-Llamalo a Rufino. Tiene que estar en el proyecto.
El Gringo De Lara se había entusiasmado con el proyecto de El Nuevo Diario, hace más de 30 años.
Rufino Martinez tenía 70 años. Había sido el primer director de Cultura que tuvo San Juan. Y era un poeta y escritor de fuste.
Había nacido en Maza, en el Partido de Alsina, en la provincia de Buenos Aires. Pero para él su pueblo natal era Hüinca Renancó, adonde la familia se trasladó cuando sólo tenía un año. Hijo de gallegos, nacido en una casita ubicada al lado de la estación del ferrocarril BAP (Buenos Aires al Pacífico), las vías constituían un imán irresistible para aquel joven inquieto y ávido de nuevos paisajes.
Cursó sólo hasta cuarto grado de la escuela primaria. “Para las estadísticas soy un analfabeto”. Después abandonó los libros para trabajar como boyero, “porque en mi casa hacía falta”. Fue lustrabotas, canillita, peón de albañil. Hasta que un día en el año 30, cuando tenía 15 años, se abrazó con su madre, anudó un bulto de ropa con un pañuelo grande y se subió a un tren carguero que salía para Mendoza.
Así viajó, como polizonte, junto a tres crotos que iban a la cosecha.
Pero al llegar a Mendoza, Rufino comprobó que el tren no paraba en la ciudad.
Sus compañeros de viaje aprovecharon que el convoy aminoraba la marcha y se arrojaron. Rufino siguió para San Juan.
Al llegar a Media Agua divisó los simétricos verdegales de los parrales. El, que venía de una zona de sequía, vientos, cardos rusos y arenales, al ver ese verde, milagro del hombre y el agua, se emocionó hasta las lágrimas.
Y fue entonces cuando aquel chico de quince años supo que había encontrado su presentido maná.
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Acá comenzó como peón de cocina en un restaurante llamado La Morisca. Luego fue mozo en La Chiquita, La Cosechera y El Águila. Hasta que en el 39 empezó a trabajar por su cuenta.
En el 40, formó parte de la agrupación cultural Refugio. Desde ese momento está en contacto con la cultura. Y de tantas charlas, de tantos vinos compartidos, de tanto asombro cotidiano, fueron surgiendo los poemas, las reflexiones que hicieron este Martínez, uno de los puntales más altos de nuestra literatura.
Paralelamente trabajó de mozo, incursionó en la minería, vendió abonos pero, por sobre todas las cosas, se bebió la vida, absorbió su savia, aprendió a mirar el horizonte, a deslumbrarse con las noches estrelladas, a descubrir el alma de los personajes que caminaban a su lado.
Y un día se encontró ante un papel con un lápiz en la mano. Y supo lo que era atormentarse buscando la palabra justa, la metáfora precisa.
Rufino fue el hombre que durante su gestión en el gobierno de Américo García, organizó la tarea cultural en San Juan.
Era un hombre de ideas y de acción. Pero también un bohemio capaz de compartir horas de charlas y vino con Jorge Leónidas Escudero, Chelo Aguado, Reina Domínguez, José Podda, Campus y otros personajes de la cultura sanjuanina.
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Tras su paso por Cultura y luego por la dirección del Auditorio, Rufino incursionó en el periodismo. Colaboraba en Diario de Cuyo y un día le propusieron hacer una columna en Tribuna, que salía como vespertino. "El relincho" se llamó ese espacio que llegó a ser el más leído del diario por su ingenio y belleza literaria.
Apurado por estrecheces económicas, un día pidió aumento de sueldo.
-Rufino, la situación no es buena. Espere un poco.
-Hace mucho tiempo que espero y así no puedo seguir...
-Piénselo. Si no escribe acá... ¿donde lo va a hacer?
-Hay una cosa con la que usted no cuenta.
-¿Qué es?
-¡Mi gran capacidad para cagarme de hambre...!
Ese mismo día juntó sus cosas y se fue del diario. Desde entonces nunca había vuelto a escribir en un medio de difusión.
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El Gringo no me dio tiempo a que le hablara a Rufino. Al día siguiente se vino con él a la oficina que teníamos en la calle Santa Fe. Rufino fue muy directo:
-Yo tengo una buena jubilación y no quiero trabajar más en relación de dependencia. Te puedo mandar alguna nota de vez en cuando.
-No es eso lo que quiero.
-¿Y qué querés?
-Mirá Rufino: la prensa se entremezcla cada día más con la literatura. Hoy, la mera información no es más patrimonio del periodismo gráfico.
-Seguí.
-Yo no estoy buscando un periodista que corra atrás de la noticia ni un opinador profesional.
-¿Qué buscás?
-Alguien capaz de recrear climas, situaciones, emociones. Alguien que nos enseñe que la vida es una continuidad y la explicación de lo que nos pasa debemos buscarla en algo que ocurrió hace cincuenta años o que sucederá dentro de diez.
-¿Y vos crees que yo puedo hacer eso?
-Podés hacerlo precisamente porque estás jubilado, porque tenés tiempo, porque sos un gran escritor, porque no has vivido al pedo. Yo te imagino arriba de un cerro, mirando desde lo alto esta gran aldea, esta vida en la que cada día pasamos a ser más contribuyentes, usuarios, clientes o aportantes en lugar de seres humanos. Y desde allí, desde las alturas, mostrarnos personajes, explicarnos situaciones...
-Atendeme, Juan Carlos. Yo ya tengo un lugar, que es este San Juan. Tengo una vida hecha. Tengo una mujer. Tengo hijos. Quien pida más que eso es un insensato. Quien pida menos es un estúpido. Pero me interesa tu propuesta. Y me gusta ese nombre que dijiste: La gran aldea. Así se llamará la columna. Pero quiero preguntarte algo: ¿cuáles serán mis límites?
-Ninguno, escribí lo que quieras.
-Otra condición: no quiero que me paguen un peso.
-¿Porqué?
-En primer lugar, porque cuando tuve necesidades peleé por un peso. Hoy no las tengo y soy capaz de regalar mi tiempo. Sólo un estúpido lo vendería sin necesidad. Y en segundo término, porque a esta altura de mi vida quiero seguir siendo libre. Y la libertad no puede figurar en una nómina de pagos.
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Durante diez años Rufino escribió La Gran Aldea.
Rescató personajes, situaciones, palabras, climas, colores, costumbres. Mezcló la poesía con la paleta del pintor, la urgencia del periodista con la mirada larga del pensador. Y a todo lo sazonó con un verbo absolutamente personal, con una marca regional indiscutible pero, curiosamente, asentado sobre un hombre universal.
Nos acompañó en las buenas y en las malas.
Cada mañana venía a tomar café conmigo en el diario. ¡Y era una fiesta hablar con él!
A fines de 1992 editamos un libro que reunió muchos de sus escritos. Se llamó "La Gran Aldea, memorias del corazón".
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Un día, ya cerca de los 80 años, sus trabajos comenzaron a espaciarse. Se irritaba con facilidad, se peleaba con el corrector y dijo que no iba a seguir colaborando.
Algo pasaba. Pero debía dejar que él lo dijera. Había aprendido a conocerlo.
Pasaron dos meses sin Rufino y un día, un gran poeta, amigo común, -el “Chiquito” Jorge Leónidas Escudero-, vino a la redacción. Aunque quizás nunca le pidió Rufino la intermediación, traía un mensaje.
-Rufino te recuerda con mucho afecto.
-Y yo lo quiero como a un padre.
-¿Sabés porqué se fue enojado?
-Lo imagino pero decímelo...
-Ya había dicho todo lo que tenía que decir. No quería repetirse. No quería escribir por compromiso. Y no sabía cómo decirlo...
-Lo imaginaba.
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Pocos meses después murió Rufino Martinez.
Su obra mayor está en las páginas de El Nuevo Diario.
Conociendo su pensamiento sería absurdo pedir que una estatua o una calle recordara su nombre.
Pero qué bueno sería que las nuevas generaciones leyeran esos escritos.
Si eso ocurre, ahora o dentro de cincuenta años, yo sé que ese joven que quizás aun no ha nacido, dirá, lo estoy oyendo:
-Acá existió la literatura; acá se hizo periodismo. Acá estuvo el hombre.
El gran poema
Entre los escritos de Rufino hay un poema que refleja toda una vida. Lo quiero compartir con ustedes.
EL REGRESO
Aquí estoy yo,
vertical en mi centro
como una flecha
proyectada a su propio encuentro.
Sé que soy una elipse
en la perfecta curva del regreso
sé que pronto mataré las ilusiones
y dejaré el verso.
Pero,
sépanlo todos:
hay un camino hecho de silencio
donde todos los puntos del espacio
convergen exactamente en nuestro pecho.
Allí está el secreto de la sangre
y la cal del hueso
y nos empiezan a sobrar las cosas
cuando encontramos eso.
Aquí estoy yo
vertical en mi centro
tratando de matar este Martínez
y esperando la voz del universo.
Frases de Rufino
Antes de que Rufino trabajara en El Nuevo Diario le hice una larga entrevista. Dejo de lado las preguntas y resumo las respuestas. Este es el pensamiento del hombre.
>Lean rápido esta nota y no me exijan coherencia. Lo que digo lo pienso hoy. Soy humano. Sólo los políticos se aferran a modelos y esquemas. Y así nos va.
>Hemos visto desaparecer un mundo sin que se creara otro.
>Antes la cultura era más oral y personal. Se activaba entre los grupos. Así es como nacieron todas las grandes religiones. Al ser oral, se acaba el macaneo. Cuando un hombre habla a otro hombre, no puede macanear. Por eso los descubrimientos no son colectivos; son individuales. Es necesario transmitirlos de ser a ser, como un preciado don. Hoy se habla a través de aparatos, como la radio, la televisión, los diarios. Y se macanea mucho.
>La cultura es una actividad de grupos. ¿Cómo —si no— se transmiten las formas de trabajar, de crear? La transmisión fue siempre de hombre a hombre, con un transmisor atento para decir algo y un receptor atento para recibirlo. Toda opinión debe estar cargada de un sentimiento, una humanidad, un orden ético. La cultura no constituye un elemento de proselitismo.
>El hogar siempre fue el centro de la vida cultural. El pequeño mundo que uno contribuía a formar era el centro de la actividad cultural y moral. Todavía tenían significado los símbolos (patrios, religiosos) algo que hoy, sino se han derrumbado están en un principio de resquebrajamiento.
>El hombre hoy puede ser más libre pero también más indefenso. Sabe que ha perdido el valor de su propia estima y se ha convertido en un número en la sociedad. Fíjese: antes un hombre podía ser pobre pero era dueño de su mundo. Construía su hogar de acuerdo a sus posibilidades, tenía su mujer, sus hijos, su trabajo. De pronto, arcaicas modalidades se perdieron y no porque el hombre haya progresado sino porque el individuo se separó del clan. Habría que repensar sino habrá llegado el momento de volver a viejos conceptos, a viejas palabras.
>Se ha perdido el respeto a las palabras. Antes un ciego era un ciego no un no vidente. Se ha perdido también el respeto por el trabajo hasta llegar a esperar todo de la caridad o del Estado. Este es un fenómeno universal. Se está amasando un nuevo pan y no sabemos qué surgirá. Quizás un hombre cósmico, sin patria, sin banderas. Y no alcanzamos a asimilar esto todavía.
> Quizás necesitemos un retorno a la esencia. Volver al gusto por las cosas simples. Antes el oído estaba atento a las palabras del anciano. Ahora, en cambio, a la televisión o la radio.
>El hombre se aferra a promesas de otra vida. O cree en la reencarnación. No advierte que, de ser así, de existir otra vida, tendríamos recuerdos de vidas pasadas o porvenir.
>La vida es un pequeño relámpago en el tiempo. El hombre es un muerto, luchando por la vida. ¿O acaso no venimos de una eternidad para entrar a otra eternidad de sombras?
>Dejemos la eternidad a Dios. El hombre es sólo un eslabón de una posta. Ha recibido una antorcha y debe transmitirla. El ser humano no es importante por la posibilidad de otra vida o la reencarnación sino por transmitir la antorcha con dignidad. Debe hacer su parte, con eso alcanza.
>El hombre no debe tener una misión en la vida. ¿Y por qué habría de tenerla? El hombre sólo puede elevarse a través del individuo, cuando recupera su identidad. Nunca a través de la masa, la religión o las ideas.
>El camino de la liberación no es ni más ni menos que una constante lucha contra los prejuicios y las costumbres.
>Es que el hombre no es un animal pensante sino una actitud de amor.
>El hombre es la fuerza que cohesiona la vida. Hasta el mismo crimen quizás sea una expresión de amor a la muerte. Por eso la vida no consiste en creer sino en amar. El pensamiento como forma activa se gasta, cambia y hasta se pierde. El amor, no. La prueba es que se contradice. El pensamiento es una especulación. El amor, una actitud de entrega.
>Todo lo que evoluciona vuelve a su origen. La evolución es circular, no lineal. Lo importante es la semilla, no el árbol. En ella está todo. En el árbol hay mucha hojarasca.
>Yo cerraría la universidad y las escuelas por 200 años. Se ha hecho una cadena de errores. Y estos errores se siguen transmitiendo. Hemos llegado a tal extremo que el magister, el maestro, se ha vuelto sindicalista.
>El único que tiene derechos es el niño, el que va a recibir una educación. Pero a ese niño lo olvidamos. Fíjese: la sociedad es tan estúpida que manda a los ancianos a los asilos con lo que corta un eslabón y desguarnece a los niños. Y ahí andan muchos, haciéndose expertos en robar pasacassettes o buscando salidas en la droga...
>La historia está mal contada. Se ha contado la historia de la violencia. En cuanto a la historia de la bondad, quizás la iglesia tenga como San Francisco, Pero los vende muy caro. Porque lo torna inaccesible para los hombres. El hombre puede ser hombre pero no santo. Y San Francisco es santo para santos pero no para hombres.
>Los grandes hombres son desconocidos. Los que guían a la humanidad no aparecen en los diarios. Lo que es de todos y para todos no necesita personalizarse.
>El hombre es una equivocación en constante lucha de enmienda.
>Es moral lo que al hacerlo produce bienestar e inmoral lo que causa malestar. Pero eso debe medirlo el individuo, no la sociedad. Es suficiente que el individuo no haga daño. Los demás, solos se van a defender.
>Dios es una posibilidad moral, no una certeza. El día que supiéramos que existe o que no existe, dejaría de ser Dios. Por eso debe existir en la cerveza y en la duda. Si creemos en Dios a partir de la certeza, también Stalin, Hitler, Menem o Alfonsín podrían llegar a ser Dios para el ser humano.
>La religión a veces es un buen negocio para seres cándidos. Muy distinto es el sentido religioso, que es inherente al hombre y puede incluso ser panteísta, es decir, querer lo que existe. Creo que la religión es mala como organización pero no como sentido moral. Si la religión respondiera a un sentido auténtico, habría una sola. Cuando se sectorizan dejan de ser universales.
>Creo en el individuo, no en la masificación. Sólo la salud y la vivienda son funciones del Estado. Tengo mis serias dudas sobre si la educación debe ser masiva. “Mejor que aprender mucho es aprender cosas buenas”, dicen.