Las historias del terremoto siempre me apasionaron. Y me molesta que los jóvenes de hoy –e incluso muchos dirigentes y hasta algunos periodistas-, no sepan cuánto significó para San Juan ese par de minutos de terror.

Porque… ¿Cómo se mide algo tan tremendo? ¿En muertos? ¿En heridos? ¿En toneladas de escombro?

Hasta no hace mucho todo lo que rodeaba al terremoto era un inmenso silencio, un incomprensible vacío.

No existía un monumento ni una placa que recordara la mayor tragedia de la vida argentina.

Menos una calle que agradeciera al país la ayuda que brindó y que no dudo en considerar el mayor gesto de solidaridad de nuestra historia.

Mi abuelo Ramón llevaba más de tres décadas en San Juan cuando lo sorprendió el terremoto del 15 de enero de 1.944.

Junto con Consuelo –mi abuela- y su primer hijo, José María, habían venido de Villalonga, una aldea valenciana de la comarca dela Safor, ubicada a 10 kilómetros del Mediterráneo. Aquí nacerían sus otros tres hijos: Ramón Ignacio, Consuelito y Juan, mi padre.

El terremoto marcaría profundamente a la familia.

Mi abuelo quedó sepultado bajo los escombros y debió ser rescatado por sus hijos que, desesperados, cavaron con las manos.

Al día siguiente, un tren llevó a Mendoza al abuelo herido.

Y allí, en la sala 375, en el tercer piso del Hospital Central, que aun no había sido inaugurado y se habilitó precariamente para las víctimas sanjuaninas, permaneció internado durante varias semanas el abuelo valenciano.

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Pero el terremoto marcaría a la familia no sólo por las heridas del abuelo.

Los dos hijos mayores consiguieron trabajo y se quedaron a vivir en Mendoza. Allí se casaron y nacieron sus hijos que a su vez hoy tienen hijos ya profesionales, también mendocinos.

Fue así como, aunque el apellido no figuró en la lista de víctimas fatales, mi familia sanjuanina, por el lado paterno quedaría resumida a mi tía Consuelito y mi padre.

Una historia –seguramente- muy parecida a la de la mayoría de las familias que llegaron antes del terremoto.


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Las historias del terremoto siempre me apasionaron. Y me molesta que los jóvenes de hoy –e incluso muchos dirigentes y hasta algunos periodistas-, no sepan cuánto significó para San Juan ese par de minutos de terror.

Porque… ¿Cómo se mide algo tan tremendo? ¿En muertos? ¿En heridos? ¿En toneladas de escombro?

Hasta no hace mucho todo lo que rodeaba al terremoto era un inmenso silencio, un incomprensible vacío.

No existía un monumento ni una placa que recordara la mayor tragedia de la vida argentina.

Menos una calle que agradeciera al país la ayuda que brindó y que no dudo en considerar el mayor gesto de solidaridad de nuestra historia.


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Para el Estado bastaba con que cada 15 de enero se oficiara una misa en memoria de los muertos.

Los mayores, simplemente, evitaban hablar del terremoto. Al menos, escondían sus lágrimas ante los pequeños.

Y los medios de difusión preferían cantar loas a la ciudad pujante, “la más moderna del país”, la de las veredas anchas que brillaban gracias al lampazo de nuestras madres y abuelas, la del “Pibe topadora”, poniendo las casas en línea.


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Por eso cuando hace algunas semanas el intendente de la Capital invitó a la Fundación Bataller a hacer su aporte al Museo de la Memoria Urbana, aceptamos con inmenso placer.

¡Al fin!

Y cuando vimos a viejos sanjuaninos llorando ante viejas fotos o hacernos aportes de la memoria, esa que no figura en los libros de historia, recordamos cosas que escuchamos de los abuelos valencianos, gallegos, catalanes, sicilianos, calabreses, friulanos, libaneses, judíos, criollos o venidos de quién sabe qué lejanas tierras.

-Después del terremoto, todos los que nos quedamos fuimos sanjuaninos-, decía el abuelo valenciano.

Y aquellas palabras estaban explicando por qué en nuestra provincia no existen clases sociales ni familias patricias.

-Todos somos sobrevivientes- decía mi abuelo materno, que se llamaba Alfredo, era mecánico y había nacido en Italia.

Y entonces uno entendía de qué madera están hechos nuestros agricultores que vuelven a trabajar la tierra aunque en diez minutos una manga de piedra se lleve el trabajo de todo un año.

-Sí, somos una provincia de sobrevivientes- confirma mi tío Emilio, hijo de catalanes.

Y entonces uno le da otra dimensión a la resistencia al cambio, el apego a pautas culturales que a veces crea una brecha generacional con jóvenes amantes de las cambiantes modas de este mundo globalizado.


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El terremoto fue mucho más que una tragedia material. Fue mucho más que la reconstrucción de edificios o la puesta en línea de las casas.

Fue un rompecabezas del que aún no hemos logrado encajar todas las piezas.

Por eso a veces nos desorientamos como sociedad.

Y nos parece natural una ciudad llena de carros que venden “hot dog” pero en la que no encontramos pasas, uvas o melones en el menú de postres de los restaurantes.

O escuchamos a políticos hablar de cómo nos esquilmó siempre la Nación cuando todos los argentinos, desde La Quiaca hasta Usuahia pagaron esta ciudad que tenemos.

O nos parece oir a aquel profesor de la Universidad que cuando sacamos el libro “Y aquí nos quedamos” que llegó a vender 20 mil ejemplares en San Juan (fue el libro más vendido de la historia provinciana) nos visitó para decirnos que “no se debe hurgar en los recuerdos tristes”.


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Hace quince años nos propusimos trabajar por integrar lo que fuimos y lo que somos. Y lo hemos hecho.

La vida, mis amigos, es una continuidad. No acepta inmensas grietas como la que dejó el terremoto sin puentes que la crucen.

Construir puentes significa recuperar la memoria.

Que cada niño, cada joven, cada visitante, sepa que donde está esta Catedral, existió otra. Que frente a la Plaza 25 estaba la Casa de Gobierno. Que fuimos los principales productores del país de calvados, de sidra, de vermouth, de anís turco de muchas cosas que hablan de culturas inmigrantes que sepultamos junto con los escombros.


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Por eso insistimos en la reconstrucción del archivo fotográfico. Como también queremos grabar y filmar los testimonios de los viejos que conocieron el San Juan de antaño.

Pero no como un mero entretenimiento.

No como un antojo de nostalgiosos del pasado.

Tenemos que hacerlo para tener un futuro.

Convivir en un mundo globalizado significa dar y recibir. Pero para dar, debemos ponernos de pie, verticales, sabiendo de qué arcilla se compone nuestra esencia.

Y para ello es imprescindible recuperar las culturas que nos hicieron como somos.

 

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