Podría yo vivir sin teléfono celular? ¿Y sin Internet? ¿Acaso sin televisión? ¿Perdemos algo si no tenemos tarjeta de crédito? Nuestra dependencia es cada día mayor con los nuevos servicios que nos proporciona la vida moderna.

A principios de mes llegan las boletas a casa. Son los días en los que uno corre el riesgo de morir por sobredosis de indignación.
Luz, gas, teléfono, municipalidad, rentas, internet, celular, televisión…
Seguramente nos miran con cara de locos cuando decimos:
-Atendeme, lo que nos comemos no representa ni el 20 por ciento de lo que gastamos. ¿En qué se va la plata?
Y es el momento en el que muchos exclamamos:
-Pero… ¿Por qué no renunciamos? ¿O acaso hemos nacido con Internet, con teléfono celular, con televisión por cable o satelital, con tarjeta de crédito?
No, no nacimos con nada de eso.


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Hago memoria y recuerdo mi niñez sin televisión.
Es cierto. Pude sobrevivir sin tan maravilloso invento.
Hasta fines de los 80 era normal para los sanjuaninos tener unas pocas horas de televisión pues sólo contábamos con el canal de aire local.
Hoy llegan a nuestra casa decenas y centenares de canales las 24 horas del día.
¿Puedo vivir entonces sin televisión?
Sí, puedo vivir.
Pero sería una gran pérdida no tener en directo los partidos de fútbol o perderme la final de tenis en Wimbledon o desconectarme de los canales de noticias o ver una película sin moverme de casa o escuchar el último recital de Serrat mientras ceno…
Es difícil…


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Sigamos.
Sobrevivir sin Internet era lo cotidiano hace sólo diez años.
A finales de los 90, lo normal era vivir sin la red, haciendo las cosas como se habían hecho toda la vida.
En aquella época, la información se almacenaba en carpetas y archivadores, la gente practicaba el género epistolar con sus allegados, buscaba direcciones en las Páginas Amarillas, planificaba sus vacaciones en agencias de viajes y se aprovisionaban de catálogos para meditar la compra de su nuevo coche.
El Messenger se puso en marcha en el verano de 1999, y su pantalla de inicio sólo incluía un espacio para texto simple y otro para los contactos.
La banda ancha no existía, la WiFi estaba por nacer y el comercio electrónico sólo lo practicaba un puñado de argentinos.
Los buscadores de páginas web, el correo electrónico, los banners, la mensajería instantánea, el spam, los diarios digitales, los chats, los foros y las tiendas online todavía son menores de edad. La vida de los blogs y las redes sociales apenas suma poco más de un lustro. YouTube vio la luz hace menos de diez años. Ni hablar de Face book
¿Podría prescindir de todo ésto?
¿Podría renunciar a viajar con mi pequeña net-book que me posibilita leer miles de diarios, escuchar radios, ver canales de televisión, bajar películas, contratar viajes, reservar hoteles, comprar, vender, publicitar, estudiar y hasta hablar por teléfono viendo a mi interlocutor desde cualquier parte del mundo?

Honestamente: creo que ya no podría.


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¿A qué puedo renunciar entonces?
Ya se: al teléfono celular.
Pero de pronto recuerdo cuando era corresponsal de Clarín y tenía que esperar tres horas al lado de un teléfono fijo para que me comunicaran con la redacción desde el lugar que estuviera, fuera este San Juan, Roma o Estados Unidos.

Y recuerdo la tarde que perdí en un hotel de Nueva York esperando que me llamaran para confirmar la hora de una entrevista.
Y las veces que no fui al café por si llamaban de Buenos Aires. O cuando con un grupo de amigos con los que saldríamos a cenar hubo una confusión respecto al restaurante y la mitad terminó en uno y la otra mitad en otro.
Todo eso parecen cuestiones de la prehistoria. Hoy cada hijo tiene su celular, lo que nos permite llamarlos para saber donde están.
Es cierto que el 40% de las llamadas son realmente superficiales. También es cierto que sólo ganan las compañías con esta moda de enviar saluditos para el día del amigo, de la madre, del abuelo o para cargar al amigo que es del equipo contrario cuando pierde.
Es verdad, también, que sin celular podemos ahorrar dinero.
Pero ahorraríamos mucho más si nos fuéramos a vivir a un poblado amish. Y ni se nos ocurriría hacerlo
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¿Qué me queda? ¿Renunciar a la tarjeta de crédito?
Les aseguro que no la uso mucho.
Pero si usted sale de San Juan o quiere contratar algo a distancia, verá que sin tarjeta es medio hombre.

Nadie le alquilará un auto ni le reservará la habitación de un hotel ni le venderá un pasaje de avión a través de Internet si usted no tiene tarjeta.
En Estados Unidos y en muchos países europeos, no es confiable un hombre que dice no tener tarjeta y paga en efectivo.


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En definitiva, es cierto que mi generación nació sin televisión, sin teléfono celular, sin Internet, sin tarjetas de crédito o débito.
Como la generación de mis abuelos nació sin luz eléctrica, sin agua potable y gas domiciliarios, sin automóviles, sin aviones, sin teléfonos.
Y todos nos fuimos adaptando ante un mundo nuevo, maravilloso en servicios, superfluo en algunos aspectos, despiadado en la creación de dependencias.
Y lo hicimos, independientemente de nuestra edad. Y sin  que nadie nos obligara.
Aunque cada principio de mes, cuando llegan las boletas, corramos el riesgo de morir por una sobredosis de indignación.

 

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