¿Cómo nos defendemos ante la basura publicitaria? ¿Tenemos derecho a la intimidad? ¿Quién vende información? ¿Hay legislación que proteja nuestro derecho a no ser invadido? ¿Hay diputados dispuestos a sancionar leyes? Si las leyes existen… ¿la aplican los jueces? Hay países donde todo esto está regulado. Acá, sigue reinando la Pepa.
El primer llamado
suele producirse a las 9 de la mañana. Inexorablemente suena el timbre de la
puerta y una voz, generalmente femenina, nos dice a través del portero
eléctrico:
-Necesito dos minutos de
su tiempo para cambiarle la vida.
-¿Y quién le ha dicho que yo quiero
cambiar mi vida?
-Todos tenemos que
cambiar de vida.
-No entiendo de qué me habla…
-Traigo un mensaje de Dios, un mensaje de
esperanza…
A esta altura uno tiene dos opciones.
Opción 1: colgar el teléfono del
portero. Pero atención, en ese caso se corre el riesgo de volver a escuchar el
timbre pues esta gente está preparada para lograr que todos escuchen la palabra
de Díos.
Opción 2: Decirle “vea, yo
soy católico, apostólico y romano” o “soy judio” o “soy un ateo libertino y mi religión me
prohibe escuchar sermones a esta hora”. Pero lo más seguro es que la buena
señora insista y finalmente usted tenga que cortar la comunicación, con lo que
se vuelve a la opción 1.
De cualquier forma, si la charla es a través del
portero eléctrico, usted tiene la posibilidad de zafar. Mucho peor es cuando
usted atiende a la puerta pues en ese caso le será casi imposible impedir que la
buena mujer entre y lo tape con una catarata de palabras, impresos y buenas
intenciones.
Su segundo contacto con esta realidad siglo XXI se
produce cuando usted mira la correspondencia que le han dejado bajo la puerta o
abre su buzón. No es que usted espere recibir una carta de amor o una tarjeta de
amigos viajeros… pero lo que encuentra, junto a las normales facturas de gas,
luz, teléfono, municipalidad, rentas, seguro, banco y otras cosas que le alegran
el día, son folletos de Easy, del
Hiper, de Vea, de la fábrica de empanadas Marito, del Hotel Alojamiento
Discretus, de la tintorería La Mancha y de la Escuela de Danzas Húngaras de la
otra cuadra. Su buzón ya no es suyo.
Ha pasado a ser depósito de papeles de algunos comercios.
El tercer
llamado también es inexorable. Generalmente se produce en horas de la siesta, lo
que demuestra que la vocesita que le llega a través del teléfono reside en
Buenos Aires o alguna ciudad donde la siesta no existe.
-Le estoy hablando
del Monumental Bank para informarle que por decisión del directorio se ha
resuelto abrirle una cuenta corriente, autorizarle un descubierto de hasta
3.500, concederle una tarjeta de crédito y poner a su disposición un crédito a
sola firma hasta 12 mil pesos…
Malhumorado porque le han interrumpido la
siesta, usted responde de mala gana:
-Escuche, yo no he pedido nada…
-Es
cierto. Pero su calificación es excelente por lo que la empresa ha decidido
ofrecerle todo esto.
¿Qué hace usted? Como ya tiene experiencia, huye.
-Mire, escuche, vea… es la décima vez que
hablan de su banco de porquería o de otro banco…. ¿Quién diablos les ha dicho
que yo necesito plata? ¡Váyanse al carajo!
-Está bien, señor, qué
carácter. No se lo volverá a molestar…
Pero de cada diez que están avisados,
siempre hay un incauto y basta que ese incauto de su número de documento y su
dirección para que figure como solicitante de una cuenta corriente, de una
tarjeta y hasta de un crédito. Pronto le llegarán los resúmenes, los descuentos
y no tendrá otra alternativa que buscar un abogado para evitar caer en el
Veraz.
A través de estas llamadas telefónicas se venden teléfonos
celulares, se lo hace cambiar de compañía telefónica, se le agregan servicios,
se le abren cuentas bancarias, se le conceden tarjetas que más tarde le llegan
por correo o se le brindan servicios de televisión satelital.
En todos los
casos son simples contratos de adhesión en los que se presume su aceptación por
figurar su nombre, domicilio, número de documento, número de
teléfono….
Informaciones que sin que usted lo advirtiera le fue sacando el
telefonista arruina siestas.
Llega la noche y usted cree que está a
salvo de vendedores de fe, de tarjetas de crédito o de espejitos de
colores…
Está equivocado. Usted enciende su computadora, abre su correo… y se
encuentra con decenas de mensajes, ofertas y publicidades que nunca pidió. Los
famosos spum o publicidad basura.
A veces, esta publicidad –que puede ofrecer desde sexo a vacaciones en
Alaska- logra introducirse en
algunos sitios y le arruina su navegación obligándole a apagar la PC para
evitarla.
No sigamos. Es
suficiente.
¿Cómo nos defendemos ante esta basura publicitaria? ¿Tenemos
derecho a la intimidad?
¿Quién vende información? ¿Hay legislación que
proteja nuestro derecho a no ser invadido? ¿Hay diputados dispuestos a sancionar
leyes? Si las leyes existen… ¿la aplican los jueces?
Hay países donde todo
esto está regulado.
Acá, sigue
reinando la Pepa.