Don Rogelio era, ante todo, un gran amante de la vida. Un exagerado y apasionado amante de ese arte intransferible que es, sencillamente, vivir.

Y esa vida la expresaba tanto en una charla de café donde su palabra seductora podía escucharse durante horas como en un artículo periodístico o en un discurso.

Pintoresco en el decir y en el vestir, su figura sarmientesca, rematada por un infaltable moñito, era centro de atención donde quiera llegara. Para él no existían territorios ajenos.

Remonté desde abajo la parva de los años, transité el humo sideral de nuestro siglo con su temblor de átomo y violencia

Buscando mantener intacta, no

obstante, la fiesta cotidiana de vivir

rescatando para mi, y para otros,

el esquema sensible de los días

 

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De mi dijeron que fui orador, poeta de diez libros y padre de hijos y de ocasionales ideas con prestigio.

La verdad es que tuve un ansia principal y fuerte:

la de vivir para hacer el bien

plural, inconfundible

Y rescatar la rosa, la ceniza y la púrpura, la noche, los amigos y

el corazón deshabitado del hombre

triste de los últimos días.

Fue todo ello un romance fugaz.


Estas palabras las dijo un gran poeta y periodista sanjuanino: José Barchilón.

Y las puso en la boca del busto de don Rogelio Pérez Olivera, en una fría mañana de julio de 1.987, cuando la estatua del hombre público se emplazó en el Jardín de los Poetas.

Después de esas palabras, es difícil agregar algo más. Porque ahí está la arcilla que moldeó la personalidad de Pérez Olivera, de quien se cumple un siglo de su nacimiento.

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Ocurre que no es fácil definir a don Rogelio a través de sus oficios.

Decir que fue un autodidacta  que con sólo 11 años tuvo que abandonar sus estudios para salir a trabajar como sostén de su familia, sólo agrega un dato biológico.

Como agregan otros datos decir que ejerció de procurador judicial, de escribano y de martillero público. Y que hasta fue profesor de Etica enla Escuela de Oficiales de la Policía de San Juan.

Dicen los hombres de derecho que sabía tanto de leyes como un abogado. Lo que no es poca cosa para alguien que se cultivó en la Universidad de la Calle.

Los viejos periodistas aun recuerdan su etapa de diputado provincial que transformó las aburridas sesiones en un derroche de ingenio y humor sin por ello menoscabar su gestión legislativa.


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También podríamos hablar del periodista vocacional y sus decenas de artículos.

O del escritor y sus libros, entre ellos Cuentos del Foro y sus aledaños (1.961), La casa de Astrea (1.963), Poemas del dolor deshabitado (1.966; Púrpura y ceniza (1.967, las ediciones que resumen sus coplas y los últimos tres escritos el año antes de morir: Soliloquio de la rosa, A Juan Pueblo mi voz emancipada y Poemas del deber cumplido.


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Pero todos esos oficios sólo fueron aspectos de una obra multifacética.

Sucede que don Rogelio era, ante todo, un gran amante de la vida. Un exagerado y apasionado amante de ese arte intransferible que es, sencillamente, vivir.

Y esa vida la expresaba tanto en una charla de café donde su palabra seductora podía escucharse durante horas como en un artículo periodístico o en un discurso.

Pintoresco en el decir y en el vestir, su figura sarmientesca, rematada por un infaltable moñito, era centro de atención donde quiera llegara. Para él no existían territorios ajenos.


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Un día, el 21 de mayo de 1.985, don Rogelio murió. Estaba por cumplir 76 años pues había nacido en Rivadavia, Mendoza el 14 de junio de 1.909, hace exactamente un siglo.

Y con su partida, como ocurrió con otros personajes como Santiago Paredes, Rufino Martinez o el Lalo Quiroga Salcedo, San Juan perdió a uno de esos seres que mucho hicieron para que la vida tuviera más color, más calidez y más sabor.

 

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