Los sanjuaninos en particular pero en general los argentinos, por alguna extraña razón somos necrófagos. Nos encanta todo lo que tiene que ver con la muerte. Llegamos a alimentarnos de ella. ¿No será hora de aprender a celebrar la vida y considerar a la muerte simplemente como el último acto de vivir?

Estaban por igual en los velorios de ricos como pobres.

Ellas, las lloronas, formaban parte del rito mortuorio.

Eran, podríamos decir, el centro –junto con el difunto, por supuesto- de una ceremonia que aun hoy puede verse en hogares con menor instrucción.

Contaban los abuelos que mientras más “lloronas” tuviera el velorio, más importante era el muerto.

En algunos casos se las contrataba.

En otros, actuaban de oficio.

Y al coro llorón y rezador se les agregaban algunas mujeres de la familia, que acompañaban el ritual mientras cada tanto un familiar cercano daba un alarido, se tiraba de los pelos o se desmayaba mientras repetía frases que han quedado grabadas en la memoria popular.

-Murió como un pajarito…

-Ay José (o Juan, o Miguel)… ¿por qué me hiciste esto?


Los sanjuaninos en particular pero en general los argentinos, por alguna extraña razón somos necrófagos.

Nos encanta todo lo que tiene que ver con la muerte. Llegamos a alimentarnos de ella.

El Día del maestro no se celebra la fecha que nació Sarmiento sino cuando murió.

Nos tomamos feriado no cuando San Martín ganó una batalla o el día que nació sino el 17 de agosto, cuando murió.

El día de la bandera coincide con la muerte de Belgrano.

El “día de los muertos” concurren multitudes a los cementerios, mientras los floristas hacen su negocio. Como si al ser querido que ya se fue le importara más una flor que el recuerdo por lo que fue.


Este amor por lo inevitable nos lleva a que mucha gente pague durante toda su vida el nicho y el sepelio, aunque no tenga casa donde vivir.

A que mucha gente piense en colocar el aviso fúnebre, antes de saber donde velarán al fallecido.

Y como si eso fuera poco, están los especialistas en leer esos Avisos fúnebres. Son los que cada día invierten diez o quince minutos porque quieren saber no quién murió sino quienes participan, quienes “se hicieron los tontos con el aviso” o “¿quién esa extraña mujer que aparece en el fúnebre quinto de la segunda columna?”.

Por supuesto, mientras más avisos tenga, más importante es el muerto.

En ese sentido es clave contar con veinte o treinta avisos oficiales donde participan no sólo la persona sino también el cargo: “el señor subdirector de la subdirección de Asuntos Perdidos, don Pepe Honguito, participa el fallecimiento del tío de la colaboradora…” Por supuesto, Pepe Honguito nunca conoció al muerto. Y ese aviso lo paga el Estado, en cualquiera de sus tres poderes. O sea, todos nosotros.


Algunas cosas están cambiando.

Las lloronas van desapareciendo.

Ya no se hacen aquellas fiestas para “el día de los difuntos”, con guitarreadas y puestos de choripanes en las calles adyacentes al cementerio.

Los velorios dejaron de hacerse en las casas particulares donde se disponía la mejor sala de la casa y a veces “hasta la mesa del comedor” para el ataúd mientras se ofrecía café, mate o una copa de anisado a quienes venían a saludar a los deudos.

Sigue, sí, la costumbre de los avisos fúnebres y el amor por las necrológicas que constituyen todo un género literario pues se intenta reconocer en el fallecido todas las virtudes que se le quiso ignorar en vida pero que –esto también es muy sanjuanino- de ex profeso siempre se les negó. En San Juan, nadie es profeta en vida… hasta que muere.


Pero la necrofagia sanjuanina nunca termina.

Es tan extensa y rica en sus formas que se transforma en inagotable.

Larguísimos velorios en los que los deudos están obligados a permanecer en el lugar 24 horas al menos, gente que a poco de llegar charla de cualquier tema con cualquier otro concurrente… Y lo que es más absurdo aun: el cuerpo expuesto durante esas horas hasta que poco antes de “partir para la última morada”, como se suele decir, aparecen los soldadores y en medio del tremendo y desgarrador dolor que los deudos se infligen, comienzan el trabajo de cerrar el cajón con sopletes ante la vista de todos.

Ya falta poco. Tras el acompañamiento que interrumpe el tránsito -¿Cuál es la necesidad de que todos vayan en fila al cementerio, pasando semáforos en rojo?-  sólo resta la tremenda ceremonia de dejar el ataúd en la fila 7 de la columna 5 de la tercera galería sin siquiera preguntarnos como puede traducir ese acto la mente de un chiquito de cuatro o cinco años al que se obliga a estar presente en el acto.


Es para analizar todo esto.

Hoy nos parecería ridículo un velorio con lloronas.

Seguramente, dentro de poco también nos lo parecerán las ceremonias de soldar el cajón ante la vista de todos, de depositar el ataúd en un nicho de “propiedad horizontal”, de mantener durante décadas los cuerpos en un cementerio que ya tiene más habitantes que la ciudad, de “quedar bien con el muerto” pagando un aviso fúnebre o mandando flores.

¡Qué lindo será el día en que en lugar de tanta necrofagia aprendamos a reconocer las virtudes de la gente en vida, a darnos un abrazo porque nos alegra una presencia, a felicitar o saludar al amigo con un llamado telefónico, a alegrarnos con el éxito ajeno, a decir te quiero cuando queremos decirlo…!

En defínitiva, cuando aprendamos a celebrar la vida y consideremos a la muerte simplemente como el último acto de vivir.

 

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