Están en cualquier plaza cuando cae la tarde.

Algunos vienen de hogares disfuncionales. Pueden ser hijos de la pobreza, aunque también los hay de la riqueza.

A algunos se los encuentra en las esquinas de la ciudad, con un trapito en la mano, lavando o mejor dicho, ensuciando parabrisas.

A veces, la presencia se vuelve molesta, cuando le piden “la papita frita” en una confitería.

Y el fenómeno llega a preocupar, decididamente, cuando se los ve de noche, inhalando pegamento, fumando y hasta prostituyéndose con 10 o 12 años.

Son los que Joan Manuel Serrat llamó en una de sus canciones “niño silvestre”.

 

En tiempos de globalización, de tecnologías, de progresos exacerbados que acrecientan las situaciones de desigualdad, si uno analiza los datos sobre población que proporciona un organismo insospechado, como puede ser Naciones Unidas, advierte que “en el mundo la mayoría de los pobres son niños y la mayoría de los niños son pobres..."

Pero claro, la pobreza y la calle no vienen solas.

Un niño en la calle es ni más ni menos que una niñez mutilada y, como tal, pronto aprende a negociar con el rencor y con la muerte.

Ese niño cuya presencia hoy molesta y “desluce la avenida”, llegará un día que meterá miedo.

Porque no nos engañemos. Un niño criado en la calle es un futuro poblador de cárceles.

Y hay demasiados niños criándose en las calles.

Si de verdad nos planteamos construir un futuro mejor, a nadie debe escapar que en la agenda a considerar, este es un tema que debe estar entre los primeros a tratar.

El problema de los niños en la calle reclama más urgencias que el sueldo de los empleados públicos, el anuncio de una obra o la designación de un ministro.

 

Hay muchas formas de evitar hundir el bisturí hasta el fondo de este cuerpo social enfermo.

Para algunos, una moneda puede alcanzar para conformar conciencias.

Otros, optan por inmensos chocolates cada día del niño.

El Estado instala las oficinas de minoridad en pleno centro, como si al exhibirlas demostrara preocupación.

O reparte copas de leche en las escuelas como si el único déficit fuera el alimentario.

Del otro lado se ubican los que piensan en las consecuencias.

Son los que piden mayores penas para los menores que delinquen.

Los que se  indignan cuando destrozan la Comisaría del Menor.

O protestan cuando se instala un instituto correccional en la vecindad.

 

Pero no nos engañemos.

Ninguna de estas actitudes representan una solución.

La primera pregunta que debemos hacernos es si el Estado está preparado para hacerse responsable de los niños abandonados o dejados a la buena de Dios criándose en las calles.

A continuación deberíamos respondernos a conciencia si estamos ante un problema que se soluciona con cárceles

O si es solución que cada vez que detengan a los chicos por un delito o por deambular por las noches, los entreguen a padres que no están preparados para serlo.

Sería oportuno recordar el caso de una jueza de Misiones que tiempo atrás fue noticia nacional al afirmar que ella entrega en adopción inmediatamente a chicos en estas circunstancias porque no existe algún tipo de garantías dejándolos en manos de madres no capacitadas para asegurarles el amor, la educación y la formación que necesitan y tampoco confía en el Estado, que nunca sustituye el hogar que reclama la niñez.

 

Y es acá donde aparece otro tema.

Porque hablamos de “niños silvestres”.

Y en realidad, estamos también ante “padres silvestres”.

Hablamos de casi niñas que, repitiendo historias familiares, comienzan a parir a los 12 o 13 años y van por su quinto chico a los 20 sin tener pareja estable ni trabajo ni vida independiente, mientras políticos, bienpensantes y religiosos se rasgan las vestiduras discutiendo si el problema se soluciona simplemente repartiendo profilácticos o solamente con educación.

 

Podemos incursionar en la existencia de parejas y personas solas dispuestas a adoptar, a brindar un hogar y amor a chicos desamparados mientras un sistema judicial “sensible” y “garantista” dilata los procesos de adopción hasta hacerlos inútiles.

En fin. Podemos hablar, hablar, hablar...

Pero los chicos siguen en las calles y las cárceles están repletas.

Es hora de sincerarnos.

Dejar de lado tanta discusión bizantina, tanta acción inconducente, tanto hacer como que hacemos...

Dejar de pensar en dogmatismos o soluciones fáciles.

Y entender de una buena vez que es demasiado riesgoso –además de inhumano- seguir ignorando este problema que es grave y lo será mucho más en el futuro.

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