Una renuncia que conmociona al mundo católico
Cuando en el verano europeo de1980 llegué a Roma como corresponsal
de Clarín en Italia y la Santa
Sede, el Vaticano era un centro de información importantísimo para un
periodista argentino.
La para algunos extraña muerte del veneciano Albino
Luciani, que con el nombre de Juan Pablo I desarrolló su pontificado de 33 días
–desde el 26 de agosto al 28 de septiembre de 1978- , era aun tema de
conversación entre los periodistas que desarrollaban su tarea en la oficina de
prensa de la Santa Sede.
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Aquellos periodistas, la mayoría de larga trayectoria, muchos de
ellos con varios libros escritos, comentaban que fue tan breve el papado de Luciani que
posibilitó que la Iglesia Católica tuviera tres líderes un mismo
año.
Mucho se hablaba de Luciani, en aquel verano. Su pontificado no
sólo fue uno de los más breves de la historia. Fue el primer papa nacido en el
siglo XX y también el último en morir en dicho siglo. Asimismo fue el último
pontífice italiano hasta la fecha.
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En Italia se lo recuerda como “Il Papa del Sorriso” (El Papa de la
sonrisa) e “Il Sorriso di Dio” (La
sonrisa de Dios). La revista Time y otras publicaciones se refirieron a él como
“The September Pope” (El Papa de septiembre). Y algunos periodistas hasta
llegaban a hablar del “papa envenenado”, algo que nunca pudo
probarse.
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Recuerdo que entre aquellos colegas vaticanistas había algunos que
pronto adquirirían gran notoriedad, como Joaquín Navarro-Valls, un médico y
periodista español ligado al Opus Dei, que llegaría a ser portavoz del Vaticano
durante 22 años, en el pontificado de Juan Pablo II. Fue el primer laico y el
primer no italiano que ocupó ese puesto.
Navarro Valls, corresponsal del diario madrileño ABC, solía cenar
muchas noches con el corresponsal del Sun de Londres, Leslie Childe, y el corresponsal de la
Nación, Rolando Riviere. Yo en ese
tiempo tenía poco más de 30 años. Era el más joven de los corresponsales y el
último en incorporarme a la Prensa Extranjera. Fue un honor que me invitaran a
integrarme esa mesa de “cenadores”.
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-Acordate lo que te digo: tus mayores noticias en los próximos
tiempos, van a salir de la Santa Sede-, me anticipó Riviere.
Y fue así.
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En los siguientes dos años tuve que charlar al menos una vez por
semana con el cardenal Antonio Samoré, representante papal en la mediación del
Conflicto del Beagle sobre la pertenencia de las islas y territorios marinos al
sur del Canal Beagle entre Chile y Argentina, que concluyó en el Tratado de paz
y amistad de 1984, un año después de la muerte del cardenal.
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Cubrí el anuncio del Papa Juan Pablo II, aceptando la
mediación.
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Fui testigo del inmenso dolor que produjo el intento de asesinato
del pontífice por parte de un terrorista turco, Mehmet Ali Agca, el 13 de mayo
de 1981, mientras saludaba a los fieles en la Plaza de San
Pedro.
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Escribí decenas de artículos sobre la logia P2 que tuvo algunas
ramificaciones en hombres de la Iglesia.
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Fui parte de una de las más numerosas coberturas internacionales
que recuerda Italia, cuando el polaco Lech Walesa, líder del sindicato
Solidaridad, llegó a Roma para visitar a su connacional.
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Y hasta fue noticia durante muchos meses el misterioso suicidio de
Roberto Calvi, presidente del Banco Ambrosiano, que apareció colgado en un
puente del londinense Támesis y la detención en Nueva York del mafioso Sindona,
ambos ligados a los encargados de las finanzas del
Vaticano.
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Aquella experiencia periodística en la Santa Sede, me sirvió para
aprender a diferenciar la fe, el sentimiento de los 1.200 millones de católicos
diseminados en el mundo y hasta la actuación de sus miles de sacerdotes en cada
rincón del planeta, del inmenso poder
político y financiero que representa el Vaticano.
Y aprendí, sobre todo, los códigos políticos, las claves para
entender y analizar las decisiones del poder eclesiástico.
Cada Papa respondió, al menos en los años de la posguerra, al
perfil que, como uno de los mayores centros de poder mundial, la Iglesia
necesitó marcar en cada una de las épocas.
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Recuerdo que en aquellos tiempos le preguntaba a los colegas con
más experiencia:
-Qué se elige primero… ¿el perfil o el
hombre?
-No te quepa dudas que lo primero es definir el perfil, las
características que deberá tener el siguiente papado. Luego viene la elección
del Papa.
Veamos qué pasó en las últimas décadas:
El beato Juan XXIII, Angelo Giuseppe Roncalli fue el papa número 261 de la Iglesia Católica entre 1958 y 1963. Tuvo un pontificado relativamente breve
pero sumamente intenso. Sus encíclicas Mater et Magistra (1961) y Pacem in
Terris (1963), ésta última escrita en plena guerra fría luego de la llamada
«crisis de los misiles» de octubre de 1962, se convirtieron en documentos señeros que marcaron el papel de
la Iglesia católica en el mundo actual. Pero el punto culminante de su
trabajo apostólico fue, sin dudas, su iniciativa personal, apenas tres meses
después de su elección como pontífice, de convocar el Concilio Vaticano II, imprimiendo así
su carisma a la Iglesia católica del siglo XX.
Juan XXIII, llamado el Papa Bueno, fue la contracara de Pio XII, un muy
discutido pontítice por su participación durante la Segunda Guerra Mundial. No obstante su nunca discutida bondad,
su papado produjo profundas divisiones en la Iglesia. De esos años surge lo que
se conoció como “lefrevismo” (por el
cardenal Marcel-Francois Lefebvre, arzobispo cismático francés, apartado de las
doctrinas oficiales del la Iglesia Católica tras la celebración del Concilio
Vaticano II) y la Teología de la
Liberación que tuvo en el brasileño Helder Cámara y en el argentino Enrique
Angelelli, obispo de La Rioja asesinado por la dictadura militar en 1976, a dos
de sus más notorios referentes.
Pablo VI, nacido como Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini fue el
papa número 262 de la Iglesia católica y soberano de la Ciudad del Vaticano
desde el 21 de junio de 1963 hasta su muerte el 6 de agosto de
1978.
Sucediendo a Juan XXIII, decidió continuar con el Concilio Vaticano
II, la gran obra del pontífice anterior. Asimismo, fomentó las relaciones
ecuménicas con las iglesias ortodoxas, anglicanas y protestantes, lo que dio
lugar a muchas reuniones y acuerdos históricos.
La magnitud y la profundidad de las reformas afectaron a todas las
áreas de la Iglesia, superando durante su pontificado las políticas similares de
reforma de sus predecesores y sucesores, buscó el diálogo con el mundo, con
otros cristianos, otras religiones y ateos, sin excluir a nadie. Se vio como un
humilde servidor de la humanidad y exigió cambios significativos de los
acaudalados de Estados Unidos y Europa a favor de los pobres en el Tercer Mundo.
“El nuevo nombre de la paz se llama desarrollo”, decía en la Populorum
Progressio, de 1967. Una de sus encíclicas más comentadas.
Sus posiciones sobre el control de la natalidad (suya es la
enciclica Humanae Vitae) y otros temas tratados en las encíclicas Sacerdotalis
Caelibatus y la Humanae Vitae fueron controvertidos en Europa
Occidental y América del Norte, pero fueron aplaudidos en Europa Oriental y
América Latina. Durante su pontificado se llevaron a cabo muchos cambios en el
mundo, revueltas estudiantiles, la Guerra de Vietnam y otros trastornos
mundiales. Pablo VI trató de entenderlos
a todos, pero al mismo tiempo, de defender el depósito de la fe, que se le había
confiado.
Karol Józef Wojtyla, más conocido como Juan Pablo
II, fue el 264º papa de la Iglesia católica. Fue aclamado como uno de
los líderes más influyentes del siglo XX, recordándoselo especialmente por ser
uno de los principales símbolos del anticomunismo y por su lucha contra la
expansión del marxismo por lugares como Iberoamérica, donde combatió
enérgicamente al movimiento Teología de la Liberación, con la ayuda de su mano
derecha, a la postre sucesor, Joseph Ratzinger.
Jugó asimismo un papel
decisivo para poner fin al comunismo en su Polonia natal y, finalmente, en toda
Europa, así como para la mejora significativa de las relaciones de la
Iglesia católica con el judaísmo, el islam, la Iglesia ortodoxa oriental, y la
Comunión Anglicana.
Fue uno de los líderes mundiales más viajeros de la historia,
visitando 129 países durante su pontificado. Hablaba italiano, francés, alemán,
inglés, español, portugués, ucraniano, ruso, croata, el esperanto, griego
antiguo y latín, así como su natal polaco, por lo que a cada comunidad le
hablaba en su propia lengua. Fue
actor de teatro en su juventud, sufrió la cárcel y fue el primer no italiano en
cuatro siglos que llegó al sillón de Pedro. Como parte de su especial énfasis en
la llamada universal a la santidad, beatificó a 1.340 personas y canonizó a 483
santos, más que la cifra sumada de sus predecesores en los últimos cinco
siglos.
Fue sin duda un Papa muy querido y admirado, pese a sus posiciones muy ortodoxas,
criticadas por los no católicos.
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Y llegamos al actual Papa. El teólogo alemán Joseph
Ratzinger, que adoptó el nombre de Benedicto XVI tras asumir el papado en
2005, había presidido por casi un cuarto de siglo, desde 1981, la célebre
Congregación para la Doctrina de la Fe, el ex llamado Santo Oficio de la
Inquisición. Sucedió como obispo de Roma a Juan Pablo II, tras uno de los
pontificados más largos y carismáticos de la historia.
Su misión se vio confrontada a la crisis más profunda de la Iglesia
contemporánea, provocada por las revelaciones y denuncias en numerosos países
contra religiosos por haber cometido durante décadas abusos sexuales a
menores.
Benedicto XVI será recordado por su férrea defensa de la ortodoxia
católica y como un tradicionalista que trató de reconciliar al mundo de la fe y
de la razón en una Iglesia confrontada a varios
escándalos.
La crisis lo llevó en varias ocasiones a expresar un perdón público
a las víctimas y a reconocer durante su viaje a Portugal (mayo del 2010) que la
mayor persecución que sufría la Iglesia no venía de sus enemigos “externos” sino de sus “propios
pecados” y prometió que los culpables responderán “ante Dios y la justicia ordinaria”.
Optó así por la “tolerancia cero” contra los curas pedófilos con el fin de
frenar la desafección y sospecha de la opinión pública.
En 2012, se vio confrontado a las filtraciones de documentos
confidenciales en el caso llamado “Vatileaks“, que condujo al arresto de su
propio mayordomo, Paolo Gabriele, en un caso sintomático de las luchas
intestinas en la Curia.
Benedicto XVI rehusó cualquier modificación a las posturas
tradicionales de la Iglesia en materia de aborto, eutanasia, divorcio u
homosexualidad. Escribió tres encíclicas, que no tuvieron repercusión pública
comparable a las de otros papas: “Deus
caritas est” (2005) sobre el tema de la caridad y del amor divino, “Spe salvi” (Salvados por la
esperanza) (2007), en la que hace una autocrítica del cristianismo moderno y
analiza sobre todo el pesimismo y el materialismo que sacude a los europeos y “Caritas in veritate” (En la caridad y
en la verdad) (2009).
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Confieso que me indignó
cuando en 2008 dijo en Africa que el Sida
era “un problema ético”. En aquel viaje Benedicto XVI destacó que el Sida no se combate
“sólo con dinero, ni con la distribución de preservativos, que, al contrario,
aumentan el problema”, sino que se vence con “una humanización de la sexualidad
y nuevas formas de conductas”.
Sus palabras, en un continente donde 27 millones de personas están
contagiadas por el virus del Sida, fueron duramente contestadas desde varios
países occidentales y por el 99 por ciento de los médicos del mundo, que
subrayaron que el preservativo es
fundamental para prevenir la transmisión del Sida.
Afortunadamente, poco después rompió uno de los tabúes de la Iglesia al
admitir el uso del preservativo “en
algunos casos”. Aunque aclaró que no rompía “con la doctrina moral católica,
pero acepta los beneficios del anticonceptivo para frenar la epidemia
del Sida”.
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Todo esto ya es historia.
Benedicto ha sido sin duda un prelado de altísimo nivel
intelectual. Pero no alcanzó a ser querido como Juan XXIII o Juan Pablo II ni
tampoco a entusiasmar a católicos ni no católicos por un pensamiento rector en
los temas de la modernidad, como Paulo VI.
Sin embargo, en este punto y tras leer mucho de los que se ha
publicado en distintos idiomas sobre la renuncia del Papa, este ex corresponsal
en la Santa Sede abriría un compás de espera antes de esbozar un juicio
definitivo sobre este pontífice alemán.
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Por encima de las palabras, en la diplomacia vaticana lo que se
impone son los gestos. Y aunque 85
años de vida y un marcapasos en su corazón pueden condicionar su gestión, hay renuncias que se parecen mucho a
denuncias.
El papa saliente está vivo y lúcido, es decir que su decisión de
renunciar, algo permitido según el derecho canónico, fue tomada libremente y en
pleno uso de sus facultades.
Quizás no sea justo ni correcto, pero Benedicto XVI pasará a la
historia más por cómo dejó el pontificado que por cómo lo ocupó. Su decisión de
dimitir, por otra parte, y la perspectiva de que pronto habrá paseado por los
jardines vaticanos un ex Papa tal como existen -o deberían existir - ex
presidentes, es un acontecimiento histórico. Se trata de un acto que va mucho
más allá del hecho en sí mismo. Representa, en efecto, una gran reforma, la más
radical y la más lograda de sus ochos años de pontificado, destinada a crear un
precedente que pesará sobre los Papas futuros.
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En este punto diría que la dimisión del Papa impone reflexión y
decisiones. El primero y fundamental de estos dilemas es el eterno problema de
la convivencia entre la institución pontificia, en cuanto gran organización
moderna, y su misión espiritual.
Como escribe Loris Zanata en La Nación: “Es difícil ser Papa y santo a la vez”.
La dimisión del Papa pone al desnudo las dificultades de gobernar la Iglesia del
siglo XXI con una figura preparada únicamente para defender la doctrina, en una
institución cruzada por internas y en un mundo secular.