Nunca falta alguien que en alguna reunión social me diga.
-Usted es un enamorado de los tiempos viejos… ¿verdad?
Cuando escucho esa frase tengo ganas de gritar:
-No, mi amigo. Yo soy un enamorado del tiempo actual.
Nunca falta alguien que en alguna reunión social me diga.
-Usted es un enamorado de los tiempos viejos… ¿verdad?
Cuando escucho esa frase tengo ganas de gritar:
-No, mi amigo. Yo soy un
enamorado del tiempo actual.
-Pero…
-Me gusta estudiar el pasado,
coleccionar fotos, escuchar historias, para saber de donde venimos y hacia donde
vamos. Pero de manera alguna soy un nostalgioso del
pasado.
Generalmente esta afirmación mía
desorienta al interlocutor. Casi invariablemente escucho decir:
-Pero los tiempos que vivimos
son caóticos. Vivimos en un mundo donde reina la pornografía, donde todos nos
sentimos inseguros, donde los niños se pasan la vida ante un ordenador o un
televisor en lugar de jugar con otros niños, donde la familia tiende a
desaparecer y hay más divorcios que casamientos…
Sí, pueden tener razón.
Podemos mirar tanto
la parte vacía como la llena de la copa.
Con la vida pasa como con
las edades.
Si hoy me miro con diez años, encuentro un chico con todo para ser feliz.
No tenía auto ni cuenta en el banco ni casa que mantener ni usaba corbata.
No pensaba en la muerte ni en las enfermedades pues esas eran cosas que les pasaban a los viejos.
Tenía abuelos y
padres y tíos que lo protegían y la leche siempre tibia en el desayuno y una
madre siempre en casa para atenderlo y una inmensa imaginación como para
transformar la vereda en un estadio de fútbol, la pelota hecha con media en un
balón profesional o un cajón con cuatro rulemanes en un auto de
carrera.
Sí, seguramente era feliz, aunque no supiera de los griegos
ni de los romanos, no le interesara el nombre del presidente de la Nación ni se
preguntara sobre el sentido de la vida.
Sí, ese chico, yo, debe haber sido feliz.
Cómo no serlo si
aunque nada tuviera, todo era
suyo.
Pero no nos apuremos. No estemos tan seguros de que era absolutamente feliz.
La vida es inteligente y sólo guarda los recuerdos buenos.
Pero, claro, si lo pienso, no fui tan feliz como lo recuerdo.
Los inviernos eran infinitamente más fríos y los veranos más calientes.
El San Juan de finales de los años 50 era aun un inmenso baldío salpicado por casas. Dos pantaloncitos cortos, algunos pares de media y unas zapatillas (championes) junto a dos o tres remeritas eran la única vestimenta.
¡Dale, escribilo nomás! Aceptá que eras feliz. O creías serlo… que para el caso es lo mismo.
Y entonces… ¿por
qué quería crecer?
Pienso que aquel niño, yo, tenía una ventaja: Estaba estrenando la vida.
Pero soy conciente que si a un niño de hoy le propusiéramos esa vida, se pondría a llorar.
¿Quién aceptaría cambiar los juegos electrónicos, la televisión de alta definición, el teléfono celular y las vacaciones en la playa, por una pelota de trapo?
¿Alguien, en su sano juicio, creería que es mejor lucir los sabañones en las orejas que tener calefacción o aire acondicionado?
Ni hablar de que un
No, no hay punto de comparación.
Es como decir que un vino patero hecho en casa es mejor que uno elaborado con uvas varietales, con la más alta tecnología, añejado en cubas de roble y bajo el control de expertos enólogos.
O creer que el aceite de oliva extra virgen, elaborado con las mejores prensas de filtrado ha perdido su encanto porque no tiene el olor a rancio que recordamos de los aceites de hace medio siglo.
O pensar que la
tecnología médica, el maravilloso mundo de los conocimientos o los adelantos en
materia de comunicación, van a llevarnos de cabeza al infierno.
¿Qué
han cambiado las pautas sexuales?
Tampoco pensemos
que era un mundo ideal aquel en el que los hombres cuarentones pactaban con un
amigo su matrimonio con la hija de quince años. O los padres que echaban a las
hijas de sus casas por haber quedado embarazadas. O aquellas mujeres educadas
con el concepto de que el sexo es pecado y que se irían al infierno si
alcanzaban un orgasmo.
¿Qué hay parejas que se divorcian?
Sí. Pero la gente
se sigue enamorando y muchos se casan y tienen hijos y son buenos padres y hay
una mayor igualdad entre los sexos. Y suena ridículo si una madre aconseja a su
hija que una mujer debe salvar su matrimonio a toda costa, aunque deba convivir
con un golpeador, un alcohólico o un jugador empedernido.
El mundo,
amigos míos, cambia para bien.
Hoy se vive más años y con mejor calidad de
vida, tenemos más confort, somos menos prejuiciosos, hay más diálogo entre
generaciones, existen condiciones de trabajo infinitamente
mejores.
No podemos, no debemos, vivir en la nostalgia del
pasado.
Miremos sí, con nostalgia, los sueños que fueron quedando al borde de la vida, lo fantásticos que pretendimos ser y la realidad de cada uno.
Al final de cuentas, esto que hoy tenemos también será pasado.
El árbol se
sostiene en sus raíces pero en su copa nacen las flores y anidan los
pájaros.