que vivimos.

Muchos más que cuando escucha a los protagonistas de las noticias.

Ocurre que si usted escucha a un protagonista, por ejemplo un jefe policial, este le dirá muy suelto de cuerpo:

-Las estadísticas dicen que se ha producido la mitad (o la tercera parte o la cuarta) de hechos delictivos que el año pasado.

Pero la gente le dirá otra cosa:

-Ni loco hago la denuncia policial.

-¿Por qué?

-Primero, porque no creo en la policía. Segundo porque si la policía encuentra a los ladrones, nunca recupera las cosas. Tercero, porque si recupera alguna cosa se las entrega al juez y deberé esperar tres o cuatro años para que la liberen. Mientras tanto me citarán como testigo, deberé identificar a los delincuentes y aguantarme las represalias, vivir pensando que extraños (aunque sean policías) entraron a mi casa, la fotografiaron, hicieron planos...

Y bien, esa es la verdadera razón por la que las estadísticas no coinciden con lo que siente la gente...

 

 

 

Pero usted no tiene que quedarse con un sólo aspecto del problema.

Sale y habla con el policía común.

Y este le dirá:

-¿Para qué vamos a detener delincuentes si los jueces los dejan libres? ¿Usted se arriesgaría a entrar a una villa, detener a jóvenes o no tan jóvenes, recibir pedradas y hasta tiros para que al otro día estén libres y nuestras familias amenazadas?

Usted mirará al policía con cara de escéptico y este le dirá:

-¿Cómo hace para que los siete u ocho abogados que defienden a los cinco mil delincuentes que hay en San Juan no le inventen una denuncia por malos tratos y tenga que comerse un juicio y los castigos administrativos? ¿O usted no sabe que al comisario que quiere hacer las cosas bien lo marcan los delincuentes que están mucho mejor asesorados legalmente que nosotros y nos sacan del medio en pocos días? ¿O no saben que hay jueces “garantistas” y defensores de derechos humanos... pero siempre a favor de los delincuentes, no del ciudadano común o del policía?

 

 

 

Ya tiene otra versión de los hechos.

Decide entonces hablar con los jueces.

-¿Qué hacen cuando la policía detiene a un menor delincuente?

-Lo dejamos libre, en custodia de sus padres.

-¿Aunque sea un violador con muchos antecedentes.

-Sí.

-¿Aunque haya matado?

-Sí.

-¿Aunque toda la familia sea delincuente?

-Y...

-¿Y por qué lo hacen?

-Porque no hay institutos para readaptación de menores y no podemos enviarlos a una cárcel común.

 

Los jueces correccionales, por su parte, le dirán:

-Cuando el delito es excarcelable y el delincuente no tiene antecedentes (sentencia), la ley nos obliga a dejar en libertad al malhechor.

-¿Aunque tenga veinte entradas a la policía?

-Y... si no hay sentencia...

-¿Y cuándo hay sentencia? Porque los jueces penales no se abocan a causas menores...

En ese momento, el juez, seguramente, asentirá con un silencio.

 

Los jueces penales le dirán también que ellos reciben miles de causas mientras hay ámbitos, como el comercial y el laboral, en los que los jueces sólo tienen como tarea mirarse el pupo, le contarán que hay un grupo de abogados que más que “auxiliares de la justicia” son socios de los delincuentes y están las 24 horas del día al servicio de estos, que hay procedimientos policiales que parecen hechos para paralizar las causas, que no es cierto que la policía no pueda hacer prevención y hasta detener sospechosos pero que prefieren hacer pinta en el centro...

 

 

 

El círculo se va cerrando.

Decide charlar con un funcionario del Poder Ejecutivo.

-¿Y cómo quiere que haya inversiones en cárceles e institutos de menores si los gremialistas del Estado viven haciendo huelgas para que paguemos mayores sueldos? Más del 80 por ciento del presupuesto se va en sueldos...

Usted argumentará:

-¿Acaso no se pagan 40 mil pasantías y planes jefes de hogar? ¿Acaso no hay no menos de 200 entre asesores y funcionarios innecesarios de los tres poderes del Estado?

El funcionario será el que guarde silencio en este caso.

 

 

 

 

¿Sabe qué es lo triste?

Que todos tienen parte de razón.

Las cárceles y las comisarías están repletas.

Sólo 6 de cada mil delitos son esclarecidos y condenados sus autores.

Sólo uno de cada tres delitos es denunciado porque la gente no cree en la policía.

Hay jueces que trabajan y otros que tienen miedo. No sólo no salen en los medios sino que ni siquiera aceptan una foto... Menos van a condenar a un delincuente.

Esta es la realidad.

Lo grave es que un tema de esta envergadura no es una cuestión de Estado.

Que sólo escuchemos disculpas.

Que todos tengan parte de razón pero los platos rotos los paguemos nosotros.

Que al igual que Sarmiento y Fray Justo, todos estemos prisioneros y tengamos la sensación que la delincuencia está ganando por goleada...

En la radio se escucha una vieja canción: “Estamos prisioneros, carceleros...”

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