En aquellos años de comienzos de los 70 lograr una entrevista con Jorge Daniel Paladino era una tarea casi imposible. Nacido en la provincia argentina de La Pampa, Paladino fue nombrado en 1968 secretario general del Movimiento Nacional Justicialista y en 1969 Perón, que residía en Madrid, lo designó delegado personal.
Después de Perón, era el hombre más importante de la oposición. Entre las cosas que negociaba con el entonces presidente Alejandro Lanusse podría mencionarse la devolución del cadáver de Eva Perón, la salida electoral, la constitución de La hora del pueblo junto al radicalismo y otros partidos menores y la conducción táctica de un movimiento donde convivían sectores irreconciliables tanto en lo político como en los gremios y las llamadas “formaciones especiales”.
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Una prueba de su importancia en el peronismo lo da su protagonismo en la entrega del cadáver de Evita. El mismo Paladino lo contó poco antes de morir en una nota que Tabaré Areas con la colaboración de Peter C. Bate y Pedro O. Ochoa publicaron en la desaparecida revista Somos
“Yo venía conversando el tema con el gobierno del general Alejandro Lanusse. La primera vez que me reuní con Lanusse fue el 25 de mayo del ''''''''71, en Olivos. Fuimos con la Hora del Pueblo y se tocó el tema. Estaban en esa reunión Arturo Mor Roig, el brigadier Ezequiel Martínez, el general Panullo, Horacio Thedy y Ricardo Balbín. Le dijimos a Lanusse que la devolución del cadáver sería un gesto de pacificación, pero él nos respondió que ignoraba el paradero de los restos, pero que le parecía saber de una persona que conocía el secreto.
A los pocos días pedí otra entrevista con Lanusse, que se concretó en un pequeño escritorio de la residencia de Olivos. Estuvimos a solas, y le planteé también la necesidad de convocar a elecciones generales. Después tuvimos otro encuentro en la Casa Rosada, y me aseguró que sólo el hombre encargado del operativo sabía dónde estaban los restos y que, previendo le pasara algo, había dejado la documentación en un banco de Montevideo. Ahí comenzamos a investigar por nuestra cuenta y a presionar sobre Lanusse, porque caso contrario llegaríamos sólo hasta la puerta del cementerio.
Nadie sabía con qué nombre había sido enterrada. Para los italianos Eva Perón no existía. Por ese entonces el clima político se había agitado. Tiraban panfletos donde decían: Paladino, basta de mentiras, y un grupo de exiliados me bombardeaba desde Montevideo diciendo que el cadáver de Evita había sido tirado al río.
Seguimos una pista y al final fuimos a dar al Vaticano. No hablamos con el Papa, sino con quienes efectivamente sabían del manejo de nuestro asunto. Me reuní tres veces con el padre Arrupe, a quien le decían el Papa negro, y que manejaba los asuntos de mayor envergadura de la Iglesia. Fue uno de los hombres más asombrosos que traté. Perón también sabía que el Vaticano tenía alguna información sobre Evita, y por tal motivo, hacia fines de enero del ''''''''71, le escribió una carta al Papa Paulo VI pidiéndole que el cadáver se resguardara. El Papa le contestó que nada sabía del cadáver en cuestión.
Después nos enteramos de que tres cadáveres habían salido del país y que uno era el de Evita. Primero salió para Alemania Occidental, y luego para Italia con el nombre de María Maggi.
Lanusse buscaba hacer un gesto de acercamiento, para ir tratando otros temas que hacían a la marcha del país. Además era un hombre aferrado a la doctrina cristiana. Por otra parte estaba la presión que hacíamos nosotros para que los militares no se volvieran atrás. Recuerdo que un día fui a un acto en Lomas de Zamora y dije que el gobierno entregaría el cadáver en 50 días. Lo dije para presionarlo a Lanusse. Por otra parte por entonces se decía que este general tenía un proyecto electoralista propio entre manos. Cuando yo dejé la residencia de Perón, en Madrid, nunca más supe nada del cadáver de Eva Perón.
El 1º de septiembre de 1971 viajé a Madrid, sin tener la certeza de cuándo sería la entrega. Apenas llegué me llamó el embajador allí, brigadier Rojas Silveyra, para que fuera al hotel Gran Castilla, donde habría una reunión importante.
En un salón reservado me esperaban el coronel Héctor Cabanillas, Rojas Silveyra y el agregado cultural Gómez Carrilo. Rojas Silveyra me anunció que Cabanillas sería el encargado de entregar el cadáver al día siguiente, si no había inconvenientes. Pero ese inconveniente existió. Resulta que el cónsul español en Milán no aceptó parte de la documentación para pasar la frontera, y eso demoró la entrega.
El 3 de septiembre del ''''''''71 a las 21.30, llegó a la quinta 17 de Octubre un furgón simulado como de transporte de flores, que había recogido el cadáver en la frontera. Adentro de la casa estaban Rojas Silveyra, Cabanillas, Gómez Carrillo, Perón, Isabel, López Rega y yo. No había dos monjas francesas, como se dijo alguna vez. Recuerdo que Perón estaba vestido con un traje oscuro, muy sobrio, y que Cabanillas también estaba de traje.
Cuando llegaron los restos de Eva Perón los colocaron en la planta baja, donde existía una mesa grande que sirvió de apoyo al ataúd. Se retiraron todos, y sólo quedamos un empleado de la casa y yo para abrir el cajón y reconocer los restos.
Ese día habíamos comprado una lámpara de esas para soldar estaño, porque sabíamos que el ataúd tenía una chapa de zinc. Pero no llegó a funcionar, y debimos recurrir a otro método. No quisimos avisar a ninguna casa mortuoria, especialista en el tema, porque la ley española decía que el cadáver debía ser enterrado. Entonces recurrimos a un cortafierro y a un martillo para abrir la chapa. Fue un trabajo duro, demoramos unos 50 minutos trabajando fuerte, golpeando con fuerza, hasta que logramos abrir la parte superior.
Perón sólo dijo: "Sí, efectivamente es Eva", y nada más. Estaba con el gesto muy adusto, concentrado. No era hombre de demostrar sus emociones, pero la procesión le iba por dentro.
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Poco después de los hechos relatados, el poder de Paladino se esfumó. El 15 de noviembre de 1971 Perón difundió un documento que tituló: PARA NUESTRA "AUTOCRITICA". ALGUNAS OBSERVACIONES A LA GESTION DEL COMPAÑERO PALADINO
El documento de 20 puntos explica entre otras cosas:
>Una de las cuestiones que fundamentan su fracaso en la conducción táctica ha sido su espíritu absorbente que lo llevó a la impotencia para manejar una organización tan vasta como el Peronismo. No fue menos importante el estado de inorganicidad, consecuencia de lo anterior. El Peronismo sólo se puede manejar mediante una organización que permita la consiguiente descentralización de funciones, sin lo cual ningún hombre, por activo que sea, puede manejar el conjunto.
> Siempre en la conducción es indispensable establecer un estado orgánico-funcional, para lo cual es preciso contar: Con una cabeza, que conciba y disponga para el conjunto; (Comando). Un sistema nervioso, que transmita la concepción y las instrucciones; (enlaces). El número necesario de comandos de ejecución, encargados de realizar (encuadramiento).
Es mediante la existencia de semejante organización que se puede conducir una masa de las proporciones del Movimiento Peronista. El ejercicio permanente de su funcionamiento termina por establecer mecánicamente un funcionamiento adecuado de las partes y del conjunto.
> Cuando un sólo hombre quiere manejar personalmente todo, termina por ser una "rueda loca" que gira sin engranar sino con muy pocas personas y, en consecuencia, puede haber de todo menos conducción. Esto mismo hace que la mayor parte de los organismos dependientes se sientan aislados y sin saber qué hacer, con lo que el dispositivo general termina por andar a los tumbos y los dirigentes que realmente se interesan, buscan contacto con el conductor que, en razón de su enorme tarea no los puede atender, los hace esperar y termina por disgustar a todos y, en especial, a los que más valen. Es lo que le ha pasado a Paladino.
> Durante el tiempo en que el compañero Paladino tuvo a su cargo la conducción táctica, la afluencia de dirigentes peronistas a Madrid fue extraordinaria. Toda gente de buena voluntad y sumamente útil en la lucha que, desatendida por él, recurría al Comando Estratégico en procura de soluciones. En cada caso los puse en contacto con Paladino pero inútilmente porque o no los atendía o los retaba, por haberme presentado el problema a mí. Todo es consecuencia de no haber organizado las cosas: es natural que si uno desea hacer todo personalmente, en una tarea como conducir el Movimiento, no pueda dar abasto a satisfacer a todo. En cambio si hubiera descentralizado un poco sus tareas, confiando parte de ellas a hombres de confianza, todo podría haberse realizado sin esfuerzo. En la conducción política es preciso confiar en algunos hombres. No todo ha de ser desconfianza porque el número de tareas a cumplir es tan grande que, uno solo, termina por agotarse y dejar de cumplir la mayoría de ellas.
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Ya estaba todo dicho. Paladino renunció a este cargo regresando a la Argentina. Posteriormente integró su propia corriente interna dentro del justicialismo, que no alcanzó mayor representación en las elecciones internas de esa agrupación política.
El 18 de noviembre de 1984, a los 59 años, víctima de una crisis cardiaca, falleció el hombre que tuvo un inmenso poder delegado por Perón y que terminó absolutamente aislado.