Las epidemias no son cosa nueva en San Juan. La historia nos demuestra que hemos pasado por varias.
La mortalidad infantil en 1813 era tremenda. Se calcula que moría el 95 por ciento de los niños que nacían. La población hablaba del “mal de los siete días” pues en ese lapso se producía la mayoría de las muertes.
Aunque se presume que los decesos eran ocasionados por tétano por infección del ombligo, se adjudicó las muertes a “un espasmo que entre otras cosas lo ocasiona el agua fría con que son bautizados”. Ante ello, el 4 de agosto de 1813, el Supremo Poder Ejecutivo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, dictó un decreto disponiendo que los bautismos se hicieran con agua templada.
Durante una epidemia de cólera, el doctor Daniel S. Aubone, un abogado presente en una reunión, explicó que había leído que se recomendaba hervir el agua por considerar que era el mayor vehículo de transmisión de los vibriones coléricos.
La comisión de médicos se opuso terminantemente pues consideraba que, “por el contrario, lejos de matar el vibrión el agua hervida producía dispepsia”.
A nuestra generación, fogueada en cien batallas, le toca enfrentar una no prevista: la epidemia de gripe.
Como si no fuera suficiente que hayamos conocido hiperinflaciones, recesiones, guerras, guerrillas, desaparecidos, muertos en combate, patrias metalúrgicas, patrias montoneras, patrias militares, corralitos y brevajes por el estilo ahora tenemos ante nosotros, en pleno siglo XXI, una pandemia que –como era de esperar- tiene especial virulencia en nuestro país.
Digamos que en rigor de la verdad, las epidemias no son cosa nueva en San Juan.
La historia nos demuestra que hemos pasado por varias.
Un hermoso libro escrito en los años 30 por el doctor Antonio Carelli, nos cuenta de algunos casos que trajeron muertos y preocupaciones.
La mortalidad infantil en 1813 era tremenda. Se calcula que moría el 95 por ciento de los niños que nacían. La población hablaba del “mal de los siete días” pues en ese lapso se producía la mayoría de las muertes.
Aunque se presume que los decesos eran ocasionados por tétano por infección del ombligo, se adjudicó las muertes a “un espasmo que entre otras cosas lo ocasiona el agua fría con que son bautizados”. Ante ello, el 4 de agosto de 1813, el Supremo Poder Ejecutivo de las Provincias Unidas del Río de
La primera ley de vacunación oficial y obligatoria contra la viruela que asolaba San Juan, fue sancionada por el gobernador José Ignacio de
En San Juan ya se había vacunado mucha gente desde que se dio a conocer por Jenner, su descubridor, en 1.796.
En el verano de 1.868 se desarrolló una gran epidemia de cólera en San Juan.
Era la época de la triple alianza contra el Paraguay y se supo que el cólera había causado estragos en otros puntos de América del Sur.
Pocos conocimientos científicos se tenían sobre la forma de combatir el mal pero el gobierno dispuso una enérgica campaña disponiendo de varios médicos.
En lo que era
En esos días se supo que un médico francés, el doctor A. de Grand Boulogne, recomendaba beber una infusión de menta piperina, tratamiento con el que había doblegado al mal en Marsella, por lo que se ordenó traer carros de esa hierba de una propiedad de la familia Ruiz en Ullum.
Durante la epidemia del verano de 1868 se reunieron los médicos locales para analizar las medidas a adoptar para combatir el cólera.
El doctor Daniel S. Aubone, un abogado presente en dicha reunión, explicó que había leído que se recomendaba hervir el agua por considerar que era el mayor vehículo de transmisión de los vibriones coléricos.
La comisión de médicos se opuso terminantemente pues consideraba que, “por el contrario, lejos de matar el vibrión el agua hervida producía dispepsia”.
Una comisión de médicos venida de Buenos Aires puso las cosas en su lugar y recomendó hervir el agua.
Llama la atención que las estadísticas de las dos últimas décadas del siglo XIX demostraran que moría más gente de la que nacía.
La mortalidad infantil era espantosa.
La ciudad de San Juan tenía en aquellos años 9 mil habitantes. y morían entre 300 y 400 personas por mes, el 90 por ciento de los cuales eran niños.
Las enfermedades más comunes eran la fiebre tifoidea, el sarampión y la difteria.
Todo indica que las acequias y los pozos negros fueron las principales causas de la fiebre tifoidea, una enfermedad endémica en San Juan.
Las acequias pasaban por el medio de las manzanas y el agua se utilizaba no sólo para regar sino que también se bebía.
La falta de cloacas, por otra parte, obligaba a tener los pozos negros los que generalmente estaban en el mismo baño.
”Entre sinsabores y amarguras, contrariedades y desfallecimientos, llegamos al término del año 1894 que puede llamarse el año de los infortunios para esta provincia que se ha visto y se ve afectada por toda clase de calamidades que puedan desatarse sobre un pueblo: peste, crisis y terremotos. Como si la providencia hubiera querido poner a prueba todas nuestras energías, ilusiones y esperanzas”.
Editorial del Diario
”El número de julio de la “Alianza de Higiene Social”, órgano de
La asociación que presido se permite indicar a ese ministerio la conveniencia de encomendar al Consejo de Higiene de esa provincia el estudio de tan trascendental cuestión.”
Carta enviada al ministro de Gobierno y publicada por el diario
Durante más de un siglo, la viruela fue una enfermedad endémica en San Juan. Salvo breves intervalos, la terrible enfermedad siempre estuvo presente entre 1.815 y 1.923.
La más grave epidemia comenzó en 1.887 y se extendió hasta 1.896 al extremo que según especialistas nunca será superada por la cantidad de gente a la que afectó.
Hasta la segunda mitad del siglo XX era posible encontrar en nuestra provincia a mucha gente con las secuelas marcadas en su rostro. Si uno estudia los prontuarios policiales advierte que aparece en muchos casos como señas distintivas la famosa frase “picado de viruela
La última gran epidemia que obligó a suspender las clases en la década de 1.950 fue la de Poliomielitis o paralisis infantil, que afectó a todo el mundo y duró hasta que aparecieron las vacunas de Shalk, primero y Sabín después.