Cuando dos hombres que estrenan los 60 se encuentran después de 30 años, la charla inexorablemente se transforma en un precario balance de existencias. Y el vino de la madrugada va recorriendo los más profundos pliegues del alma.

Martín fue compañero de redacción en Buenos Aires a fines de los años 70.

En ese entonces estaba casado con Marta, productora de televisión y una joven realmente bonita.

Aparentaban ser una de esas parejas perfectas. Eran jóvenes, talentosos, ganaban bien y nunca los vi discutir. Para ellos la vida era sólo una buena excusa  para ser felices.

El destino nos llevó por distintos caminos y debieron pasar casi treinta años para que volviera a encontrarme con Martín.

Entré a tomar un café al Florida Garden y de pronto allí estaba, mirando a través de la ventana a la gente que pasaba por Viamonte y revolviendo con un dedo el hielo de su vaso de whisky.

Treinta años transforman a un joven de 30 en un hombre maduro de 60, a un recién casado feliz en un divorciado escéptico, a un periodista novato en un profesional conocido. Digamos, para completar el cuadro, que los años no habían sido despiadados con Martín. Conservaba el cabello y se mantenía delgado y erguido en su metro noventa.

Creo que la alegría de encontrarnos fue mutua. Pero tres café y dos whisky después, la tarde se había hecho noche y decidimos ir a comer a una cantina del Abasto.



Cuando dos hombres que estrenan los 60 se encuentran después de 30 años, la charla inexorablemente se transforma en un precario balance de existencias. Los 60 marcan un momento de la vida en el que aceptamos que ya somos lo que fuimos. Podemos agregarle algún sueño adormecido, los restos de la botella del champán de algún encuentro furtivo, las ganas de vivir en dosis homeopáticas y sin que nos apuren y la necesidad de marcar el territorio que llegamos a ocupar.



Los sexagenarios –como gustan llamarnos- somos guerreros de regreso. Algunos vuelven con cicatrices que les marcan el alma y otros con medallas que gustan exhibir, a veces sin decoro alguno.

De pronto Martín dijo:

-Estoy contento de verte nuevamente. Es bueno encontrarse con viejos amigos. ¿Sabés? A esta altura ya no me entusiasma tener nuevos amigos ni visitar exóticos países ni hacer planes para la próxima primavera.



Martín nunca volvió a casarse. Quizás porque no conoció el amor. O tal vez porque seguía amando a Marta. No descartemos tampoco que haya sido una decisión pensada y de conveniencia. Un periodista de diario y televisión en Buenos Aires vive un mundo que ambicionaría un altísimo porcentaje de mortales. Viaja, es invitado a los mejores banquetes, goza de reconocimiento social, nunca le falta una piel joven para templar las noches. Cosas incompatibles –la mayoría de ellas- con una esposa o una pareja estable.



Me contó Martín que cuando intentó la convivencia fue un desastre.

-Las mujeres siempre son un poco madres, hermano, y te quieren cambiar la vida. Las seduce el tipo ganador, exitoso, apto para ser lucido ante amigas envidiosas. Pero cuando lo tienen, ya lo quieren cambiar. Y le proponen un par de pantuflas, una noche frente al televisor, exclusividad sexual, cuentas bancarias y tarjetas compartidas… Yo no creo en eso.



Habíamos dado cuenta de un pollo al oreganato y la segunda botella de un excelente Malbec comenzaba a dejar sus secuelas. No hay nada como un viejo amigo, un buen vino y la madrugada para que aparezcan las verdades ocultas.

Y de pronto Martín dijo:

-¿Sabés sanjuanino? La vida me ha transformado en un farsante…



Era exactamente la hora de callar y escuchar al amigo.

-Llega un momento en que todo cansa. Y a mi me llegó hace algunos años. Este oficio nuestro tiene sus cosas buenas pero también de las otras.



-Siempre es así…

-La gente común espera que la vida le descubra sus secretos. Generalmente los busca en los lugares equivocados. Y se encuentra con farsantes que les venden un par de ilusiones y les matan el aburrimiento por algunas horas pero a un altísimo costo.



-¿Y por qué lo de farsante?

-Más de una vez me siento un farsante que hace daño a conciencia. Se que muchas de las mujercitas que se me acercan vienen de fracasos o necesitan algo más que lo que le da el hombrecito que comparte los días a su lado. Son como moscas atraídas por las luces de la televisión, por el glamour de quienes aparecemos en pantalla, por el mozo que siempre te encuentra una mesa disponible aunque el restaurante esté lleno…



Yo escuchaba a Martín con una media sonrisa.

-Ellas vienen y yo soy consciente de mi gran ventaja. Juego de local. Estoy en mi ambiente. Y actuó sin remordimientos, desarmando una maquinaria interior que ya no será la misma. Y lo hago con frialdad, como si fuera un  relojero experimentado.



-Tal vez es eso lo que ellas buscan…

-Seguramente. El resultado es que la pobre mujercita llega con esfuerzo a brindarte dos orgasmos de mediana intensidad a cambio de dejar de ser lo que era. Luego viene la parte más triste. Hacerla entender que ya está, que eso fue todo, que mañana nuestras vidas siguen por distintos caminos. Que la vida –su vida- continua; que el hombrecito sigue siendo su compañero de ruta aunque ella en una sola noche hubiera aprendido a tener secretos que jamás deberá develar.



-¿Y ella qué dice?

-En general, después del sexo suelen decir cerrando los ojos: “abrazame. Lo necesito. Es la primera vez que tengo sexo con alguien que no es mi marido”.  Yo se que lo necesitan. Pero el farsante ya dio por terminada su jornada y sólo espera que la mujercita lo deje sólo. El farsante ya dio lo que podía dar y eso debería ser suficiente para ella. Ojo: no es poco para alguien que hasta días antes sólo había conocido el sexo rutinario que le proponía su hombrecito los sábados en la tarde.



-¿Y vos como quedás después de experiencias de este tipo…?

-Yo las veo partir, conduciendo el cochecito de segunda mano  que con esfuerzo le compró su hombrecito, guardando como un tesoro en su cartera la rosa que le regaló el farsante, llevando en sus oídos las palabras del gran mentiroso: “nunca te olvidaré. Has sido en mi vida una maravillosa tregua”.



-¿Y…?

-En realidad los dos seguimos siendo lo que siempre fuimos. La mujercita habrá ganado un recuerdo que no comentará con nadie y que le hará cerrar los ojos cuando el hombrecito intente besarla en el ardor de algún sábado vespertino. Y el farsante seguirá esperando la mujer imprevisible que le cambie la vida y lo rescate del papel de cínico en una película repetida hasta el hartazgo.



Camino al hotel iba recordando las últimas palabras de Martín

-Qué querés que te diga… El sentimiento de culpa es muy fuerte en quienes venimos de una cultura judeo cristiana. Y cuando la historia es tan previsible y repetida, la vida va perdiendo su principal atractivo: los misterios se revelan antes de que el velo se haya alzado. Es entonces cuando advertimos que nosotros, veteranos de regreso, nos vamos transformando en un canalla escéptico.

 

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