Yo los veo todos los días.
Los siento a mi lado.
Están aquí, entre nosotros.
Por ahí se mimetizan con el resto, se confunden con la multitud.
Se acercan a charlar, toman un café o leen el diario cada mañana.
Pero si usted se fija bien notará que han perdido el brillo en los ojos, la pasión en los gestos, la vitalidad en la mirada.
Yo los veo todos los días.
Los siento a mi
lado.
Están aquí, entre
nosotros.
Por ahí se mimetizan con
el resto, se confunden con la multitud.
Se acercan a charlar,
toman un café o leen el diario cada mañana.
Pero si usted se fija
bien notará que han perdido el brillo en los ojos, la pasión en los gestos, la
vitalidad en la mirada.
Son las
víctimas de la modernidad, de la globalización, del mundo de la
eficiencia.
La mayoría son hombres y
mujeres aún jóvenes para producir. Y para vivir.
Pero han perdido su lugar
en la vida.
Aunque aún no lleguen a
los cincuenta y las estadísticas digan que nuestras expectativas de vida rondan
los 75 años.
Aunque aún no lleguen a
los cincuenta y los sistemas previsionales concedan jubilaciones a los
65...
Sí, son las víctimas de este nuevo mundo que se ha
pergeñado.
Un mundo que entra
prepotentemente en todos los países, en todas las ciudades, en todos los
pueblos.
Entra hasta en aquellos
sitios donde quien queda afuera es un muerto en vida.
Donde la vida no da
revancha.
Donde nadie se detiene a
esperar al que camina más lento.
Un mundo donde las tapas
de las revistas las ocupan las modelos de 20 años o los superdeportistas. Donde todas las sonrisas son brillantes,
los dientes parejos, la vista perfecta y el sexo
urgente.
Un mundo en el que quién
perdió el tren a los 45, en el mejor de los casos, sólo tiene ante sí un destino
de kiosquero de barrio.
A veces, cuando recordamos nuestra niñez,
cuando pensamos en la vida de nuestros padres o abuelos, nos
preguntamos:
¿Era necesario tanta
rapidez en el cambio? ¿Era necesario tanto progreso
junto?
Pero no hay tiempo para
preguntas.
Porque aparece una nueva
máquina y deja a diez personas sin trabajo. Que es como dejarlas sin presente y
sin futuro. Porque cuando la máquina suplanta el trabajo humano, ese trabajo no existe más para los humanos. Sólo es
trabajo para máquinas.
Porque viene el
megamercado y cierran cien pequeños comercios.
Y ya no hay posibilidades
para ese comerciante. No le ofrecerán un pequeño kiosco en el megamercado. Ni la
gerencia de la sección fiambrería o el departamento de tiendas.
No
hay tiempo para preguntar por el futuro del ejecutivo que fue suplantado por el
master de Chicago ni por el gerente del banco al que le cerraron la
sucursal.
Tampoco tiene sentido
averiguar a qué se dedicará el viñatero que quedó fuera de escala productiva. O
el industrial superado por la competencia. O el empleado desplazado por la
informática.
No hay tiempo para preguntarnos.
Si lo hubiera quizás
alguien nos explicaría porqué se pierde
o porqué se gana en la vida.
Tal vez —sólo tal vez—
alguien nos diría que no eran tantos los
méritos del que se hizo millonario siendo contratista del Estado y ahora es
un multimillonario quedándose con las privatizaciones de ese mismo Estado
mientras empresarios de tres generaciones iban a la ruina.
A lo mejor nos
explicarían que no había tanta diferencia intelectual entre el ejecutivo o el
profesional que se quedó sin trabajo y el que nunca produjo pero una vez se
acercó a la política y ahora al menos tiene la tranquilidad del cargo público o
la jubilación de privilegio.
Quizás si al pequeño
viñatero le hubieran dado los créditos que vía promoción o diferimiento le
dieron al gran empresario, aún seguiría produciendo. Y lo mismo ocurriría con el
industrial que apostó al crecimiento en el momento equivocado, cuando otros
apostaban al plazo fijo.
O tal vez si alguien
averiguara de dónde sale plata para grandes inversiones, descubriríamos que no hay tanta diferencia de capacidades
entre ganadores y perdedores.
Quizás. Sólo quizás.
Son
preguntas.
Pero no hay tiempo para respuestas.
Los perdedores caminan
entre nosotros sin nadie que los admire.
Ya no sueñan con ser tapas de revistas ni vivir el gran
amor.
Se conforman simplemente con un lugar en la vida.
Un mimo, una sonrisa,
quizás simplemente recuperar una
caricia.
Es cierto. Hay miles de
nuevas oportunidades.
Pero no es fácil
recomenzar despues de haber perdido.
No es fácil tener ganas
de recomenzar a los 40.
Y no es fácil que alguien
de oportunidades a los 50.
Lo cierto es que hay
ganadores y perdedores.
Y los perdedores están
aquí, entre nosotros.
Este es el gran desafío
que, como sociedad, tenemos en este comienzo de milenio.
No alcanza con que los
números macroeconómicos digan que estamos creciendo, que aumenta la
riqueza.
No nos tranquiliza el
hecho de que el problema sea universal.
Debemos al menos, hacer el intento de acercar un salvavidas
al que perdió su lugar en el barco.
Si este mundo que se nos
propone no da una oportunidad nueva a quienes desaloja, habrá que plantearse muy
seriamente si la humanidad está progresando o la modernidad poco tiene que ver con el
progreso.