Esta democracia nuestra, tan anhelada y querida por quienes vivimos otros tiempos, parece a veces un niño vacilante. Un niño temeroso de asumir la mayoría de edad. Entendamos que democracia es madurez. Y también, compromiso social. Tenemos asignaturas pendientes que sólo se saldarán cuando todos maduremos, cuando aprendamos a decir que no cuando corresponda

Estamos cumpliendo 30 años de democracia ininterrumpida en la Argentina.

Al menos, hemos podido votar estos 30 años.

Y hemos podido salir a la calle sin documentos.

Y se nos han respetado nuestros derechos civiles.

Y no hemos vivido pendientes de guerras y armamentos.

No es poca cosa tras décadas de proscripciones, desapariciones, guerras, guerrillas, terrorismo y desencuentros.

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Pero esta democracia nuestra, tan anhelada y querida por quienes vivimos otros tiempos, parece a veces un niño vacilante. Un niño temeroso de asumir la mayoría de edad.

La historia comienza en nuestras propias casas, donde los padres por temor a no ser democráticos confunden paternidad con amistad y en general no ganan un amigo; sólo dejan huérfanos a sus hijos.
Digámoslo con todas las letras: muchos padres “modernos” han dejado de ejercer como padres. A lo mejor habría que crear una escuela de padres.
¿Qué tiene que ver la democracia con permitir a chicos, casi niños, de 13 o 14 años, vagar de madrugada los fines de semana o tomar alcohol hasta desmayarse?

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¿Somos más democráticos por cerrar los ojos ante la cantidad de abortos que se practican? ¿Lo somos por no escuchar las opiniones que indican que la iniciación sexual de nuestros chicos es “como promedio” a los 13 años?
¿Es democrático aceptar que todo se resuelve con profilácticos y píldoras del día después?
Apliquemos la lógica: si nuestros hijos son menores son menores, y si son mayores son mayores.
¿Una niña de 13 años puede consentir relaciones sexuales? Seamos coherentes. Apliquemos el sentido común. Muchas veces hay que decir que no.

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Pero es la sociedad la que debe decir “hasta aquí llegamos”.
Y los padres, definitivamente, deben asumir su rol. No podemos aceptar a  padres que confiesan que “no pueden manejar a los hijos”. Tampoco a los que prefieren echar culpas: a la sociedad, a la televisión, a los propietarios de boliches. Lo cierto es que la democracia nunca puede estar reñida con el principio de autoridad. Mucho menos amparar a padres desertores.

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El problema sigue en la escuela.  
En ese ámbito también se advierte una carencia de autoridad.
Desamparados de los padres, depositarios de chicos que ya vienen con conflictos, la consigna de los directivos escolares ante graves problemas de disciplina pareciera ser: “de eso no se habla”. Y si de eso no se habla, “el problema no existe”.
Pamplinas, diría mi abuelo.
Es hora que las escuelas se pongan las pilas, que incorporen a sus plantillas equipos de profesionales, de psicólogos, de padres y educadores que trabajen interdisciplinariamente y que resuelvan los conflictos que sean competencias de los propios centros escolares, llámese conflictos entre alumnos, conflictos entre alumnos y profesores, conflictos entre alumnos y padre, conflictos entre padre y profesores.

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El tercer ámbito es el de la sociedad. Tenemos una sociedad hipócrita.
O al menos una sociedad con un grave complejo de joven democracia, que nos hace creer que todo lo que ordene es antidemocrático.
¡Por favor! Llevamos 30 años de democracia para poder distinguir si estamos ante un no de protección o ante un  no autoritario.
Tal vez el problema sea que no hay una educación para la democracia. Y creemos que es democrático protestar embromando al vecino.

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Eso es lo que hacen 30 “piqueteros” interrumpiendo el tránsito a las 7 de la tarde en la 9 de julio en Buenos Aires porque no tienen vacaciones en Mar del Plata.
Es lo que hacen los docentes cuando le quitan días de clases a nuestros hijos.
Es lo que hacen los jueces liberando a peligrosísimos delincuentes en nombre de un mal entendido “garantismo”.
Es lo que hace la policía permitiendo que se venda droga o alcohol en todas partes.

Es lo que hacen algunos organismos permitiendo que todo se judicialice, que se inventen grandes negocios a costa del Estado…
Es lo que hacen los responsables del tránsito cerrando los ojos ante quienes conducen a altas velocidades, cruzan semáforos en rojo o circulan con autos en pésimas condiciones mientras dedican sus afanes a la mera acción recaudadora.

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En definitiva, festejemos estos 30 años de democracia.  Pero entendamos que democracia es madurez.
Y también, compromiso social.
Tenemos asignaturas pendientes que sólo se saldarán cuando todos maduremos, cuando aprendamos a decir que no cuando corresponda, que defendamos nuestro derecho a la salud, a trabajar, a circular, a estudiar, a vivir sin encerrarnos bajo siete llaves por temor a ser asaltados o asesinados.
Democracia también es eso.

 

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