Hace algún tiempo, mientras asistía a la presentación de un libro, pensaba en esa comunicación que, de pronto, se establece entre un escritor, un periodista, un pensador e infinidad de seres que se sienten identificados con lo que leen.
Hace algún tiempo, mientras asistía a la presentación de un
libro, pensaba en esa comunicación que, de pronto, se establece entre un
escritor, un periodista, un pensador e infinidad de seres que se sienten
identificados con lo que leen.
No, no se trata de
un libro en particular.
Quiero aclararles
que estoy seguro que ninguno de ellos va a cambiar al mundo.
Los libros no son
elíxires mágicos que espantan las penas, agrandan los bolsillos o hacen crecer
el cabello.
Tampoco evitan que
los políticos sigan en su mundo privado, que algunos sindicalistas ostenten
fortunas, que los docentes se quejen de sus sueldos o los jubilados se suiciden
de angustia.
Son simplemente la
comprobación de un hecho nuevo. No por insólito o inédito sino porque siempre
que se produce es nuevo. Y es el hecho
de la comunicación. El milagro de la comunicación que, en un mundo
masificado, se sigue produciendo a través de un libro, de una charla, de una
carta.
Ocurre que a
nosotros, habitantes de la ciudad, el mundo se nos fue agrandando. Se nos
transformó en una gran aldea, poblada de urgencias, de ruidos, de elementos de
confort, de peligros y de miedos.
Quizás no llegamos a advertir que mientras nos sentamos
frente a un televisor para ver en vivo, en directo, en colores y con sonido
estereofónico, las palabras del Papa en
Hoy todo es masivo.
Lo que vemos nosotros por una pantalla de 14 o
Y el mensaje debe
llegar a todos, espectadores al fin, eternos compradores.
Lo importante es
atraer la atención, que la imagen llegue.
Para nosotros,
millones de seres anónimos, está fabricada la sonrisa del político, el lifting
de la estrellita, el último romance de la farándula.
Por nosotros, para
que hablemos de ellos y compremos lo que nos quieren vender, los artistas se
bajan los pantalones o las jovencitas se desnudan y a los niños de tres años los
hacen competir en televisión.
Por nosotros, para
que aumente el rating, el amor se disfraza de sexo y los mensajes se tiñen de
violencia.
Y acá estamos
nosotros.
Espectadores de este
mundo que nos muestran.
Viendo como nuestros
hijos se apasionan con los videos games y nuestros jóvenes se aturden en
discotecas, escuchando a todo volumen música cantada en idiomas que no
entienden.
Acá estamos,
rodeados de inmensos plasmas, DVD, cuchillos eléctricos, compact disc,
computadoras, teléfonos celulares, hornos microondas, relojes digitales,
freezers y flores artificiales hechas en Taiwan.
Acá estamos, en
nuestras ciudades invadidas por
cemento, por autos, por ruidos, por gente apurada. En nuestras oficinas con fax,
telediscado, internet, sistemas de computación y aire
acondicionado.
Hemos llegado lejos,
sí. Hemos sido capaces de inventarnos un mundo informatizado, telemático,
acondicionado, digital y con flores que no se secan ni
perfuman.
Pero de pronto
descubrimos que en ese mundo masificado, nos sentimos más solos.
Que no alcanza con
tener el abono de la emergencia médica, la medicina prepaga y el sepelio en
cómodas cuotas en un cementerio parquizado.
Que hay demasiados
nietos criándose sin abuelos y demasiados abuelos en “guarderías” de
viejos.
Que la comida que se
come solo tiene otro sabor, que el café hay que compartirlo con amigos, que un
poema de amor ilumina el rostro de una secretaria, que el tiempo de una charla
no está perdido... Y que de pronto la lectura, ese viejo hábito para muchos en
vías de extinción, puede hacer vibrar
afanes adormecidos.
Porque debajo del
traje o del uniforme de todos los días, seguimos escribiendo poemas, continuamos
soñando con la canchita del baldío, aún temblamos con el primer beso y nos
siguen emocionando las canciones cuyas letras
entendemos.
En estas cosas
pensaba mientras asistía a la presentación del libro.
Porque, pese a todo,
se siguen escribiendo
libros.
Se siguen editando
semanarios que sólo una parte de la población lee.
Continuamos
escribiendo artículos que llegan a mucha menos gente que las declaraciones de
Maradona o los invitados de
Nada de eso
competirá con el rating de Show Match, de Susana o de Fútbol de Primera. No
modificarán nuestras pautas de vida ni despoblarán asilos ni evitarán que los
chicos prefieran las canciones en inglés.
Pero... ¿sabe qué
pasa? Están hechos para cada uno de
nosotros.
En este mar inmenso
que es hoy la comunicación, son la
botella que lleva el mensaje de un corazón náufrago.
Y bastará que
alguien la recoja —sólo uno— para estar
justificados.