El desarraigo es un sentimiento de no-identificación con la sociedad en la que el sujeto vive y una añoranza por aquélla en la que sí se sentía integrado. Los desarraigos de hoy no nacen de lejanías. Nacen de la transitoriedad. Las relaciones son frágiles, las ideas son coyunturales, las cosas no perduran, y los trabajos y las organizaciones son inestables.
Mis cuatro abuelos conocieron una palabra que a veces suena atroz:
desarraigo.
Ellos, como tantos
otros, vinieron a la Argentina cuando despuntaba el siglo.
Atrás, muy lejos,
quedaban la niñez y la primera juventud.
Y aunque acá encontraron
una patria que hicieron suya, estoy convencido que guardaron en sus pupilas
algún asomo de melancolía.
***
Siempre sentí curiosidad por conocer las
historias de quienes emigraron.
Inquirir sobre miedos y expectativas, sobre
dolores y alegrías, sobre llegadas y partidas.
El desarraigo es una
combinación de sentimientos encontrados.
Es una mezcla de angustias y
esperanzas.
El ser humano, mis amigos, es un animal de pertenencias.
Necesita
estar, integrarse, pertenecer.
Su
esencia se conforma a través de sus sentidos.
Por eso sólo se alza
íntegramente sobre sus pies cuando se impregna con sabores, olores, paisajes,
idiomas y códigos que por origen o adopción, considera
propios.
***
Mis abuelos murieron antes que el bichito
de la curiosidad por conocer sus historias se me metiera en el alma.
Hoy lo
analizo a la distancia y advierto que ellos se reconstruyeron a si mismos. Pero a
su vez, utilizaron gran parte de lo que traían en sus baúles.
Claro, eran
otros tiempos.
El mundo no estaba globalizado.
Y cada casa, cada familia,
era un pequeño mundo con sus
comidas, su música, sus costumbres. No siempre coincidentes con los del país que
los albergaba.
***
Mi padre contaba que él nació en la
Argentina pero hasta los ocho años, cuando fue a la escuela, sólo hablaba
valenciano. Y que el pastisé, los buñuelos, el arroz caldoso, la fideuá, la
paella, la horchata y el ali oli que se comía a menudo en su casa, eran
absolutamente desconocidos por sus compañeros italianos o libaneses.
Hoy,
todo cambió.
Gran parte de la humanidad –no toda- ha pasado a ser lo que se
llaman “ciudadanos
planetarios”.
En cualquier rincón del planeta se conoce la pizza, los
spaghetti, las hamburguesas, la coca cola, las papa fritas…
En casi todo el
mundo andamos en autos, vestimos ropas, nos afeitamos, compramos computadoras,
utilizamos celulares, cámaras de foto y relojes y hasta nos lavamos los dientes
con pastas de las mismas marcas.
***
Hablar de desarraigo en un mundo donde las
conexiones telefónica son instantáneas, donde a través de la computadora podemos
no sólo hablar sino también vernos con nuestros interlocutores, donde vemos en
directo los mismos espectáculos y el satélite trae a nuestras casas el programa
que está emitiendo la televisión de España, Venezuela, Alemania o Japón, parece
una incongruencia.
Sin embargo, nunca hubo tanta gente que sufre de
desarraigo.
Porque el desarraigo es un
sentimiento de no-identificación con
la sociedad en la que el sujeto está inscrito y una añoranza por aquélla en la
que sí se sentía integrado.
Para decirlo con otras palabras: todo se reduce
a una cuestión casi personal, casi social, propio del círculo que rodea al
sujeto.
La micro sociedad que se crea a nuestro alrededor es lo que determina
nuestra vida; es lo que condiciona la forma en que percibimos la realidad y en
cómo la asumimos.
***
En el mundo moderno, mis amigos, hay
distintas formas de desarraigo.
Mucho se habla del desarraigo de los
exiliados.
Pero, si miramos bien a nuestro lado también hay un grupo de
personas que sufren este sentimiento sin ser exiliados.
# El sentimiento de soledad en el viejo
que debe vivir en un geriátrico es un ejemplo de desarraigo.
# La pérdida de trabajo o de
oportunidades por adultos que no pueden adaptarse a las nuevas tecnologías es
otro ejemplo.
# Los cambios tan
rápido en hábitos y costumbres nos hacen sentir ajenos a la sociedad que nos
cobija.
# Los ojitos de los hijos
de padres separados que volvieron a rehacer su vida también hablan de desarraigo
–no siempre pero si a veces- cuando descubren que ahora tienen dos familias pero
a ninguna la sienten como aquella original.
***
Es cierto. Todos hemos sufrido o vamos a
sufrir algún tipo de desarraigo. Y el desarraigo de esta modernidad es mucho más
brutal que aquel que vivieron nuestros abuelos inmigrantes.
Porque aquellos
abuelos tenían la capacidad de reconstruirse, venían con un proyecto, sabían qué
perdían y que ganaban.
Vivian en un mundo donde las cosas estaban hechas para
que durasen, en sociedades con vocación hacia lo
permanente
***
Los desarraigos de hoy no nacen de
lejanías. Nacen de la transitoriedad.
Las relaciones son frágiles, las ideas son coyunturales, las cosas no
perduran, y los trabajos y las organizaciones son inestables.
La inocencia de
la niñez, la permanencia integrada en el hogar paterno, los matrimonios, los
trabajos, los conocimientos, todo es más
breve.
Este estilo de vida abreviado, origina un sentimiento colectivo de
desarraigo porque se vive sobre una base vacilante donde las relaciones del
hombre con todas las cosas son cada vez más
corta.
***
Y es entonces cuando extrañamos aquellos
tiempos cuando siendo niños nos sentíamos seguros en las rodillas del abuelo,
sabíamos que nuestra madre estaría esperándonos con la leche al regresar de la
escuela y pensábamos que el futuro pasaba por nuestra libreta de
ahorro.