Hace algún tiempo, mientras asistía a la presentación de un libro, pensaba en esa comunicación que, de pronto, se establece entre un escritor, un periodista, un pensador e infinidad de seres que se sienten identificados con lo que leen.

Hace algún tiempo, mientras asistía a la presentación de un libro, pensaba en esa comunicación que, de pronto, se establece entre un escritor, un periodista, un pensador e infinidad de seres que se sienten identificados con lo que leen.

No, no se trata de un libro en particular.

Quiero aclararles que estoy seguro que ninguno de ellos va a cambiar al mundo.

Los libros no son elíxires mágicos que espantan las penas, agrandan los bolsillos o hacen crecer el cabello.

Tampoco evitan que los políticos sigan en su mundo privado, que algunos sindicalistas ostenten fortunas, que los docentes se quejen de sus sueldos o los jubilados se suiciden de angustia.

Son simplemente la comprobación de un hecho nuevo. No por insólito o inédito sino porque siempre que se produce es nuevo. Y es el hecho de la comunicación. El milagro de la comunicación que, en un mundo masificado, se sigue produciendo a través de un libro, de una charla, de una carta.



Ocurre que a nosotros, habitantes de la ciudad, el mundo se nos fue agrandando. Se nos transformó en una gran aldea, poblada de urgencias, de ruidos, de elementos de confort, de peligros y de miedos.

Quizás no llegamos a advertir que mientras nos sentamos frente a un televisor para ver en vivo, en directo, en colores y con sonido estereofónico, las palabras del Papa enla Plaza San Pedro, el partido entre el Real Madrid y Barcelona, el atentado de Madrid o la invasión a Irak, ya no sabemos —ni nos interesa— quién es y qué hace nuestro vecino o porqué una lágrima rueda a veces por la mejilla del abuelo.

Hoy todo es masivo. Lo que vemos nosotros por una pantalla de 14 o 52 pulgadas si quiere, lo están viendo en el mismo instante millones de seres.

Y el mensaje debe llegar a todos, espectadores al fin, eternos compradores.

Lo importante es atraer la atención, que la imagen llegue.



Para nosotros, millones de seres anónimos, está fabricada la sonrisa del político, el lifting de la estrellita, el último romance de la farándula.

Por nosotros, para que hablemos de ellos y compremos lo que nos quieren vender, los artistas se bajan los pantalones o las jovencitas se desnudan y a los niños de tres años los hacen competir en televisión.

Por nosotros, para que aumente el rating, el amor se disfraza de sexo y los mensajes se tiñen de violencia.



Y acá estamos nosotros.

Espectadores de este mundo que nos muestran.

Viendo como nuestros hijos se apasionan con los videos games y nuestros jóvenes se aturden en discotecas, escuchando a todo volumen música cantada en idiomas que no entienden.

Acá estamos, rodeados de inmensos plasmas, DVD, cuchillos eléctricos, compact disc, computadoras, teléfonos celulares, hornos microondas, relojes digitales, freezers y flores artificiales hechas en Taiwan.

Acá estamos, en nuestras ciudades  invadidas por cemento, por autos, por ruidos, por gente apurada. En nuestras oficinas con fax, telediscado, internet, sistemas de computación y aire acondicionado.



Hemos llegado lejos, sí. Hemos sido capaces de inventarnos un mundo informatizado, telemático, acondicionado, digital y con flores que no se secan ni perfuman.

Pero de pronto descubrimos que en ese mundo masificado, nos sentimos más solos.

Que no alcanza con tener el abono de la emergencia médica, la medicina prepaga y el sepelio en cómodas cuotas en un cementerio parquizado.

Que hay demasiados nietos criándose sin abuelos y demasiados abuelos en “guarderías” de viejos.

Que la comida que se come solo tiene otro sabor, que el café hay que compartirlo con amigos, que un poema de amor ilumina el rostro de una secretaria, que el tiempo de una charla no está perdido... Y que de pronto la lectura, ese viejo hábito para muchos en vías de extinción, puede hacer vibrar afanes adormecidos.

Porque debajo del traje o del uniforme de todos los días, seguimos escribiendo poemas, continuamos soñando con la canchita del baldío, aún temblamos con el primer beso y nos siguen emocionando las canciones cuyas letras entendemos.



En estas cosas pensaba mientras asistía a la presentación del libro.

Porque, pese a todo, se siguen escribiendo libros.

Se siguen editando semanarios que sólo una parte de la población lee.

Continuamos escribiendo artículos que llegan a mucha menos gente que las declaraciones de Maradona o los invitados de la Legrand.

Nada de eso competirá con el rating de Show Match, de Susana o de Fútbol de Primera. No modificarán nuestras pautas de vida ni despoblarán asilos ni evitarán que los chicos prefieran las canciones en inglés.



Pero... ¿sabe qué pasa? Están hechos para cada uno de nosotros.

En este mar inmenso que es hoy la comunicación, son la botella que lleva el mensaje de un corazón náufrago.

Y bastará que alguien la recoja —sólo uno— para estar justificados.

 

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